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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 6

A la mañana siguiente, Lidia se sentó frente al ordenador de la pequeña habitación de hotel, con el corazón todavía acelerado pero con la mente más clara. Sabía que necesitaba trabajo, un ingreso, un lugar donde sostenerse mientras reconstruía su vida. Revisó ofertas una tras otra, sin mucha suerte, hasta que una le llamó la atención de inmediato: NovaCore Technologies buscaba asistente para el departamento de Relaciones Públicas. El puesto era exigente, pero encajaba perfectamente con su formación y experiencia.

—NovaCore… —susurró, sintiendo un vuelco en el corazón—. Es la empresa de Damián Blackwood. ¿Será posible?

Dudó unos instantes, pero luego respiró hondo y pulsó el botón de enviar su solicitud. No voy a dejar de intentarlo solo porque él sea el dueño, se dijo a sí misma. Es una oportunidad, nada más. Si lo veo, será casualidad. Y si no… igual necesito este trabajo.

Apenas pasaron dos horas cuando recibió la respuesta: le citaban esa misma tarde en las oficinas centrales para una entrevista. Se arregló con cuidado, con ropa sobria y profesional, intentando que no se notara lo poco que había dormido. Al llegar al edificio alto y brillante, el mismo donde se había refugiado bajo la lluvia, sintió que las piernas le pesaban. Subió al piso ejecutivo y la hicieron pasar a una sala de reuniones de paredes de cristal, donde esperaba encontrar solo a la jefa de departamento.

Pero al entrar, se detuvo en seco. Damián estaba allí, de pie junto a la mesa, vestido con un traje gris oscuro, con esa presencia imponente que llenaba toda la habitación. Al verla, sus ojos se iluminaron de inmediato, y el aire pareció volverse denso, pesado, cargado de una tensión que solo ellos dos podían sentir.

—Lidia —dijo él, con voz firme y a la vez suave, como si estuviera saludando a alguien que esperaba encontrar—. No esperaba verte aquí.

Ella tragó saliva, intentando mantener la compostura, aunque las manos le temblaban levemente a los costados.

—Yo… yo tampoco sabía que estarías tú en la entrevista —respondió ella, acercándose despacio—. Vi la oferta de trabajo, necesitaba… necesitaba empezar de nuevo. Y este puesto me pareció perfecto. No venía buscándote, lo juro.

Damián esbozó una media sonrisa, dando un paso hacia ella, sin apartar la vista ni un segundo.

—No te estoy acusando de nada, Lidia. Al contrario. Me alegra que estés aquí. Más de lo que imaginas.

—¿De verdad? —preguntó ella, con cautela—. Podría pensar que vengo a aprovecharme de lo que pasó ayer, de que me diste tu tarjeta…

—¿Y tú crees que eres así? —le cortó él, suave pero directo—. ¿Crees que vendrías aquí buscando algo sin merecerlo? Te vi ayer bajo la lluvia, Lidia. Vi tu orgullo, tu dignidad. No creo que seas de las que piden favores sin necesidad.

Ella asintió lentamente, sintiendo cómo el pecho se le relajaba un poco.

—Gracias. Quería que supieras que vengo por el trabajo, por mis conocimientos. No por… por ti. Aunque tengo que admitir que verte aquí… me descoloca. Mucho.

—A mí también —reconoció él, con sinceridad que la sorprendió—. Cuando vi tu nombre en la lista de candidatos, no lo dudé. Quise hacer yo mismo la entrevista. Quería saber si eras tan valiente y capaz como parecías ayer. Y ahora que estás aquí… veo que sí.

—¿Y eso es bueno? —preguntó ella, con una pequeña sonrisa nerviosa—. ¿Que seas tú quien decida si me quedo o no?

—Es lo mejor que podría pasarte —respondió él, con seguridad absoluta—. Porque sé lo que vales, aunque no sepa todavía todos los detalles. Y quiero darte la oportunidad que buscas. Pero también quiero ser claro contigo: trabajar aquí no será fácil. Exijo mucho, especialmente de quienes están cerca de mí.

—Estoy dispuesta a esforzarme —dijo ella, con firmeza recuperada—. Aprendo rápido, trabajo bien bajo presión y no me rindo fácil. Necesito este trabajo, Damián. Y no solo por el dinero. Necesito sentir que puedo volver a empezar.

Damián la miró fijamente, y en su mirada había algo más que aprobación: había admiración, y algo más profundo, algo que hacía que el corazón de Lidia latiera con fuerza.

—Lo sé —dijo él—. Y por eso quiero que te quedes. El puesto es tuyo, si lo quieres.

Lidia abrió los ojos con sorpresa, sin esperar una respuesta tan rápida y segura.

—¿Así, sin más? ¿Sin hacerme las preguntas de rigor?

—Ya te las he hecho —respondió él con calma—. Sé quién eres, Lidia. Sé lo que llevas dentro. El resto lo iremos viendo sobre la marcha. ¿Aceptas?

Ella respiró hondo, mirándolo a los ojos, y sintió que ese momento era el principio de algo que no podía detener.

—Acepto —dijo, con voz clara y decidida—. Gracias, Damián. No te arrepentirás.

—Estoy seguro de que no —respondió él, y su mirada se posó en ella con una intensidad que la hizo estremecer—. Bienvenida a NovaCore, Lidia. Y… me alegra saber que no tendré que esperar a que me llames para volver a verte.

Lidia sintió cómo se sonrojaba, bajando un instante la mirada antes de volver a encontrar la suya. El aire seguía denso, cargado de promesas y de algo que apenas empezaba a crecer entre ellos, pero por primera vez en mucho tiempo, ella no sintió miedo. Sintió que estaba exactamente donde debía estar.

Lidia se quedó de pie, con la respiración contenida, mientras las últimas palabras de Damián flotaban en el aire.

—¿De verdad estabas esperando que te llamara? —preguntó ella, con voz suave pero directa—. ¿O es que ya sabías que volveríamos a encontrarnos?

Él dio un paso lento hacia ella, sin perderla de vista ni un segundo, y el aire de la sala pareció volverse aún más denso, más cálido.

—No lo sabía —respondió él con sinceridad—. Pero lo esperaba. Me fui ayer con la sensación de que no habíamos terminado de hablar. De que algo apenas empezaba. Y verte aquí, hoy, delante de mí… no hace más que confirmarlo.

—Es curioso —murmuró ella, bajando un instante la mirada antes de alzarla de nuevo hacia él—. Yo pasé toda la noche pensando en ti, en si debía o no llamarte. Y terminé decidiendo no hacerlo, para no parecer… no sé, desesperada o imprudente. Y aquí estoy, entrando a tu empresa por la puerta grande.

—No pareces ninguna de esas dos cosas —dijo él con una media sonrisa—. Pareces alguien que busca su lugar en el mundo. Y que por casualidad… o no tanto… ha llegado justo al sitio donde debería estar.

Lidia entrelazó los dedos frente a ella, intentando mantener la compostura aunque por dentro todo le temblara.

—¿Y no crees que puede ser un problema? —preguntó con cautela—. Que yo venga aquí con todo este lío emocional, y tú… siendo mi jefe. Podría complicarse todo. Para ti, para mí, para el trabajo.

—La vida ya es bastante complicada por sí sola como para nosotros ponérsela más —respondió él con calma—. Lo que pase entre nosotros… será lo que tenga que ser. Pero te aseguro que en esta oficina, primero está el trabajo. Y yo no mezclo las cosas, Lidia. Puedo ser tu jefe y al mismo tiempo… ser alguien en quien puedas confiar. No hay contradicción en ello.

—¿Confiar? —repitió ella, con una mezcla de esperanza y desconfianza—. Me costó mucho aprender que confiar en alguien no siempre sale bien.

—Lo sé —dijo él suavemente—. Y no te pido que lo hagas hoy. Te pido que me des la oportunidad de demostrártelo con el tiempo. Día a día. Acción por acción. Las palabras se las lleva el viento, pero lo que uno hace… eso sí se queda.

Ella asintió lentamente, sintiendo que cada palabra suya llegaba directo a su corazón.

—Me gusta eso —admitió—. Preferiría mil veces ver lo que haces a escuchar lo que dices. Eso es algo que aprendí de la peor manera posible.

—Y es una lección muy valiosa —dijo él con respeto—. La aprovecharás aquí. Te servirá más de lo que crees.

Lidia respiró hondo, enderezando la espalda y mirándolo con determinación renovada.

—Entonces está bien. Me quedo. Trabajaré duro, no te defraudaré. Y… mantendré las distancias profesionales, te lo prometo.

—No pongas barreras que no necesitas, Lidia —le dijo él, con voz baja pero firme—. Solo sé tú misma. Eso es lo que quiero. Lo demás… déjalo fluir.

—¿Y si fluye hacia un lugar peligroso? —se atrevió a preguntar, con el corazón latiéndole a mil por hora.

—Entonces nos cuidaremos mutuamente —respondió él sin dudarlo—. No te dejaré caer. Eso también te lo prometo.

Hubo un silencio breve, cargado de significado, en el que ambos se sostuvieron la mirada como si estuvieran firmando un pacto sin palabras. Lidia sintió que algo en ella cambiaba en ese instante: el miedo seguía ahí, sí, pero ya no era lo único que la guiaba. Había también esperanza, y una atracción innegable que la hacía sentir viva de nuevo.

—Bien —dijo ella, rompiendo el silencio con una pequeña sonrisa—. Entonces… ¿cuándo empiezo?

—Ahora mismo —respondió él, señalando la puerta con un gesto pero sin dejar de mirarla—. Te llevarán a tu puesto. Y Lidia…

Ella se detuvo en el umbral, girándose hacia él.

—¿Sí?

—Me alegra que estés aquí —dijo él, con una sinceridad que no necesitaba más explicaciones—. De verdad.

—Yo también —respondió ella, y salió de la sala con el paso firme, sabiendo que acababa de cruzar una línea de la que no tenía intención de volver atrás.

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