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Destinada a Cinco Bestias

Destinada a Cinco Bestias

Status: En proceso
Genre:Romance / Poli amor / Mujer despreciada / Bestia / Harén Inverso
Popularitas:24.7k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: La primera noche del vínculo

Leandro llegó a la entrada antes de que Aitana terminara de levantarse.

No abrió de golpe. Primero apoyó una mano en la cortina de cuero y escuchó. Todo su cuerpo cambió de una forma que a Aitana le erizó la piel: los hombros quietos, la respiración baja, la cabeza apenas inclinada. Serpiente esperando bajo la hierba.

—Quédate detrás de mí —dijo.

Esta vez Aitana no discutió.

Leandro levantó la cortina.

Afuera no había un atacante.

Había un joven del Clan Lince con una bandeja entre las manos y cara de haber visto su vida pasar frente a sus ojos.

—Yo... perdón —tartamudeó—. Abuela Remedios mandó infusión de tila y agua limpia. Dijo que la Luna Sagrada debía beber antes de... antes de descansar.

Sus orejas, medio transformadas por el susto, se asomaban entre el cabello castaño claro. Aitana parpadeó. No lo había visto antes, o quizá sí entre los visitantes, pero no de cerca. Tenía ojos verdes, manos largas y una expresión tan avergonzada que resultaba difícil temerle.

Leandro no bajó la guardia.

—Déjalo en el suelo.

El joven obedeció de inmediato.

—Sí. Claro. Perdón. No quise molestar.

Aitana se asomó apenas por detrás de Leandro.

—Gracias.

El lince levantó la mirada.

El cambio fue mínimo, pero Leandro lo notó antes que ella. El joven se quedó inmóvil, como si la voz de Aitana hubiera tocado algo dentro de él. Sus pupilas se abrieron. Luego bajó los ojos con rapidez, demasiado tarde para esconder el asombro.

—Que la Luna la cuide —murmuró.

Se fue casi corriendo.

Leandro siguió mirando hacia la oscuridad hasta que los pasos desaparecieron.

—¿Lo conoces? —preguntó Aitana.

—Mateo. Del Clan Lince. Ayuda a las curanderas.

—Parecía más asustado que peligroso.

—A veces lo peligroso empieza así.

Aitana lo miró.

—¿Celos?

Leandro cerró la cortina.

—Precaución.

—Eso sonó mucho a celos.

Él se quedó callado.

La tensión de la amenaza falsa se deshizo en algo más suave. Aitana miró la bandeja en el suelo. Leandro la recogió, revisó la taza con el olfato y solo entonces se la entregó.

—No está envenenada —dijo.

—Qué romántico.

Leandro parpadeó, y Aitana se sorprendió a sí misma riendo.

La risa no duró mucho, pero cambió el aire. Hasta entonces la choza había parecido un altar demasiado serio, lleno de símbolos que no sabía cómo tocar. De pronto, seguía siendo una habitación con una taza caliente, un hombre nervioso fingiendo no estarlo y ella intentando no temblar.

Bebió la infusión. Sabía a hierbas dulces.

—Abuela Remedios dijo que la marca debía estabilizarse antes del amanecer —murmuró.

Leandro dejó la bandeja sobre la mesa.

—Sí.

—Y que no significaba forzar.

—También.

—Necesito que me lo digas tú.

Él se volvió hacia ella.

Aitana sintió la marca palpitar entre ambos. La línea de su muñeca respondía a la de Leandro como una cuerda tocada por dedos invisibles. Había calor, curiosidad y miedo, todo mezclado. Su cuerpo no estaba en celo, no como las historias que había escuchado de otras hembras. Pero la cercanía de Leandro hacía que su piel se volviera más consciente de sí misma.

—No voy a tomarte como si fueras una obligación —dijo él—. Ni como premio. Ni como propiedad. Si esta noche solo quieres que me siente junto a la puerta hasta que amanezca, lo haré.

Aitana tragó saliva.

—¿Y si no quiero eso?

La voz le salió más baja de lo que esperaba.

Leandro no se movió.

—Entonces me dices qué quieres.

Ella miró sus propias manos. Pequeñas. Marcadas por trabajo. Una de ellas llevaba la línea dorada del vínculo, fina, viva.

—No lo sé con palabras.

Leandro se acercó un paso.

—Entonces iremos despacio.

Esa promesa, más que cualquier caricia, la decidió a levantar la vista.

—Puedes tocarme la mano.

Leandro extendió la suya como si le ofreciera tiempo, no prisa. Aitana colocó los dedos sobre su palma. La marca respondió de inmediato. Un calor lento le subió por el brazo, cruzó el hombro y se instaló bajo la clavícula.

No dolió.

La asustó un poco. Pero no dolió.

—Así empieza —dijo Leandro.

—¿El vínculo?

—La confianza.

Aitana cerró los dedos alrededor de los suyos.

Leandro bajó la mirada hacia sus manos unidas. La expresión de su rostro casi la desarmó. No era deseo todavía, o no solo deseo. Era cuidado. Asombro. Una especie de hambre contenida a la fuerza porque temía romper aquello que por fin le habían permitido sostener.

—Puedes sentarte conmigo —dijo ella.

Se sentaron en el borde del lecho, sin soltarse. Durante un rato hablaron poco. Aitana le preguntó por el Clan Serpiente, y él le contó lo justo: que sus tierras estaban más allá de las colinas secas, que comerciaban venenos medicinales, que pocas manadas confiaban en ellos pero todas los buscaban cuando alguien sufría una mordida mortal. Él le preguntó por sus padres. Aitana tardó en responder.

—Murieron cuando yo era niña —dijo al fin—. Roque dice que debo agradecer que me crió.

Leandro apretó apenas su mano.

—Criar no es lo mismo que poseer.

El nudo en la garganta volvió.

—Nadie me había dicho eso.

—Entonces te lo diré las veces que haga falta.

Aitana no quiso llorar. Estaba cansada de llorar por cosas que otros hacían. Así que se inclinó y apoyó la frente en el hombro de Leandro.

Él se quedó completamente quieto.

—¿Puedo abrazarte? —preguntó.

Ella asintió contra su hombro.

Los brazos de Leandro la rodearon despacio. No la atraparon. La sostuvieron. Aitana sintió el pecho de él bajo la mejilla, el latido firme, la respiración controlada. La marca en su clavícula dejó de arder y empezó a calentarse como una brasa tranquila.

—Esto está bien —susurró.

Leandro bajó el rostro hasta su cabello.

—Bien.

Su aliento le rozó la sien. Aitana cerró los ojos. El contacto no era suficiente y era demasiado al mismo tiempo.

Levantó la cabeza.

Quedaron muy cerca.

Leandro no la besó.

Esperó.

Eso terminó de romperle el miedo.

Aitana fue quien se acercó.

El primer beso fue torpe, suave, casi una pregunta. Leandro respondió con una contención que le hizo temblar los dedos. No la empujó hacia atrás ni tomó más de lo que ella ofrecía. Solo sostuvo su rostro con una mano, como si la luna entera pudiera quebrarse bajo sus dedos.

Aitana se apartó apenas.

—No sé hacerlo bien.

—Yo tampoco sé hacerlo despacio.

La confesión le sacó una risa nerviosa.

—Lo estás haciendo.

—Porque tú me importas más que mi prisa.

El calor de la marca se extendió por su pecho.

El segundo beso fue menos tímido. Aitana sintió la mano de Leandro en su espalda, firme, cuidando el lugar golpeado sin presionar. Ella subió los dedos a su cuello y tocó el borde de las escamas que aparecían cerca de su piel. Leandro inhaló con fuerza.

—¿Te duele?

—No.

—¿Entonces?

—Nadie las toca así.

Aitana deslizó el pulgar con más cuidado.

—¿Así cómo?

—Como si no fueran algo malo.

El pecho se le cerró.

Lo besó otra vez.

La noche avanzó en gestos pequeños: el manto blanco cayendo a un lado, los dedos de Leandro desatando nudos solo cuando ella asentía, la risa nerviosa de Aitana cuando él se quedó paralizado ante cada permiso, la forma en que la marca brillaba cada vez que sus pieles se encontraban.

Cuando el deseo empezó a pesar más que el miedo, Aitana lo dijo.

—No te detengas todavía.

Leandro apoyó la frente contra la suya.

—Dime si cambia.

—Te lo diré.

La unión del vínculo no fue como los cuentos que había escuchado a escondidas, llenos de posesión y mordidas sin pregunta. Fue lenta, temblorosa, con momentos de dolor breve y otros de calor profundo; con Leandro deteniéndose cada vez que ella apretaba los dedos, con Aitana aprendiendo a pedir más sin sentir vergüenza, con la Luna filtrándose por la abertura del techo hasta tocar la marca entre ambos.

Cuando la mordida llegó, Aitana ya no tenía miedo.

Leandro rozó el punto entre su cuello y su hombro.

—¿Aquí?

Ella respiró hondo y apartó el cabello.

—Aquí.

Los colmillos entraron con un dolor brillante, seguido de una ola de calor que le arrancó un gemido contra el hombro de Leandro. La marca bajo su clavícula respondió de golpe. La línea de su muñeca se cerró. En algún lugar profundo, el vínculo encontró su forma.

Aitana no se sintió propiedad de nadie.

Se sintió acompañada.

Mucho después, cuando el cuerpo dejó de temblarle y la noche se volvió silenciosa, Leandro la cubrió con una manta y besó la marca con una reverencia que le hizo arder los ojos.

—Gracias —dijo él.

Aitana, medio dormida, frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por elegirme.

Ella buscó su mano bajo la manta.

—Gracias por esperar a que yo también me eligiera.

Leandro no respondió. Solo la acercó con cuidado.

Más tarde, cuando Aitana intentó moverse, hizo una mueca. Leandro se incorporó al instante.

—¿Te lastimé?

La pregunta salió con tanto miedo que ella le tomó la muñeca antes de responder.

—No. Solo... soy nueva en todo esto.

El alivio no le borró la culpa del rostro.

—Debí detenerme antes.

—Leandro.

Él la miró.

—Si hubieras hecho algo que yo no quería, te lo habría dicho. Y si no me hubieras escuchado, Paloma ya habría incendiado la choza.

La imagen logró arrancarle una risa baja, casi incrédula.

Aitana tocó la marca de su cuello. Ardía, pero no como una herida común. Era un calor vivo, conectado al pulso de él.

—Esto significa que puedo llamarte si estoy en peligro, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces no te alejes demasiado.

Leandro le besó los dedos.

—No pensaba hacerlo.

Afuera, detrás de los árboles, Mateo del Clan Lince seguía de pie junto a la mesa de las infusiones vacías. Había ido a recoger la bandeja cuando la luz del vínculo llenó la choza, y desde entonces no había logrado moverse.

No escuchó nada que no debiera.

No vio nada.

Pero sintió el cambio en el aire cuando la marca se cerró, y el pecho le dolió con una emoción que no supo nombrar.

Miró la cortina inmóvil de la choza.

Luego bajó la vista, apretó la bandeja contra sí y se alejó en silencio, llevando en los ojos una pregunta que no le pertenecía todavía.

Mateo

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Maria Diosdado Velázquez
esto es lo que a mí no me gusta, porque después se pierde la novela y no se sabe en qué termina, 😞😞 repruebo esto de no poner toda la novela entera, si usted escritora pudiera no hacer eso se lo agradecería
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos
Maria Diosdado Velázquez
no, no se abren las fotos🤔🤔🤔🤔🤔
Mary Salazar
me encanta 👏👏👏🤣🤣🤣👌👌😂😂
Mary Salazar
Woow 👏👏👏
Mary Salazar
OMG 😱😱😱😭😭😭
🏳️‍🌈ZOE GIANNI 🇮🇹🇦🇷
no puedo ver las imágenes, no soy solo yo no??
Elizabeth Vargas: yo tampoco puedo 😭
total 1 replies
Mary Salazar
Woow 👏👏👏👏👏👏 fantástico
Mary Salazar
guacala 😂😂😂🤣🤣🤣👌👌👌
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