Bajo una lluvia torrencial, la desafortunada Kim Suki tropieza con Jeon Jungkook, un elegante y reservado empresario. Para saldar la deuda médica que él pagó por ella, Suki acepta ser la niñera de su rebelde sobrino de ocho años, llenando de calidez y divertido caos la fría mansión. Entre bromas, miradas robadas y roces inesperados, el amor florece entre dos mundos opuestos. Superando prejuicios y barreras sociales, descubrirán juntos que la mala suerte, a veces, es solo el disfraz del destino perfecto.
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Capitulo 2
La primavera en Seúl traía consigo flores de cerezo revoloteando por las calles y, en la mansión de los Jeon, una extraña ola de misterio culinario que estaba a punto de desafiar las leyes de la física y el buen gusto.
Eran las 3:15 a.m. La mansión entera dormía bajo un manto de silencio, interrumpido únicamente por los pasos sigilosos de Suki, quien caminaba en puntitas de pie hacia la cocina con una misión de vida o muerte. Abrió el refrigerador con el cuidado de quien desactiva un explosivo y encendió una pequeña luz.
De un estante sacó un frasco de pepinillos en vinagre y del congelador extrajo un pote entero de helado de chocolate belga. Tomó una cuchara, colocó tres pepinillos crujientes hundiéndolos en la crema de chocolate helada y se llevó la primera porción a la boca con los ojos cerrados, emitiendo un susurro de absoluta felicidad.
—Esto es... el paraíso terrenal —murmuró, saboreando el extraño contraste agridulce.
—Suki... por favor dime que no estás haciendo lo que creo que estás haciendo, porque mi mente arquitectónica se niega a procesar la geometría de ese plato.
Suki dio un salto, casi ahogándose con el pepinillo. Al girar la cabeza, vio a Jungkook recostado contra el marco de la puerta. Llevaba el cabello revuelto, una bata de dormir mal abrochada y los ojos medio cerrados por el sueño, mirándola con una mezcla de ternura infinita y genuina preocupación estomacal.
—¡Jungkook! Me asustaste —protestó Suki, escondiendo la cuchara detrás de su espalda como si hubiera sido descubierta en un crimen—. No es lo que parece. Es una... combinación científica avanzada de sabores.
Jungkook suspiró con una sonrisa cansada, caminó hacia ella y le quitó el plato de las manos con delicadeza, dejándolo sobre la isla de la cocina. Luego la abrazó por la cintura, sintiendo cómo ella se acurrucaba contra su pecho.
—Llevas tres noches seguidas despertándote a la madrugada, te mareaste ayer cuando intentabas glasear un pastel de bodas y hoy casi te desmayas al ver el camión de la basura —enumeró Jungkook con voz suave y preocupada, acariciándole el cabello—. Mi amor, estás pálida. Mañana mismo iremos al médico. No acepto un "no" por respuesta.
Suki abrió la boca para protestar, argumentando que solo era estrés por el catering, pero un repentino y violento mareo la hizo tambalear. Sus ojos se cerraron y habría caído al suelo de no ser porque los rápidos brazos de Jungkook la atraparon a tiempo, cargándola en peso hacia la sala.
Al día siguiente, el plan de ir al hospital sufrió un desvío cómico gracias a la eficiencia excesiva del secretario Ho-jin.
Cuando Ho-jin llegó a recogerlos para una reunión con los abogados de la adopción de Byul, encontró a Suki sentada en el sofá de la entrada, respirando profundamente para calmar las náuseas.
—Si la señora Suki no se siente bien, conozco un centro médico de alta tecnología en Gangnam, pero quizás debamos pasar primero por una farmacia de barrio para evitar registros innecesarios en la prensa —sugirió Ho-jin con su habitual frialdad analítica, mientras ajustaba el volante de su sedán negro.
Diez minutos después, el auto se estacionaba frente a una pequeña y discreta farmacia iluminada por luces fluorescentes parpadeantes.
—Yo iré —dijo Jungkook con decisión, abriendo la puerta.
—No, no, ¡espera! —lo detuvo Suki, poniéndose roja como un tomate—. Si tú entras a una farmacia con esa cara de modelo de revista y tus gafas oscuras, mañana saldrás en la portada de los diarios financieros. *"El magnate Jeon Jungkook compra productos misteriosos"*. ¡Iré yo!
—Yo iré —intervino Ho-jin con absoluta solemnidad—. Como empleado de confianza de la familia Jeon, es mi deber gestionar situaciones de riesgo. ¿Qué exactamente debemos comprar, señora Suki?
Suki sintió que las mejillas le quemaban. Miró a su alrededor, luego a Ho-jin y finalmente a Jungkook.
—Eh... bueno... miren en el estante de pruebas de embarazo caseras... y traigan... eh... tres de diferente marca para estar seguros de que la estadística no falla —susurró ella cubriéndose la cara con las manos.
Ho-jin asintió con la seriedad con la que firmaría un contrato millonario. Entró a la farmacia con paso marcial. Dos minutos después, salió de la tienda sosteniendo una bolsa de plástico negra opaca, con la expresión de un agente secreto en plena misión de rescate. Le entregó la bolsa a Suki en el asiento trasero como si se tratara de un maletín con códigos nucleares.
—La marca rosa tiene un 99.9% de efectividad, la azul detecta hormonas en tiempo récord y la verde viene en combo doble —informó Ho-jin con total naturalidad, mientras encendía el motor—. Les daré cinco minutos de privacidad en el baño de la oficina.
Treinta y seis interminables minutos después, encerrada en el baño de la mansión, Suki miraba fijamente las tres pequeñas varillas de plástico colocadas sobre el lavabo de mármol.
Sus manos temblaban de manera descontrolada. Las tres marquitas digitales coincidían de forma indiscutible. Las pequeñas líneas rosas brillaban con fuerza, confirmando la noticia más hermosa e inesperada del mundo.
Suki abrió la puerta del baño lentamente. En la habitación, Jungkook caminaba de un lado a otro mordiéndose las uñas —un hábito nervioso que no se le veía desde su época universitaria—, mientras Ho-jin esperaba junto a la puerta con una libreta y un bolígrafo en la mano, listo para anotar el diagnóstico.
Al ver la expresión en el rostro de Suki —con los ojos bañados en lágrimas de pura emoción y una sonrisa que le iluminaba toda la cara—, Jungkook se detuvo en seco.
—Suki... —susurró él, con la voz quebrada.
Suki levantó las manos y mostró las tres varillas.
—Funcionó la estadística, Ho-jin... —dijo Suki con un hilito de voz—. Vamos a ser papás... otra vez.
El impacto de la noticia golpeó a Jungkook con la fuerza de un tren de alta velocidad. Abrió los ojos desmesuradamente, intentó decir algo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sus piernas flaquearon de repente y, antes de que Suki pudiera reaccionar, el imponente, temido y multimillonario director ejecutivo Jeon Jungkook se desmayó plácidamente hacia atrás, cayendo de espaldas sobre una mullida alfombra persa con los brazos abiertos.
—¡Jefe! —gritó Ho-jin, perdiendo por primera vez su compostura corporativa mientras corría hacia él con una botella de agua mineral.
Suki soltó una carcajada que se mezcló con sus propias lágrimas de felicidad, arrodillándose junto a su esposo en el suelo.
—¡Jungkook, despierta! ¡No te mueras ahora que necesitamos planear la guardería! —bromeaba ella, sacudiéndole suavemente los hombros mientras Ho-jin le abanicaba la cara con la libreta de notas.
Unos segundos después, Jungkook abrió los ojos lentamente, parpadeó desorientado y vio el rostro sonriente de Suki flotando sobre él.
Con una mano temblorosa, se llevó el brazo a la frente y dejó escapar una risita nerviosa y tonta.
—Creo... que mi cerebro acaba de colapsar por exceso de felicidad —admitió Jungkook con un hilo de voz, sentándose lentamente mientras la abrazaba con tanta fuerza que casi la levanta del suelo—. ¿Es verdad? ¿Voy a ser papá de nuevo? ¿Tendremos un mini Suki o una mini tú corriendo por toda la casa?
—Es completamente verdad, tonto —le respondió Suki, apoyando su frente contra la suya, sintiendo los latidos desbocados del corazón de su esposo—. Vamos a tener un bebé.
En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe y el pequeño Byul entró corriendo con su capa de superhéroe. Se quedó mirando la escena: su tío Jungkook sentado en el suelo abrazando a Suki, y el secretario Ho-jin abanicando el aire con una libreta con cara de pánico.
—¿Por qué papá Kook está tirado en el suelo? ¿Jugamos a las estatuas y nadie me avisó? —preguntó Byul ladeando la cabeza con inocencia.
Jungkook levantó la vista, con los ojos brillando de lágrimas de pura alegría. Estiró el brazo y atrajo a Byul hacia ellos, formando un abrazo familiar gigante.
—No estamos jugando a las estatuas, campeón —dijo Jungkook con una sonrisa radiante, besando la cabeza del niño y luego la mejilla de Suki—. Vamos a tener un hermanito o una hermanita. ¡Vas a ser el hermano mayor!
Los ojos de Byul se abrieron como platos, llenándose de una ilusión inmensa.
—¿De verdad? ¿Un bebé pequeño que muerda mis juguetes de dinosaurio? ¡Siiii! —gritó el niño dando saltos de emoción por toda la habitación.
Mientras tanto, en las sombras de la opulencia de Gangnam, la tormenta comenzaba a gestarse. En su oficina iluminada por neones, Cha Hae-won colgaba el teléfono tras recibir un reporte de un investigador privado que había logrado infiltrarse en los registros preliminares del juzgado.
—¿Con que un nuevo heredero en camino, eh? —murmuró Hae-won con una sonrisa maquiavélica, mirando fixamente una fotografía antigua de la familia Jeon—. Disfruten su pequeña luna de miel mientras puedan. Cuanto más alto suban, más dura será la caída. Ese imperio y esa herencia me pertenecen, y haré lo que sea necesario para arrebatárselos.