No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10 La verdad detrás de los límites
El sonido de la taza al estrellarse contra el suelo resonó por toda la cafetería.
Por un instante nadie se movió.
Ni yo.
Ni Fabio.
Ni siquiera Valeria dentro de la oficina.
Los fragmentos de porcelana quedaron dispersos a mis pies como pequeñas piezas de algo que acababa de romperse mucho más allá de una simple taza.
Mi corazón.
Mis dudas.
Los límites que Fabio había intentado levantar durante meses.
Todo.
Sentí el rostro arderme.
La vergüenza subió por mi cuello como fuego.
Porque él sabía que había escuchado.
Y yo sabía que él lo sabía.
Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Deseando desaparecer.
Deseando no haber escuchado nada.
Deseando no sentir lo que sentía.
Pero el silencio se volvió insoportable.
Así que hice lo único que se me ocurrió.
Agacharme para recoger los pedazos rotos.
Como si ordenar aquel desastre pudiera ayudarme a ordenar el que tenía dentro.
Mis manos temblaban.
Tanto que apenas podía sostener los fragmentos.
Las lágrimas amenazaban con salir.
Y entonces ocurrió.
Una punta afilada se hundió en la palma de mi mano.
—¡Ah!
El cristal rasgó la piel.
Una línea roja apareció inmediatamente.
Luego otra.
Y otra.
La sangre comenzó a deslizarse por mis dedos.
—¡Dara!
La voz de Fabio sonó cerca.
Demasiado cerca.
En apenas dos segundos estaba arrodillado junto a mí.
Tomó mi mano con una mezcla de preocupación y desesperación que me dejó sin respiración.
—¿Estás loca? ¿Por qué haces eso?
—Estoy bien.
—¡No estás bien! Te has hecho daño
Su voz salió más brusca de lo que pretendía.
Porque estaba asustado.
Lo vi en sus ojos.
Lo sentí en la forma en que sujetaba mi mano.
Como si temiera que me rompiera.
Como si ya no estuviera rota.
—Déjame ver.
—Fabio...— susurré
—Por favor.
Aquella última palabra salió casi como un ruego.
Y fue entonces cuando sucedió.
Algo pequeño.
Pero definitivo.
Fabio levantó mi mano herida hasta sus labios.
Y sin pensar.
Sin medir.
Sin recordar que no estábamos solos.
Besó suavemente mis nudillos ensangrentados.
Como si quisiera borrar el dolor.
Como si quisiera protegerme de él.
Como si aquel gesto fuera lo más natural del mundo.
Yo me quedé inmóvil.
Él también.
Porque ambos comprendimos al mismo tiempo lo que acababa de hacer.
Y detrás de nosotros se escuchó una carcajada amarga.
Valeria.
—Vaya...—Su voz cortó el aire como una cuchilla.—Ahora sí lo entiendo.
Fabio cerró los ojos.
Como quien acaba de ser descubierto.
Como quien ya no puede esconderse.
Valeria salió de la oficina lentamente.
Las lágrimas seguían brillando en sus ojos y aplaudía despacio
Pero ahora había algo más.
Dolor.
Y resentimiento.
—Valeria... —comenzó Fabio.
—No.— Ella levantó una mano.—No me expliques nada. Ya lo vi todo.
Su mirada fue directamente hacia mí.
Y sentí un escalofrío.
No porque me odiara.
Sino porque estaba herida.
Y las personas heridas suelen decir cosas que jamás dirían en otras circunstancias.
—Así que es ella.— continuó y me miró como si yo fuera algo insignificante
Un objeto sin valor
Fabio dio un paso adelante.
—Basta.
—¿Basta?
Valeria soltó una risa incrédula.
—¿Has estado evitandome para terminar enamorado de una adolescente?
Aquellas palabras me golpearon como una bofetada.
Sentí que el aire desaparecía.
Fabio tensó la mandíbula.
—No sigas.— le advirtió
—¿Por qué? ¿Porque la verdad incomoda? — Su mirada volvió a mí.—Tiene dieciocho años recién cumplidos, Fabio.¡Tiene un hijo por dios! ¡Ni siquiera sabe quién es el padre de ese niño!
Cada palabra era una piedra.
Una herida.
Un recuerdo de todas las inseguridades que llevaba años intentando superar.
—Valeria.
La voz de Fabio sonó peligrosa.
Pero ella continuó.
—¿Qué esperas exactamente? ¿Convertirte en el salvador de una chica que todavía no termina de crecer?
Sentí las lágrimas quemarme los ojos.
No quería escucharlo.
No quería seguir allí.
Porque una parte de mí ya pensaba exactamente igual.
Porque una parte de mí temía que tuviera razón.
Sin decir una palabra me acerqué al cochecito.
Tomé a Mateo en brazos.
Él dormía profundamente.
Inocente.
Ajeno al desastre.
Y comencé a caminar hacia la puerta.
—Dara.
Escuché la voz de Fabio detrás de mí.
No me detuve.
—¡Dara, espera!
Seguí caminando.
Porque si me detenía iba a llorar.
Y me negaba a hacerlo delante de ellos.
Detrás de mí escuché un fuerte golpe.
Luego la voz de Fabio.
Furiosa.
Como nunca antes la había escuchado.
—¡Ya basta, Valeria!
El silencio posterior fue absoluto.
Me detuve involuntariamente.
Todavía con la mano sobre la puerta.
Y escuché.
—No vuelvas a hablar de ella así.
—Fabio...
—¡No! Ahora me escuchas tú.
La voz de Fabio estaba cargada de rabia.
Pero también de algo más.
Dolor.
—Tú no sabes nada de ella. ¡Nada!
No sabes cuántas veces se ha levantado cuando la vida intenta a toda costa destruirla. No sabes cuánto lucha cada día. No sabes lo valiente que es.
—Solo intento protegerte.
— ¿Protegerme a mí de que o de quién?
Solo estás juzgando igual que hace todo el mundo.
Valeria permaneció en silencio.
Y entonces Fabio dijo algo que terminó de romperla.
—La diferencia entre tú y Dara es que ella nunca me hizo sentir menos de lo que soy.
El silencio fue devastador.
Cruel.
Necesario.
Después escuché un sollozo.
Yo salí de la cafetería antes de que Fabio pudiera alcanzarme.
La noche estaba fría.
Una ligera llovizna comenzaba a caer.
Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el pavimento húmedo.
Mateo dormía apoyado en mi hombro.
Y yo caminaba a prisas.
Intentando escapar....
De Fabio.
De mis sentimientos.
De mí misma.
—¡Dara!
Su voz llegó varios metros detrás.
Apreté los ojos.
No quería detenerme.
Pero él me alcanzó.
Sujetó suavemente mi brazo.
—Por favor.
Me giré.
Y todas las emociones que llevaba conteniendo explotaron.
—No.
—Escúchame.
—No quiero escucharte.
—Dara...
—¡Tenía razón!
Las palabras salieron cargadas de lágrimas.
—No tenía razón.
—¡Sí la tenía! —Mi voz se quebró.—Mírame, Fabio. ¡Mírame bien! Soy exactamente lo que dijo. Una chica que ni siquiera sabe quién es el padre de su hijo. Una chica que arruinó su vida antes de cumplir los dieciocho. Una chica llena de problemas.
Las lágrimas corrían libremente.
Y por primera vez en mucho tiempo me sentí pequeña.
Muy pequeña.
Fabio me observó en silencio.
Con el corazón reflejado en los ojos.
Como si verme sufrir le doliera más que cualquier otra cosa.
—No vuelvas a hablar de ti así.
—¿Por qué? ¿Porque duele escucharlo? A mí me duele vivirlo.
—Dara...
—¡No! Déjame terminar. — Respiré profundamente.—Valeria tiene razón. Tú mereces algo mejor. Alguien mejor. Alguien sin un pasado tan complicado.
Alguien que no venga con tanto equipaje.— solté una risita burlándome de mi misma
Por un momento pensé que Fabio iba a discutir.
A negar mis palabras.
Pero hizo algo completamente diferente.
Algo que jamás esperé.
Se acercó.
Muy despacio.
Y observó a Mateo dormido entre mis brazos.
Su expresión cambió.
Se suavizó.
Se llenó de ternura.
De amor.
De algo tan profundo que me dejó sin respiración.
—Mateo no necesita encontrar un padre.
Parpadeé.
Confundida.
—¿Qué?
Fabio levantó la vista.
Y sus ojos encontraron los míos.
Firmes.
Seguros.
Decididos.
Como nunca antes.
—Porque ya tiene uno.
El mundo dejó de girar.
Mi corazón olvidó cómo latir.
Y durante unos segundos ni siquiera fui capaz de respirar.
La lluvia seguía cayendo.
Las luces seguían brillando.
La ciudad seguía viva.
Pero para mí todo desapareció.
Solo existían aquellas palabras.
Aquella confesión.
Aquella promesa.
Y el hombre que estaba frente a mí.
Dispuesto a amar no solo a la mujer de la que se había enamorado.
Sino también al pequeño niño que ella llevaba en brazos.
—Fabio...
Mi voz salió rota.
Temblorosa.
Incapaz de contener todo lo que estaba sintiendo.
Y entonces comprendí que la verdad detrás de aquellos límites nunca había sido el miedo al qué dirán.
Ni la diferencia de edad.
Ni siquiera las heridas de su pasado.
La verdad era mucho más simple.
Mucho más peligrosa.
Mucho más hermosa.
Fabio me había amado tanto... que había intentado protegernos incluso de sí mismo.
Y ahora ya era demasiado tarde para seguir huyendo.
Porque ambos sabíamos que nada volvería a ser igual después de aquella noche.
Más valiente 👏👏👏👏👏