Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 10
La medianoche había sepultado la mansión Vancini bajo un manto de silencio opresivo. En el ala oeste, el corredor principal parecía una galería desierta de un museo de vanguardia, un túnel de líneas minimalistas donde las paredes de estuco veneciano gris absorbían la escasa claridad de la luna que se filtraba por los altos ventanales de hormigón. El aire acondicionado mantenía una temperatura gélida, un invierno artificial que hacía crujir imperceptiblemente las estructuras de madera oscura y acero de la propiedad.
Leonela caminaba descalza sobre el granito negro pulido a espejo, que le devolvía una silueta difusa a cada paso. Había salido de la suite de Santiago tras asegurarse de que el niño descansaba profundamente, ajeno al banquete de sombras y a las tensiones corporativas que amenazaban su precaria paz. Llevaba un camisón de seda color marfil que caía en líneas fluidas hasta sus tobillos, sujeto apenas por finos tirantes que dejaban al descubierto la redondez de sus hombros y la palidez de su espalda. El tejido, ligero y frío, se adhería de forma sutil a la línea de sus caderas con cada movimiento felino de su andar.
A pesar de la quietud, el pulso en su garganta seguía latiendo con fuerza. La adrenalina de la cena aún no se había disipado de su sistema; las palabras con las que había desarmado la crueldad de Gael seguían vibrando en su memoria como un eco desafiante. El frío del corredor penetró la seda del camisón, provocando que su piel se erizara al instante y tensando sus pezones contra la tela fina, una respuesta biológica elemental que delataba el estado de alerta constante en el que se encontraba la leona dentro de su cautiverio de cristal.
Se detuvo a mitad del pasillo, buscando el aire de un ventanal abierto para disipar el pánico interno que amenazaba con asfixiarla. Fue en ese microsegundo de pausa cuando el ambiente cambió.
El olor a limpiadores industriales y ozono fue desplazado de golpe por una fragancia densa y familiar: sándalo, tabaco caro y el calor seco de un cuerpo en tensión.
Gael emergió de la penumbra del ala norte con su zancada lenta y depredadora. No vestía la chaqueta del esmoquin ni el cuello rígido de la cena; llevaba únicamente un pantalón de sastre oscuro y la camisa blanca de lino, completamente desabrochada en el pecho, revelando la musculatura potente y compacta de su torso, salpicada por la sombra de viejas batallas y una piel bronceada que contrastaba con la frialdad del mármol. Sus mangas estaban remangadas desordenadamente hasta los codos, exponiendo los tendones de sus antebrazos curtidos. Sus ojos grises, fijos y fúnebres, se clavaron en ella con una fijeza devoradora que detuvo el tiempo en el corredor.
Leonela no se movió. Su espalda se tensó, adoptando esa rigidez defensiva que marcaba su fijeza gélida. Sabía que dar un paso atrás en ese pasillo angosto equivaldría a ceder el control de su territorio ante el lobo gris, y la leona se negaba a mostrar debilidad, incluso en la intimidad de la noche.
Gael acortó la distancia con una lentitud tortuosa, cada impacto de sus pasos descalzos contra el granito actuando como una cuenta atrás sensorial. Cuando se detuvo, estaba a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio perimetral con una audacia que le heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió un fuego líquido en su vientre. El calor abrasador que emanaba de su pecho desnudo cruzó el aire frío, envolviendo a Leonela en una atmósfera sofocante de masculinidad y peligro absoluto.
—Deberías estar en tu suite, Leonela —dijo Gael. Su barítono profundo bajó a un siseo bajo, una franqueza cortante que resonó directo en el pecho de la mujer, haciéndola temblar por dentro—. Mis hombres patrullan estos pasillos a oscuras, y no me gusta que los activos del contrato se muevan fuera de las horas previstas.
—Este pasillo conecta la habitación de mi hijo con la mía, Vancini —replicó ella, levantando la barbilla para sostenerle la mirada. Su voz, un susurro afilado, cortó la estática que se había creado entre ambos—. No soy un prisionero de tu muelle al que puedas confinar con un toque de queda. Firmé un papel para legitimar tu apellido, no para pedirte permiso para respirar en tu casa de piedra.
Gael inclinó el cuerpo hacia adelante, reduciendo el espacio mínimo que los separaba hasta que la tela de su camisa de lino rozó sutilmente la seda marfil de su camisón. El contacto físico, aunque mínimo, fue una descarga eléctrica que entorpeció el juicio de ambos. La fijeza de la mirada de Gael descendió por el rostro pálido de Leonela, deteniéndose en la agitación rítmica de su pecho y en el sudor sutil que brillaba en la base de su garganta debido a la tensión. Sus pupilas se dilataron, delatando una fascinación salvaje que ya no buscaba humillarla, sino consumirla en un deseo absoluto que ambos se negaban a verbalizar.
Leonela sintió el peligro inminente de la proximidad. La envergadura de Gael bloqueaba la poca luz de la luna, convirtiéndolo en un gigante que gobernaba la penumbra. Su instinto de supervivencia le exigía retroceder, buscar el pestillo de su puerta y refugiarse tras el acero, pero la atracción trágica de la situación, ese magnetismo animal que la unía al monstruo en medio del cautiverio, la mantuvo anclada al granito. Sostuvo la fijeza de sus ojos oscuros, obligándolo a registrar el fuego de su resistencia.
Lentamente, Gael levantó su mano derecha, con dedos largos, fuertes y curtidos por el control de su imperio. Con una delicadeza desconcertante que contrastaba con la resolución mortal de sus facciones, rozó con el reverso de su dedo índice la piel erizada del hombro descubierto de Leonela. El contacto biológico de su piel caliente contra el frío de ella provocó un estremecimiento profundo que recorrió la espina dorsal de la mujer, haciendo que un jadeo sutil se ahogara en sus labios oscuros.
—Tienes frío, leona —susurró Gael, su rostro descendiendo hasta que sus labios quedaron a milímetros de los suyos, permitiendo que su aliento con sabor a licor y tabaco la quemara en medio del invierno del pasillo—. Pero tus ojos siguen encendidos con la misma furia con la que me atacaste en la mesa. Me pregunto cuánto de ese orgullo es real y cuánto es solo el pánico de una madre que sabe que ha entrado en la boca del lobo.
—Mi orgullo es lo único que tus millones no han podido comprar, Gael —respondió ella, negándose a apartar el rostro de la presión sutil de sus dedos, que ahora descendían por la línea de su clavícula con una lentitud tortuosa, dejando un rastro de calor abrasador a su paso—. Puedes amenazar a Julián, puedes poner guardias en mi puerta y obligarme a sonreír ante tus jueces, pero no intentes medir mi fuerza con la de tus subordinados. Si me acerco a ti, si sostengo tu maldita mirada, no es por miedo a tu fuerza. Es porque sé que detrás de toda esta piedra y este orden absoluto, estás tan vacío que necesitas mi furia para recordar lo que es estar vivo.
La verdad directa de Leonela volvió a golpear el centro del pecho de Gael, provocando una tensión sensorial que paralizó el corredor. El silencio que siguió fue humanizado únicamente por la respiración entrecortada de ambos, que se mezclaba en el aire gélido de la noche. La mano de Gael se detuvo justo en el nacimiento de su pecho, sintiendo el latido desbocado y salvaje del corazón de la mujer, una pulsación de rabia pura y deseo absoluto que latía al unísono con el juego de posesiones de la mansión.
Gael la miró con una devoción oscura, una fijeza que "la devoraba" centímetro a centímetro, pero que por primera vez contenía una sombra de vulnerabilidad humana. La audacia de la mujer lo fascinaba hasta el punto de la obsesión; se había acostumbrado a gobernar mediante el aislamiento y el terror, pero Leonela lo desafiaba desde la igualdad de sus heridas familiares.
—Eres un peligro para el orden de esta casa, Leonela —siseó él, aunque sus dedos no se retiraron de su piel; se cerraron con suavidad en torno a su nuca, obligándola a inclinarse apenas un milímetro hacia el calor de su cuerpo desnudo bajo el lino—. Podría hacer que te confinen en el ala sur. Podría recordarte cada cláusula del contrato que firmaste con tu mano limpia.
—Pruébalo, lobo —desafió ella, sus labios casi tocando la pequeña cicatriz del labio superior de él, su franqueza cortante transformándose en una invitación cargada de hostilidad y magnetismo—. Usa tu fuerza perimetral. Llama a tus soldados. Pero ambos sabemos que no lo harás. Porque prefieres la quemadura de mi boca a la simetría muerta de tus pantallas.
Gael soltó un gruñido ahogado, un barítono bajo que vibró en el espacio antes de retirar la mano con una lentitud tortuosa que se sintió como un desgarro físico para la piel erizada de Leonela. Dio un paso atrás, regresando a la penumbra del pasillo, recuperando la máscara de granito de sus facciones corporativas, aunque el brillo de sus ojos grises delataba que la bestia había sido tocada en su punto más íntimo.
—Regresa a tu habitación, esposa —sentenció Gael, y su voz recuperó la rigidez cortante con la que manejaba las crisis del puerto—. El martes la prensa no querrá ver ojeras en tu rostro de legitimidad. Mañana revisaremos los activos del fideicomiso. No vuelvas a cruzar este corredor a oscuras.
Leonela lo observó un segundo más, manteniendo la fijeza de su postura recta mientras la seda marfil de su camisón volvía a caer en líneas tranquilas a los costados de sus piernas. No respondió a su orden; se dio la vuelta con un movimiento fluido y elegante, caminando hacia su suite sin prisa, sintiendo el impacto de sus pies descalzos contra el granito negro que aún conservaba la estática del encuentro.
La puerta de la suite cerrándose con un chasquido suave, dejando a Gael Vancini solo en medio de la penumbra del corredor de piedra gris. La leona no había retrocedido ni un milímetro ante la boca del lobo, y mientras la luna se ocultaba tras los cipreses de la propiedad, la tensión física del pasillo quedaba flotando en el aire como una promesa silenciosa de que las paredes de la jaula de cristal ya no eran lo suficientemente frías como para contener el incendio que acababa de declararse entre sus dueños.