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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 22: Celos que lo vuelven imprudente.

La luz de la tarde bañaba los jardines exteriores del palacio, donde se celebraba una reunión informal con miembros de la nobleza y funcionarios de alto rango. Había música suave, mesas con bebidas y dulces, y grupos de personas que conversaban animadamente. Roxana estaba allí, como siempre, tranquila y atenta, hablando con distintos invitados sobre temas de la vida cotidiana o de los proyectos que ella impulsaba.

Entre los presentes estaba el joven señor Wei, hijo de un importante funcionario de la corte. Era un hombre apuesto, educado, de modales refinados y muy elocuente. Desde hacía tiempo, admiraba públicamente la inteligencia y las ideas de Roxana, y esa tarde, aprovechó un momento en el que ella estaba sola para acercarse y conversar.

—Señorita Wén —le dijo con una sonrisa amable y respetuosa—, no dejaba de pensar en lo que nos explicó la otra vez sobre cómo mejorar los cultivos. Es usted realmente extraordinaria; nadie en todo el imperio tiene esa claridad para entender lo que es útil y necesario. Me gustaría mucho poder aprender más de usted, si me lo permite. Siempre es un placer escucharla.

Hablaba con tono suave, se inclinaba un poco hacia ella mientras hablaba, la miraba a los ojos con una admiración que iba más allá del respeto habitual. Sus palabras eran educadas, sí, pero su forma de acercarse, de sonreírle, de tratarla con esa confianza excesiva, dejaba claro que veía en ella algo más que a una mujer sabia y respetada.

Roxana, ajena a cualquier intención oculta, le respondía con su amabilidad habitual, explicándole detalles sencillos, escuchando sus preguntas, sin darle ninguna importancia a la forma en que él se comportaba. Para ella, era solo alguien más que quería aprender, alguien que valoraba lo que ella sabía.

Pero para Li Longjun, que lo observaba todo desde lejos, esa escena era una tortura insoportable.

La furia que estalla. Desde el momento en que vio al joven acercarse, la tensión en su cuerpo se hizo inmensa. Sus ojos oscuros se oscurecieron aún más, hasta volverse casi negros, brillando con una furia contenida que crecía segundo a segundo. Vio cómo él le sonreía, cómo se inclinaba hacia ella, cómo le hablaba con esa voz dulce y suave, cómo la miraba con deseo y admiración. Y lo peor de todo: vio cómo ella le respondía, cómo le sonreía, cómo le hablaba con amabilidad, sin apartarse, sin mostrarse indiferente.

Esos celos que ya vivían en él, esos celos que antes eran confusos y a veces absurdos, ahora se transformaron en algo salvaje, imparable, ciego. Ya no era solo miedo a perderla, o inseguridad. Era rabia pura, posesión, una necesidad violenta de dejar claro a todo el mundo, y sobre todo a ella, a quién pertenecía, quién era el dueño de esa mujer.

No pudo esperar ni un segundo más. Sin pensar en etiquetas, sin pensar en su cargo, sin pensar en nada más que en apartar a ese hombre de su lado, caminó hacia ellos con pasos largos, rápidos y pesados, que hacían que la tierra pareciera temblar bajo sus pies. Su cara estaba dura, cerrada, con una expresión tan aterradora que varias personas cercanas se callaron de golpe y se apartaron a su paso.

Llegó justo al lado de ellos, se interpuso entre el señor Wei y Roxana de golpe, como una muralla, y miró al joven noble con una mirada tan fría y cortante que parecía que iba a matarlo allí mismo con solo la vista.

—¿De qué hablan tanto? —preguntó con voz baja, ronca, cargada de ira, una voz que no admitía respuestas ni excusas.

El señor Wei, que al principio no entendía nada, se quedó pálido al ver la furia en los ojos del Emperador. Se inclinó rápidamente, temblando un poco:

—M-Majestad… solo… solo estábamos hablando de agricultura… de las ideas de la señorita Wén…

—¿Y cree que sus asuntos son tan importantes como para quitarle el tiempo a ella? —lo cortó Li Longjun, con dureza—. La señorita Wén tiene cosas mucho más importantes que hacer que perder el tiempo con usted. Aléjese. Y recuerde bien: no se le ocurra volver a acercarse a ella, ni hablarle, ni mirarla, ni siquiera pensar en ella. ¿Entendido?

El joven noble no esperaba esa reacción tan feroz. Se inclinó de nuevo, balbuceando disculpas, y se marchó rápido, con miedo, sin entender qué había pasado, pero sabiendo que por poco no perdía la vida por haber hablado unos minutos con ella.

Acorralada en el rincón.

Roxana estaba confundida y sorprendida. Miró a Li Longjun, vio esa furia desbordada en su cara, vio cómo respiraba fuerte, cómo le temblaban las manos por la rabia, y no entendía nada.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó en voz baja, un poco molesta—. Solo estaba hablando con él. Era educado, solo quería aprender… No le he dado ninguna importancia.

Pero él no la escuchaba. No quería escuchar razones. La furia de los celos, mezclada con todo el deseo que había crecido entre ellos desde aquel roce, lo había vuelto imprudente, arriesgado, totalmente dominado por sus sentimientos.

Sin decir una palabra más, le tomó la mano con fuerza, no con dolor, pero sí con una firmeza que no admitía negativa, y empezó a caminar arrastrándola suavemente pero con decisión hacia un lado del jardín, lejos de todos, hacia un rincón escondido entre setos altos y árboles frondosos, un lugar cerrado, oculto, donde nadie podía verlos ni escucharlos.

Roxana caminaba detrás de él, sorprendida, preguntándose qué le pasaba, sintiendo la fuerza de su agarre, sintiendo la tensión que salía de todo su cuerpo. Cuando llegaron a ese rincón apartado, él se detuvo de golpe, se giró hacia ella y, sin soltarla, la empujó suavemente contra el muro de piedra que había detrás, bloqueándola por completo.

Se puso delante de ella, muy cerca, tan cerca que sus cuerpos casi se tocaban, tan cerca que ella no podía moverse ni irse a ningún lado. Apoyó una mano en la pared, justo al lado de su cabeza, y con la otra seguía sosteniendo su muñeca, con una fuerza que mezclaba rabia y necesidad.

Estaba acorralada. Acorralada contra la pared, acorralada por su cuerpo grande y fuerte, acorralada por esa mirada oscura y ardiente que no le quitaba ojo de encima.

—¿Solo hablando? —le dijo él, con voz entrecortada, ronca, cargada de todo lo que sentía—. ¿Llamas a eso solo hablar? ¿Le sonríes así a cualquiera? ¿Te dejas mirar así por cualquiera? ¿Te dejas que se te acerque, que te hable con esa voz dulce, que te mire como si fuera posible que te tuviera a ti?

Se inclinó hacia ella, bajó la cabeza hasta que su boca quedó justo al lado de su oído y su aliento caliente le recorrió el cuello, haciendo que ella se estremeciera de pies a cabeza. Respiraba rápido, fuerte, agitado, y cada respiración suya golpeaba su piel, quemándola, haciéndola sentir cada parte de su presencia.

—¿No te das cuenta? —susurró él, con una mezcla de dolor y rabia—. ¿No te das cuenta de cómo te miraban sus ojos? ¿De lo que quería de ti? Él no quería aprender nada… él te quería a ti. Y eso… eso no lo permito. No lo permitiré nunca.

La afirmación de posesión absoluta.

Se separó un poco solo para mirarla a la cara, para verla bien, con esos ojos que ahora estaban llenos de fuego, de celos, de deseo y de una certeza absoluta. Su mano, que antes la agarraba con fuerza, ahora se deslizó suavemente por su brazo, subió por su hombro, acarició su cuello y se quedó apoyada en su mandíbula, sosteniendo su cara con ternura y con firmeza a la vez.

—Escúchame bien, Roxana —le dijo, despacio, gravemente, cada palabra marcada con fuerza, para que se le grabara en la memoria y en el corazón—. De ahora en adelante, quiero que tengas esto muy claro, tanto como yo lo tengo: Eres mía.

Hizo una pausa, mirándola fijamente, viendo cómo sus ojos se abrían más, cómo se le aceleraba la respiración, cómo se sonrojaba levemente bajo sus dedos.

—Eres mía —repitió, con una pasión que temblaba en su voz—. Todo lo que eres me pertenece. Tu mente, tus ideas, tu sabiduría, tu cuerpo, tu corazón, tu sonrisa, tu mirada… todo. Todo es mío. Solo mío.

Se inclinó de nuevo, acercando sus labios a los de ella, sin llegar a tocarlos, pero estando tan cerca que podía sentir su respiración dulce y rápida mezclarse con la suya.

—No permitiré que ningún otro hombre te mire con deseo. No permitiré que nadie te hable con demasiada amabilidad. No permitiré que nadie se acerque a ti, ni que te toque, ni que crea que puede tener un lugar en tu vida. Porque ese lugar… ese lugar es solo para mí.

Le acarició el pelo con la mano libre, deslizando los dedos entre los mechones suaves, con una mezcla de posesión y ternura infinita:

—He tenido paciencia. He respetado tu tiempo, tus reglas, tu distancia. He esperado a que tú quisieras darme tu corazón, me he esforzado, he cambiado, he hecho todo lo que me pediste. Pero hoy… hoy esos celos me han hecho ver algo que ya no puedo ocultar ni controlar.

Sus ojos brillaron con una intensidad que la hipnotizaba:

—Te quiero libre, sí. Te quiero inteligente, te quiero sabia, te quiero tú misma… pero te quiero mía. Completamente mía. Y quiero que todo el mundo lo sepa. Quiero que nadie se atreva siquiera a imaginar que puedes ser de otro. Porque tú eres la mujer del Emperador, sí… pero más que eso, eres la mujer de Li Longjun. Eres mi mujer.

Roxana estaba allí, acorralada, rodeada por su cuerpo, escuchando esas palabras que sonaban como una orden y como una promesa eterna. Sentía su calor, su fuerza, su deseo. Vio que esos celos que lo habían vuelto imprudente no eran debilidad, sino amor, amor desesperado, amor que no podía compartir con nadie.

Y aunque su mente le decía que él no podía poseerla, que ella era libre, que ella decidía… su corazón, su cuerpo, todo lo que sentía por él, le gritaba que le gustaba. Que le gustaba verlo así, loco por ella, dispuesto a todo por ella, dispuesto a enfrentarse a cualquiera, a cometer cualquier locura, solo por dejar claro que ella era suya.

No se apartó. No se enfadó. No le dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándolo con esos ojos que ahora brillaban con el mismo fuego que los suyos, con esa mezcla de miedo y deseo que ya era parte de los dos.

Li Longjun vio su silencio, vio que no lo rechazaba, vio que ella también estaba ardiendo. Se inclinó una vez más, rozando apenas su mejilla con la suya, y le susurró al oído, con voz profunda y llena de promesas:

—Lo que te digo es verdad, mi vida. Todo lo que eres me pertenece. Y ahora que lo he dicho, ahora que lo sé, ahora que tú lo sabes también… no voy a esperar más. Pronto, muy pronto, te haré mía de verdad. Y entonces, nadie podrá dudarlo. Ni tú, ni yo, ni nadie en todo el mundo.

Se separó lentamente, le dio un último vistazo cargado de pasión y le dio espacio para moverse, aunque sus ojos seguían atados a ella, vigilantes, protectores, posesivos.

—Vámonos —le dijo, con voz más tranquila pero igual de firme—. Volvamos. Pero recuerda: no te alejes de mí. Y no le sonrías así a nadie más. Porque la próxima vez… la próxima vez no sé qué haré. Porque te quiero demasiado, y te deseo con tanta locura, que me vuelvo imprudente solo de pensar que alguien más podría mirarte.

Caminaron de regreso, él a su lado, más cerca que nunca, con la mano rozando constantemente la suya, como si quisiera estar seguro de que ella seguía ahí, de que seguía siendo suya. Y todos los que los veían, veían también la forma en que él la miraba, la forma en que caminaba protegiéndola, la forma en que su presencia dejaba claro que nadie, absolutamente nadie, podía acercarse a ella sin pagar un precio muy alto.

Esa tarde, los celos lo habían vuelto imprudente, sí. Pero también habían servido para dejar claro lo que ya era un hecho: Roxana Wén ya no era solo una mujer libre, ni una consejera, ni una amiga. Era suya. Y él, el Emperador, el Dragón Dorado, había decidido que todo lo que ella era, todo lo que ella tenía, todo lo que ella sentía… le pertenecía a él. Y estaba dispuesto a todo, absolutamente todo, para que así fuera.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
NovelToon
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