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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 11

El escape no fue un acto de audacia improvisada, sino un ballet de nervios templados y respiración contenida. Estefanía —no, su cuerpo ya reclamaba el nombre de Valentina— esperó a que la dosis del somnífero que había deslizado con pulso tembloroso en la copa de coñac de José hiciera su efecto definitivo. En la penumbra de la suite, el ritmo de la respiración de su esposo era un ronquido pesado, denso, que inundaba el aire con la falsa tranquilidad del cazador que cree tener a su presa bien asegurada.

​Vestirse fue un ejercicio de absoluta discreción. Evitó las sedas ruidosas y los vestidos de alta costura que José elegía para ella; en su lugar, rescató del fondo del vestidor unos pantalones negros ajustados y un suéter de punto oscuro que se adhería a su silueta sin entorpecer sus movimientos. Se calzó unos zapatos planos y suaves, de suelas de goma que prometían no emitir el menor eco sobre el mármol. Al pasar frente al espejo del tocador, rozó con las yemas de sus dedos el lugar donde había estado oculto el sobre. La pequeña llave de latón, ahora oculta en el bolsillo de su pantalón, parecía emitir un calor propio que le quemaba el muslo.

​Burlar las cámaras del dormitorio requirió aprovechar los "puntos ciegos" que había memorizado durante sus horas de aparente apatía. Sabía exactamente cuántos segundos tardaba la lente oscilante de la esquina en barrer el ala izquierda del vestidor. Se deslizó por la sombra del dosel, ágil y silenciosa como una exhalación, ganando el pasillo en el momento preciso en que la patrulla de seguridad del jardín completaba su ronda por el flanco norte.

​La libertad provisional de la noche la recibió con una ráfaga de aire frío que la hizo estremecerse. El asfalto mojado por una llovizna reciente brillaba bajo las farolas de la ciudad mientras el taxi que había llamado desde un teléfono desechable —comprado en secreto semanas atrás— se alejaba de la colina de los millonarios. Con cada kilómetro que la distanciaba de la mansión, el collar invisible de oro pulido en su cuello parecía aflojarse, permitiéndole llenar los pulmones con un oxígeno que por fin sabía a verdad.

​El coche la dejó en una esquina de la Calle de la Lluvia. Era un sector antiguo de la ciudad, de calles empedradas, fachadas de ladrillo visto y balcones de hierro donde la hiedra crecía sin el rigor geométrico de los jardineros de José. Al llegar al número 14, se encontró ante un edificio de apartamentos de tres plantas, de aspecto bohemio y desgastado por el tiempo, pero envuelto en una dignidad nostálgica que la hizo detenerse.

​Subió las escaleras de caracol de madera, cuyos crujidos amortiguó apoyando el peso en los costados de los peldaños. Al llegar al ático, la puerta de madera clara presentaba una cerradura de latón que coincidía perfectamente con la llave que apretaba en su mano húmeda.

​Introdujo la llave. El metal giró con un chasquido limpio, un sonido que resonó en su pecho como la apertura de un santuario.

​Al empujar la puerta, lo primero que la golpeó no fue la vista, sino el aroma. Estefanía se llevó una mano a la boca para contener un sollozo. No había rastro del sándalo opresivo, del tabaco costoso ni de los productos químicos de limpieza que esterilizaban la mansión de José. El apartamento olía a lavanda fresca, a papel antiguo, a madera de pino expuesta al sol y a un toque sutil de café recién molido. Era un aroma limpio, reconfortante, profundamente orgánico. Su cuerpo reaccionó de inmediato con un estremecimiento; sus hombros, habitualmente tensos, se relajaron y una calidez líquida le recorrió las venas. Aquello no era un espacio ajeno. Aquello olía a ella. Olía a Valentina.

​Cerró la puerta a sus espaldas y encendió una pequeña lámpara de pie con pantalla de tela que proyectó una luz ámbar y suave sobre la estancia. El ático era acogedor, decorado con un desorden artístico que contrastaba con la simetría asfixiante de su supuesta casa. Había un sofá de chenilla color teja, una alfombra tejida a mano con hilos de colores tierra y estanterías repletas de libros desgastados, con las esquinas dobladas por el uso constante.

​Se acercó lentamente a una cómoda de madera clara situada junto a la ventana. Sobre ella, una serie de marcos de madera sencilla albergaban fotografías que José jamás habría permitido en su presencia.

​Estefanía —Valentina— tomó una de las fotos con manos trémulas.

​En la imagen, ella aparecía sentada en una cafetería al aire libre, riendo a carcajadas mientras intentaba cubrirse el rostro con las manos para esquivar la cámara. Su cabello oscuro estaba revuelto por el viento y no llevaba ni una sola gota de maquillaje; su piel se veía fresca, vital, llena de una luz que la porcelana de la mansión había apagado por completo. Al lado de ella, con un brazo rodeando sus hombros con una naturalidad desbordante de afecto, estaba Andrés. Él la miraba no como un trofeo recuperado, sino con una adoración tan profunda y sincera que a Valentina se le llenaron los ojos de lágrimas. Había una sensualidad implícita en la forma en que sus cuerpos se acoplaban en la imagen, una complicidad física y emocional que hacía que el matrimonio con José pareciera una grotesca parodia.

​—Esta soy yo… —susurró, y por primera vez, su voz no sonó extraña en sus propios oídos.

​Dejó el marco y abrió el primer cajón de la cómoda. Dentro, cuidadosamente ordenados bajo una pila de suéteres de lana que desprendían el aroma a lavanda, encontró una carpeta de cuero gastado. Al abrirla, los documentos oficiales que José había "perdido" en el accidente se desplegaron ante ella.

​Allí estaba su verdadero documento de identidad: Valentina Silva. Nacida en la misma ciudad, pero con una historia que nada tenía que ver con la dinastía de los supuestos herederos de José. También encontró un contrato de arrendamiento de ese mismo apartamento a su nombre, y lo más contundente: una libreta de ahorros de una entidad bancaria extranjera, con una cuenta a nombre de Valentina que registraba un saldo considerable, suficiente para asegurar una vida independiente lejos del control de cualquiera de los dos hombres.

​Valentina pasó las yemas de sus dedos sobre su firma en el contrato de arrendamiento. Los trazos de la tinta eran idénticos a los que había aprendido a reconocer en sus breves instantes de lucidez; una caligrafía decidida, libre, indomable.

​El descubrimiento de la verdad no llegó como un golpe de dolor, sino como una liberación absoluta. La amnesia seguía cubriendo gran parte de los detalles de su pasado, pero el vacío mental ya no importaba. Ahora tenía certezas físicas. La opulencia de la mansión, el matrimonio perfecto, la sumisión que José le exigía en cada caricia y las cámaras que vigilaban sus sueños eran parte de una monstruosa mentira diseñada para anularla y poseerla. José no la había salvado; la había secuestrado de su propia vida, aprovechando su vulnerabilidad y su mente en blanco para moldearla a la medida de sus obsesiones.

​Se sentó en el sofá de chenilla, abrazando la carpeta contra su pecho, sintiendo por primera vez el latido de un corazón que le pertenecía únicamente a ella. El aroma a lavanda y pino la envolvió como un escudo protector contra la sombra de la mansión esmeralda. Miró hacia la ventana, donde la lluvia de la noche comenzaba a golpear suavemente los cristales, y sonrió en la penumbra. Valentina había regresado a casa, y la jaula de oro de José acababa de perder su poder para siempre.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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