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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

​CAPÍTULO 9: Magia en las Sombras de la Medianoche

​Aria despertó en la penumbra de sus aposentos reales. Las cortinas de terciopelo azul estaban echadas, y solo un tenue resplandor de la luna llena se filtraba por las rendijas del balcón. El dolor de cabeza se había atenuado, reemplazado por la sensación de calidez que le proporcionaban las mantas de plumón.

​Los médicos del palacio le habían administrado suero por vía cutánea y tónicos relajantes, dictaminando un colapso por agotamiento severo e inanición.

​A las tres de la mañana, el silencio en el castillo era absoluto.

​De pronto, un leve chasquido metálico resonó en la puerta de cristal del balcón. La cerradura cedió ante un fino y diminuto hilo de escarcha que manipuló el mecanismo desde el exterior con precisión quirúrgica.

​La puerta se abrió sin emitir un solo chirrido y una figura alta se adentró en la habitación. Erik se quitó la capa de viaje y la dejó sobre un sillón. Llevaba una camisa negra de seda suelta y pantalones oscuros, despojado de todas las insignias de la gala.

​Al ver a Aria despierta, recostada sobre las almohadas de encaje, suspiró con un alivio tan profundo que sus hombros cayeron.

​Se acercó a paso lento y se sentó en el borde del colchón. Con una delicadeza abrumadora, extendió su mano grande y rozó la mejilla de la reina con el dorso de sus dedos.

​—¿Estoy soñando... o el soberano de Vaeloria ha decidido convertirse en un ladrón nocturno en mi castillo? —murmuró Aria con una sonrisa débil y la voz áspera por la falta de uso.

​—Si esto es un sueño, juro por los dioses que no volveré a abrir los ojos —respondió Erik con la voz quebrada. Tomó la mano de ella, la llevó a sus labios y besó con devoción cada uno de sus nudillos—. Me mataste del susto, Aria. Cuando te vi perder el conocimiento en ese estrado... sentí que el mundo entero se apagaba.

​—Perdóname —susurró ella, intentando incorporarse. Erik pasó un brazo firme por su espalda y la ayudó con ternura, colocándole los almohadones detrás—. Llevaba dos días sin comer ni beber una sola gota de agua... Pensé que te había perdido para siempre después de lo que pasó en el parque. Pensé que me odiarías por haber corrido así.

​—¿Odiarte? —Erik la miró a los ojos con una intensidad que hizo que el corazón de Aria diera un vuelco—. Aria, me enamoré de ti desde el segundo en que te sentaste a mi lado en ese banco de madera. Te busqué en esa gala desesperadamente porque no podía concebir la idea de gobernar mi reino sin saber si estabas bien.

​Aria sintió un calor abrasador extendiéndose por su pecho. Se hizo a un lado en la amplia cama real y dio dos golpecitos sobre el colchón.

​—Acuéstate conmigo, Erik. Por favor... necesito sentir que eres real.

​Erik no dudó. Se quitó las botas de cuero y se deslizó bajo las sábanas de seda. Rodeó la cintura de Aria con su brazo poderoso, atrayéndola contra su torso hasta que la cabeza de la reina quedó apoyada sobre su pecho. Aria soltó un suspiro de dicha absoluta, respirando el aroma a pino, nieve fresca y cuero que emanaba de la piel de Erik.

​—La asistente de la corte me dijo que tienes la magia del hielo —murmuró Aria, trazando círculos invisibles con el índice sobre la camisa de él—. Me dijo que eres capaz de congelar mares... Yo le tengo un pánico atroz a mi poder, Erik. Siento que en cualquier momento voy a perder el control y voy a lastimar a la gente que amo.

​Erik bajó la mirada para contemplarla con una dulzura infinita.

​—¿Quieres que te enseñe algo sobre nuestra sangre?

​Aria asintió despacio.

​Erik tomó la mano derecha de Aria y entrelazó sus dedos con los de ella.

​—El error que cometen todos los que no entienden este don es tratar la magia de hielo como un enemigo al que hay que encadenar. La reprimes con miedo, y el miedo es una emoción violenta e inestable. Cuanto más intentas contener el hielo dentro de tu pecho, más fuerza acumula para romper la barrera.

​Erik cerró los ojos y respiró hondo, guiando la mano entrelazada de ambos hacia el aire de la habitación.

​—No intentes detener el frío. Siente cómo fluye en tu sangre, pero no como una tormenta, sino como el cauce de un río tranquilo. Siente mi calor y deja que tu magia se mueva con la mía.

​Aria cerró los ojos y se concentró en la respiración de Erik. Sintió la vibración helada que solía aterrorizarla surgir en sus venas, pero esta vez, al estar en contacto con la energía de Erik, la fuerza no quemaba ni descontrolaba. Fluía suave, dócil, en perfecta sincronía con la energía del joven rey.

​De las yemas de sus dedos entrelazados brotó una cascada de chispas de luz plateada.

​Poco a poco, sobre el dosel de la cama, la escarcha flotante comenzó a esculpir figuras cristalinas. Aparecieron pequeñas rosas de hielo transparente de un detalle asombroso, acompañadas por diminutos cisnes que flotaban en el aire reflejando la luz de la luna como diamantes vivos.

​—Es... es hermoso —susurró Aria con los ojos abiertos de par en par, maravillada por la delicadeza de su propio poder.

​—Tu magia no es un monstruo, Aria —dijo Erik, inclinándose para besarle suavemente la mejilla—. Es arte. Es fuerza. Es la manifestación de un alma noble. Solo necesitabas a alguien que te tomara la mano para enseñarte a bailar con el frío en lugar de luchar contra él.

​Aria giró el rostro y buscó los labios de Erik. Se unieron en un beso profundo, cargado de una gratitud insondable y de una devoción que borraba cualquier rastro de duda. Erik la rodeó con ambos brazos, girándola suavemente hasta situarla debajo de él en las sábanas, besándola con una lentitud pausada que le arrancó suspiros de puro deleite.

​Se quedaron así toda la noche, hablando en susurros de sus vidas, de la infancia en las montañas y de sus sueños más secretos, hasta que el abrazo cálido y la paz recuperada los vencieron, dejándolos profundamente dormidos en los brazos del otro.

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