Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 24
Cap 24: Doña Eugenia
El timbre sonó tres veces seguidas, con esa impaciencia que Dante reconoció antes de siquiera mirar la cámara de seguridad.
—No puede ser —murmuró, y el color se le fue del rostro.
Sebastián levantó la vista del libro que leía en el sillón.
—¿Quién es?
—Mi abuela.
La palabra cayó como una sentencia. Dante ya estaba de pie, recorriendo la sala con la mirada, calculando. Los zapatos de Sebastián junto a la puerta. Su chamarra sobre el respaldo de la silla. La taza de café con el nombre del programa de radio que Sebastián escuchaba todas las mañanas.
—Necesito que te metas al clóset del cuarto. Ahora.
Sebastián parpadeó.
—¿El clóset?
—Sebastián, por favor. —La voz de Dante no admitía réplica. Tenía esa rigidez que solo aparecía cuando algo lo rebasaba—. Te lo explico después.
Sebastián no discutió. Recogió sus cosas en silencio y subió las escaleras con pasos rápidos. Dante esperó a escuchar la puerta del clóset cerrarse antes de abrir.
Doña Eugenia Valderrama entró como quien entra a territorio propio. Vestida de negro, con un collar de perlas que Dante recordaba desde la infancia, el cabello blanco recogido en un moño impecable. A sus setenta y ocho años, seguía caminando sin bastón y mirando como si el mundo le debiera explicaciones.
—Abuela —dijo Dante, besándole la mejilla con la formalidad que ella exigía.
—Siéntate —ordenó ella, sin saludar de vuelta, señalando el sillón de su propia sala como si fuera de ella—. No vine a tomar café.
Dante se sentó. Cruzó las manos sobre las rodillas. "Respira."
Doña Eugenia permaneció de pie un momento, recorriendo la sala con ojos que catalogaban cada detalle. Luego se sentó frente a él, muy derecha, y lo miró con esa expresión que Dante conocía demasiado bien: decepción calculada.
—Me prometiste algo, Dante. Tenías diecinueve años y me miraste a los ojos y me lo prometiste.
—Sé lo que prometí.
—Entonces explícame por qué le robaste el asistente a tu hermano.
"Medio hermano", pensó Dante, pero se mordió la lengua.
—Sebastián Montero renunció a Grupo Valderrama por voluntad propia. Yo le ofrecí un contrato personal. No tiene nada que ver con Emilio.
—¿Un contrato personal? —Doña Eugenia repitió las palabras como si fueran obscenas—. ¿Para qué necesitas tú un asistente personal? No diriges ninguna empresa. No tienes oficina. ¿Qué hace ese muchacho aquí, Dante?
—Trabaja para mí.
—¿En qué?
Dante apretó la mandíbula. Cada conversación con su abuela era un interrogatorio disfrazado de preocupación.
—En mis asuntos. No vine a pedirte permiso.
—Prometiste que no pelearías con Emilio por Grupo Valderrama. —Doña Eugenia se inclinó hacia adelante, y su voz bajó a ese tono que pretendía ser íntimo pero era una amenaza—. ¿Estás tramando algo?
—No.
—Mírame cuando me hables.
Dante la miró. Sostuvo su mirada con esa calma que le había costado años construir.
—No estoy peleando por nada, abuela. Nunca he querido ese grupo. Lo sabes.
Doña Eugenia se recargó en el respaldo. Por un momento, algo parecido a la tristeza cruzó su rostro. Luego desapareció.
—Fue tu madre la que destruyó esta familia —dijo, con la naturalidad de quien repite un hecho histórico—. Todo lo que hago es para mantener unido lo que ella rompió. Si tú empiezas a provocar a Emilio...
—Emilio mandó a envenenarme, abuela.
El silencio que siguió fue denso. Doña Eugenia no se inmutó, pero sus dedos se cerraron sobre el collar de perlas.
—Eso nunca se comprobó.
—Benzodiacepinas en mi bebida. Desperté en un hospital. —Dante hablaba sin levantar la voz, pero cada palabra caía como un golpe seco—. Que no se haya comprobado no significa que no haya pasado.
—Emilio es incapaz de...
—Emilio es capaz de todo. Y tú lo sabes mejor que nadie.
Doña Eugenia se puso de pie. Caminó hasta la ventana. La luz de la tarde le iluminó el perfil, y por un instante Dante vio a la mujer vieja que era en realidad, debajo de toda esa autoridad.
—Se acerca el aniversario —dijo ella, sin voltearse.
Dante sintió el golpe en el pecho. No necesitaba preguntar de qué aniversario hablaba.
—El aniversario luctuoso de Camila —continuó Doña Eugenia—. Los medios van a estar encima. Cada año es lo mismo. —Se volteó hacia él—. No vayas al panteón, Dante.
—Es mi madre.
—Precisamente. Si te ven ahí, van a convertirlo en un circo. Van a sacar las fotos viejas, las entrevistas, todo. No necesitamos esa atención.
"No necesitamos." Como si el dolor de Dante fuera un inconveniente para la familia.
—Abuela... —Dante vaciló. Había algo que llevaba años queriendo preguntar, algo que le ardía en la garganta cada vez que alguien mencionaba a su madre—. Ella en realidad...
Un golpe sordo vino del piso de arriba.
Ambos se quedaron inmóviles. Doña Eugenia frunció el ceño.
—¿Qué fue eso?
Dante sintió que el corazón se le detenía.
—Nada. Probablemente algo que se cayó.
Otro ruido, más suave. Como algo rozando madera.
—¿Tienes mascotas? —preguntó Doña Eugenia, mirando hacia las escaleras con suspicacia.
—Un... gato. Es nuevo. Todavía se mete a los muebles.
Doña Eugenia lo miró con esa expresión que decía que no le creía pero que no tenía ganas de investigar.
—No vayas al panteón —repitió, caminando hacia la puerta—. Es lo único que te pido.
"Lo único." Como si no le hubiera pedido toda una vida de silencio.
Dante la acompañó a la puerta. La besó en la mejilla. La vio subirse al auto negro con chofer. Cerró la puerta y se recargó contra ella, con los ojos cerrados.
Escuchó los pasos de Sebastián bajando las escaleras.
—¿Se fue?
Dante asintió sin abrir los ojos.
—Lo siento —dijo Sebastián—. Se me cayó un gancho. Intenté atraparlo y tumbé una caja de zapatos.
Dante no respondió. Seguía recargado contra la puerta, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a los costados. Sebastián se acercó despacio, como quien se acerca a un animal herido.
—Dante.
—Estoy bien.
—No, no estás bien.
Sebastián levantó la mano y la posó sobre la cabeza de Dante. Despacio, comenzó a acariciarle el cabello. Dante no se movió. No lo apartó. No dijo nada. Y esa ausencia de resistencia era, viniendo de él, casi una súplica.
—Escuché todo —murmuró Sebastián—. Las paredes de tu villa no son tan gruesas como crees.
—Entonces ya sabes cómo funciona mi familia.
—Sé que eres generoso. Directo. Terco, pero de buen corazón. —La mano de Sebastián seguía moviéndose con suavidad, dibujando círculos lentos—. Guapísimo, por cierto, aunque eso ya lo sabías.
Dante abrió los ojos. Había algo húmedo en ellos que no iba a reconocer.
—Y muy fuerte —terminó Sebastián, mirándolo con una seriedad que no admitía bromas—. Más de lo que deberías tener que ser.
Dante no dijo nada. Pero giró la cabeza lo suficiente para que su frente descansara contra el hombro de Sebastián, y se quedó ahí, respirando.
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Esa noche, Dante no podía dormir.
La cama estaba a oscuras. Escuchaba la respiración de Sebastián a su lado, tranquila y profunda. El techo era una superficie gris donde se repetían las palabras de su abuela, una y otra vez, como un disco rayado. "Fue tu madre la que destruyó esta familia." "No vayas al panteón." Y esa pregunta que no terminó de hacer. "Ella en realidad..."
Se giró. Miró el contorno de Sebastián en la penumbra. La línea de su mandíbula. El movimiento suave de su pecho al respirar.
Dante se movió. Se subió encima de él, una rodilla a cada lado, y Sebastián abrió los ojos de inmediato, alerta, las manos encontrando por instinto las caderas de Dante.
—Te voy a coger —dijo Dante. No era una pregunta.
Sebastián lo miró desde abajo. No había sorpresa en sus ojos, solo esa comprensión quieta que a veces exasperaba a Dante y a veces lo salvaba.
Sebastián se incorporó despacio. Llevó una mano a la nuca de Dante y lo besó. No con urgencia, sino con una lentitud deliberada, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Un beso que no pedía nada, que solo decía: "estoy aquí."
Cuando se separaron, Dante tenía los labios entreabiertos y la respiración cambiada.
—Hazlo más largo —murmuró contra la boca de Sebastián—. No quiero dormir.
Sebastián lo recostó despacio, invirtiendo sus posiciones con un movimiento fluido. Le besó la mandíbula, el cuello, ese punto debajo de la oreja que hacía que Dante cerrara los ojos.
—No vas a dormir —le prometió Sebastián al oído.
La noche se extendió. Las sábanas se enredaron. El silencio de la villa se llenó de respiraciones entrecortadas, de nombres dichos a media voz, del sonido de la piel contra la piel. Dante se aferró a Sebastián como quien se aferra a algo sólido en medio de una corriente, y Sebastián lo sostuvo con esa paciencia infinita que tenía para las cosas que importaban.
Cuando la primera luz del amanecer se filtró por la ventana, Dante dormía por fin. Tenía la cabeza sobre el pecho de Sebastián, un brazo cruzado sobre su torso, las piernas entrelazadas bajo las sábanas revueltas. Sebastián le acariciaba el cabello con movimientos cada vez más lentos, hasta que él también se quedó dormido.
Sobre la mesita de noche, la pantalla del celular de Dante se encendió en silencio.
Una notificación de un portal de noticias:
*"Especial conmemorativo: Camila Solís — aniversario luctuoso. La historia completa de la mujer que dividió al imperio Valderrama."*
La pantalla se apagó. Dante siguió durmiendo, con el rostro tranquilo por primera vez en días, sin saber que el mundo estaba a punto de recordarle todo lo que intentaba olvidar.