James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 19. LA SOMBRA DEL PASADO
Faltaban apenas tres días para que James y Estela tomaran el vuelo privado que Valeria Santos había organizado rumbo a Atenas. El embarazo había entrado en el octavo mes, y el doctor Martínez les había advertido que los trillizos no aguantarían las cuarenta semanas; el parto era inminente y debían estar en suelo griego lo antes posible para garantizar la legalidad del proceso. Las maletas ya estaban listas en el pasillo del ático y James terminaba de cerrar los últimos flecos de su empresa tecnológica para poder ausentarse un par de meses.
La tormenta, sin embargo, no llegó desde el quirófano ni desde el laboratorio de Grecia, sino desde el rincón más oscuro del pasado de Estela.
Aprovechando que James estaba encerrado en una videoconferencia de última hora, Estela decidió bajar un momento a la pequeña farmacia que había en la esquina de la manzana para comprar unas cremas hidratantes que el ginecólogo le había recomendado. El conserje del edificio, acostumbrado ya a verla como la pareja oficial del millonario, le abrió la puerta del portal con una amable reverencia.
Estela caminó despacio, disfrutando del sol de la tarde madrileña, con una mano apoyada en su inmensa barriga. Pero al cruzar el callejón lateral que conectaba con la avenida principal, una silueta alta y desagradable se interpuso en su camino, bloqueándole el paso de golpe.
Al levantar la vista, a Estela se le congeló la sangre en las venas. El aire se volvió espeso.
Era su tío Cristof.
Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una sonrisa cínica que le revolvió el estómago a la chica. Sus ojos mezquinos recorrieron a Estela de arriba abajo, deteniéndose con una fijeza malintencionada en su enorme tripa de ocho meses.
—Vaya, vaya... pero mira a quién tenemos aquí —siseó Cristof, cruzándose de brazos—. Mi querida sobrina Estela. La chica que supuestamente estaba trabajando en un contrato internacional súper importante en Londres. Qué curioso que tu "oficina" en el extranjero sea el ático del multimillonario James Fernández en pleno Paseo de la Castellana.
Estela dio un paso atrás, con el corazón latiéndole a mil por hora, presa del pánico. El instinto protector hacia sus trillizos hizo que se cubriera el vientre con ambos brazos de forma automática.
—¿Qué... qué haces aquí, Cristof? —tartamudeó Estela, intentando mantener la voz firme—. No tengo nada que hablar contigo. Déjame pasar o llamaré a la policía.
—¡Oh, por favor, ahórrate las amenazas, niñata! —rio Cristof, dando un paso intimidante hacia ella—. He estado investigando desde que tu madre pagó la supuesta deuda de la casa en efectivo. Me pareció muy raro que una camarera muerta de hambre consiguiera doce mil euros de la noche a la mañana. Así que vigilé a tu hermanito Lucas. Y mira por dónde, descubrí que la abogada que os ayudaba trabaja para el rey de la tecnología. Y ahora te encuentro a ti, preñada hasta las cejas, viviendo en su palacio de cristal.
—No es lo que crees... —intentó mentir Estela, sintiendo que las lágrimas del miedo amenazaban con salir—. Es mi pareja. Nos... nos enamoramos.
—¿Tu pareja? ¿Un playboy multimillonario que cambia de modelo cada semana se va a enamorar de una muerta de hambre del extrarradio? No me hagas reír, Estela —escupió Cristof, agarrándola fuertemente de la muñeca. Su agarre era doloroso—. Esto apesta a negocio desde kilómetros. Ese tipo te ha comprado. Estás alquilando tu cuerpo para parirle los hijos a un rico que no puede tenerlos de otra forma. En España eso es un delito muy grave, sobrina. Se llama tráfico de menores y suposición de parto. Si yo voy ahora mismo a la comisaría o a los platós de televisión con esta historia, tu querido millonario irá directo a la cárcel y su empresa se hundirá en la miseria.
Estela soltó un quejido de dolor, intentando soltarse sin éxito. El pánico a que James sufriera por su culpa, a que destruyeran el futuro de sus bebés y a que su madre se enterara de la humillante verdad la estaba paralizando.
—Suéltala ahora mismo si no quieres que sea lo último que hagas con esa mano.
La voz llegó como un latigazo de acero desde la entrada del callejón.
Cristof se giró, sorprendido. James Fernández caminaba hacia ellos con paso firme, la mandíbula apretada y una furia asesina en sus ojos claros que daba auténtico terror. Su quimioterapia había quedado atrás; volvía a ser el hombre imponente y poderoso de siempre, pero potenciado por un instinto primitivo de defender lo que era suyo.
Ante la presencia física de James, Cristof soltó la muñeca de Estela de inmediato, dando un paso atrás pero manteniendo su sonrisa desafiante. James se colocó delante de Estela, usándose a sí mismo como un escudo humano, y la empujó suavemente detrás de su espalda.
—¿Y tú quién eres? ¿El comprador? —provocó Cristof, intentando ocultar el nerviosismo que le producía la mirada del CEO.
—Soy el hombre que puede hacer que desaparezcas de Madrid antes de que termine el día —respondió James con una voz baja, letalmente tranquila—. He escuchado suficiente, Cristof. Sé exactamente quién eres y cómo has estado extorsionando a la familia de Estela con unos papeles falsos sobre su casa. Te daré una sola oportunidad. Ponle precio a tu silencio. ¿Cuánto quieres para desaparecer de nuestras vidas y no volver a acercarte a un solo miembro de esta familia?
Cristof sonrió, relamiéndose los labios al ver que el pez gordo había picado el anzuelo.
—Cien mil euros. En una cuenta bancaria opaca. Y os dejaré marchar a Grecia tranquilos. De lo contrario... la policía recibirá una bonita copia del historial médico de tu clínica de Atenas.
James ni siquiera parpadeó. Sacó su teléfono personal y miró a Cristof con un desprecio absoluto.
—Trato hecho. Tendrás el dinero mañana por la mañana. Pero si vuelvo a ver tu cara a menos de un kilómetro de Estela, de su madre o de su hermano, usaré todos mis millones no para pagarte, sino para hundirte en la cárcel más profunda de este país. Ahora, lárgate de mi vista antes de que pierda los papeles.
Cristof asintió con una reverencia burlona y se dio la vuelta, desapareciendo por la avenida principal con los bolsillos llenos de promesas.
En cuanto se marchó, la fachada de acero de James se desmoronó. Se giró hacia Estela, rodeándole los hombros con urgencia. La chica estaba temblando, llorando desconsoladamente por el impacto de la situación.
—Estela... Estela, mírame. ¿Te ha hecho daño? —preguntó James con desesperación, acunando su rostro con las manos. Sus ojos claros rebosaban un pánico real que nunca antes había mostrado—. Dios mío, lo siento... no debí dejarte salir sola.
—Lo sabe todo, James... lo sabe todo —sollozó Estela, apoyando la frente contra su pecho, buscando el calor de su cuerpo—. Va a destruirnos. Va a contárselo a mi madre, te va a denunciar...
—No va a destruir nada, te lo prometo —la cortó James con firmeza, besándole la parte superior de la cabeza con una devoción absoluta—. Ese tipo es un miserable que solo busca dinero. Mañana Valeria se encargará de tramitar el pago y, de paso, de buscar pruebas definitivas para meterlo a la sombra por estafa. Pero no podemos esperar tres días, Estela. La cuerda se ha roto. Cristof es peligroso y el estrés te puede provocar el parto aquí mismo en Madrid. Nos vamos esta noche.
James sacó su teléfono de nuevo, marcando el número de su piloto privado con una determinación implacable.
—Prepara el jet privado para las once de la noche. Pon rumbo a Atenas. Nos vamos ya.
Estela miró a James a través de sus lágrimas, asintiendo en silencio mientras él la abrazaba con fuerza contra su pecho en mitad del callejón. El peligro los había alcanzado en Madrid, pero en mitad de la tormenta, el palacio de cristal de James se había transformado en un búnker inexpugnable. La huida exprés hacia el Mediterráneo acababa de comenzar, y el destino de sus trillizos se decidiría bajo el cielo de Grecia mucho antes de lo previsto.