Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Recuperación
El niño se quedó.
No lo anunció. No dijo nada en particular. Simplemente cuando Crista fue a buscarle ropa limpia y le mostró la habitación pequeña al final del ala de los sirvientes, él entró, se sentó en el borde de la cama, y no se fue.
Eso, Nazaria lo consideró, era suficiente por ahora.
La conversación con su padre en la cena de esa noche había sido exactamente lo que esperaba.
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«Padre, hoy en el mercado encontramos a un niño que estaban golpeando. Lo traje para que Rusto lo atendiera.»
El duque había dejado los cubiertos sobre la mesa con un movimiento preciso.
«¿Y?»
«Se quedó en la mansión.»
Silencio.
El tipo de silencio que el duque usaba cuando estaba procesando algo y decidiendo en qué orden plantear sus objeciones.
«No tiene a dónde ir», había añadido Nazaria antes de que el silencio se convirtiera en palabras—. Rusto dice que necesita descanso. Si en unos días quiere irse, se va. Pero me pareció que lo mínimo era ofrecerle un lugar.
Su padre la había mirado durante un momento largo.
Luego había tomado los cubiertos nuevamente.
«Infórmame si hay algún problema.»
Eso era todo. Ni aprobación ni rechazo. Solo esa manera que tenía su padre de decir que la pelota estaba en su cancha y que confiaba en que sabría manejarla.
«Qué conveniente para él.»
«Qué absolutamente conveniente.»
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Los primeros tres días, el niño casi no habló.
Comía cuando Crista lo llamaba. Dormía. Dejaba que Rusto le cambiara los vendajes sin protesta. Caminaba por los pasillos de la mansión con la cautela de alguien aprendiendo el territorio, identificando las salidas, calculando los movimientos de las personas.
Nazaria lo observó sin que pareciera que lo observaba, que era una habilidad que había desarrollado en su vida anterior trabajando en espacios donde observar demasiado directamente creaba problemas.
«Es inteligente. Muy inteligente.»
«Mira todo. Recuerda todo. Ha estado haciendo un mapa mental de la mansión desde el primer día.»
«Y todavía no ha decidido si quedarse es seguro.»
En el cuarto día, Nazaria apareció en la puerta de su habitación con un libro bajo el brazo.
El niño la miró desde la cama donde estaba sentado mirando el techo.
—¿Sabes leer? —preguntó Nazaria.
Una pausa.
—No mucho.
—¿Quieres aprender?
El niño la miró con esa expresión evaluadora que ya era familiar.
—¿Por qué?
«Porque en este mundo el conocimiento es poder y tú vas a necesitar todo el poder que puedas conseguir.»
—Porque es útil —dijo Nazaria en cambio—. Y porque si vas a quedarte aquí, Sheins eventualmente va a insistir en darte clases y es mejor ir con algo de base o te va a matar de aburrimiento el primer día.
El niño parpadeó.
Luego, muy brevemente, algo que podría haber sido el comienzo de una sonrisa cruzó su cara antes de desaparecer.
—¿Sheins es el señor mayor que camina como si midiera cada paso?
—Ese mismo.
—¿Es tan malo como parece?
—Peor —dijo Nazaria con total honestidad—. Pero también es el mejor profesor que vas a tener en tu vida, así que vale la pena.
El niño miró el libro que ella traía bajo el brazo.
—Está bien.
Nazaria entró a la habitación, se sentó en la silla junto a la ventana, y abrió el libro en la primera página.
—Empezamos desde el principio.
—¿No te parece lento? Tú ya sabes leer.
—Lo que me parece es que es el punto de partida correcto —dijo Nazaria—. No hay nada de malo en empezar desde el principio.
«Lo digo por las dos cosas.»
«Por el libro y por todo lo demás.»
El niño no respondió, pero se inclinó levemente hacia adelante para ver mejor la página.
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Rusto encontró a Nazaria esa tarde en el pasillo, con esa expresión de alguien que quiere decir algo pero está evaluando si es el momento adecuado.
—Señorita.
—Rusto. ¿Cómo está?
—Las heridas físicas están bien. Va a sanar sin problemas. —Una pausa—. Lo que me preocupa es el resto.
«El resto.»
«El peso que carga en los ojos. Los años de calle. Lo que hace con alguien por dentro.»
—¿Qué necesita? —preguntó Nazaria directamente.
—Tiempo —dijo Rusto—. Comida constante. Que nadie le grite. —Vaciló—. Y creo que necesita que alguien lo trate como una persona normal. No como un caso. No como una situación que resolver. Solo como... una persona.
Nazaria lo miró.
«Habla de él, pero también está hablando de sí mismo.»
«Rusto sabe exactamente lo que es que te miren como un caso antes de mirarte como una persona.»
—Ya lo estamos haciendo —dijo Nazaria.
Rusto asintió. Y en su expresión había algo que no era exactamente alivio pero que se le parecía mucho.
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En el quinto día, el niño bajó solo al jardín.
Nadie lo había invitado. Nadie lo había llevado. Simplemente apareció en el jardín de rosas a media mañana, con las manos en los bolsillos y esa postura de alguien que no sabe exactamente qué hacer con un espacio abierto bonito porque nunca ha tenido uno.
Nazaria estaba sentada bajo el rosal más grande con sus libros de estudio esparcidos alrededor. Lo vio llegar. No dijo nada.
El niño se quedó de pie a unos metros, mirando las rosas.
—¿Siempre hay flores así aquí?
—Todo el año —dijo Nazaria sin levantar la vista de su libro—. Mi padre se asegura de eso.
Una pausa.
—¿Por qué?
Nazaria sí levantó la vista entonces.
El niño no la estaba mirando a ella sino a las flores, con una expresión que no era exactamente admiración sino algo más complicado. El tipo de cara que pone la gente cuando ven algo que no esperaban encontrar en el mundo.
—Creo que porque quería que hubiera algo bonito —dijo Nazaria—. En medio de todo lo demás.
El niño no respondió.
Pero se sentó en el pasto a unos metros de ella, con la espalda contra un árbol, y se quedó ahí en silencio mientras el sol de la mañana caía sobre el jardín y las flores hacían lo que las flores hacen.
Nazaria volvió a su libro.
«Bienvenido», pensó en silencio.
«Aunque todavía no lo sepas.»