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Antiguo Amor

Antiguo Amor

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amor-odio / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩

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Pánico

El rollo de pergamino viejo y amarillento pesaba en las manos de Yan Jincheng más que cualquier hacha de guerra. Con un movimiento brusco, rompió el lacre imperial y extendió el documento sobre la mesa de noche, bajo la mortecina luz de la vela. Li Xiaowei, inmóvil en la cama, mantuvo los ojos fijos en la pared opuesta. Sus dedos, sin embargo, se enterraron con tanta fuerza en las sábanas de lino que sus nudillos se tornaron completamente blancos. El pánico latía en su pecho, pero su rostro seguía siendo una máscara de porcelana infranqueable.

Jincheng comenzó a leer. Los registros del juicio por alta traición de hace cinco años detallaban la supuesta conspiración del general con los bárbaros del norte. Pero a medida que sus ojos recorrían las líneas de caligrafía oficial, las cejas del comandante se fruncieron. Faltaban páginas enteras. Las transcripciones oficiales saltaban de la acusación pública directamente a la sentencia de destierro. No había rastro de los interrogatorios previos, ni de las confesiones secretas que, por ley imperial, debían registrarse ante el consejo de ministros. Los folios intermedios habían sido arrancados con saña. El documento oficial del imperio era una mentira burda, un montaje mal cosido.

El general levantó la vista hacia el príncipe. Xiaowei no se movió, pero un sudor frío y brillante brotó de su frente, diluyendo el cansancio de la fiebre que aún persistía en sus mejillas.

—Faltan las confesiones, Xiaowei —dijo Jincheng, con una voz que recuperaba su tono militar, pero que vibraba con una tensión peligrosa—. Si tú fuiste el acusador voluntario, si tú le entregaste las pruebas a tu padre para quedarte con el favor de la corte... ¿por qué alguien se tomó la molestia de borrar los registros de las celdas secretas? ¿Qué es lo que tu familia no quería que quedara escrito en la historia?

—Los archivos coloniales a menudo se dañan con la humedad de los sótanos, General —respondió Xiaowei. Su voz era un hilo frío, limpio de emoción, pero el temblor sutil de sus hombros lo delataba a leguas—. No busque conspiraciones en la burocracia de una dinastía caída. La verdad está en el edicto que leí frente a usted: fue desterrado por traición. Eso es todo lo que necesita saber.

Jincheng dio un paso hacia el frente, pero se detuvo al ver cómo el cuerpo del príncipe se tensaba de forma instintiva, preparándose para un golpe que no llegaría. La desconfianza absoluta de Xiaowei dolió más que cualquier insulto. El general comprendió que no obtendría la verdad en esa habitación. Sin decir una palabra, guardó el pergamino en su cinturón y salió de la alcoba a grandes zancadas.a

El patio de armas estaba sumergido en la oscuridad de la medianoche cuando Jincheng convocó a su Guardia. Su consejero de inteligencia militar lo esperaba junto a las caballerizas, sosteniendo una antorcha que proyectaba sombras alargadas sobre la tierra batida.

—Hemos localizado al Capitán Meng —informó el consejero en voz baja—. El antiguo jefe de la guardia personal de la Princesa Xue'er. Intentaba huir hacia las provincias del sur disfrazado de mercader. Mis hombres lo interceptaron en las puertas de la muralla exterior. Está en las celdas de tortura del sótano.

Jincheng no respondió. Una sonrisa cruel y sombría se dibujó en sus labios mientras avanzaba hacia las escaleras de piedra que descendían al subsuelo. Si el palacio imperial guardaba secretos, los arrancaría de la carne de los verdugos.

El sótano de tortura apestaba a hierro rancio, vinagre y cuero húmedo. En el centro de la sala, encadenado a dos argollas de hierro fijadas al techo, colgaba el Capitán Meng. Su ropa estaba sucia, desgarrada y su rostro ya mostraba los primeros signos del interrogatorio de los soldados: un ojo hinchado y un hilo de sangre que bajaba por su barba descuidada.

Jincheng entró a la sala despojándose de sus guantes de cuero. Caminó despacio, arrastrando una silla de madera pesada hasta colocarse justo frente al prisionero. Se sentó, apoyando los codos sobre las rodillas, mirando al hombre con dos ojos que brillaban como carbones encendidos.

—Meng —la voz del general era un susurro ronco, más aterrador que un rugido—. Custodiaste las celdas imperiales las tres noches previas a mi destierro de hace cinco años. Sé que respondiste directamente a las órdenes de la Princesa Xue'er. Quiero saber qué pasó en ese sótano antes de que me arrastraran al patio de la corte. Y lo quiero saber ahora.

El capitán Meng escupió sangre sobre el suelo de piedra y soltó una carcajada temblorosa, intentando mantener la arrogancia de la antigua guardia.

—No sé de qué habla, General rebelde. El Segundo Príncipe Li Xiaowei presentó las cartas de su traición ante el Emperador de forma voluntaria. Él lo vendió para salvar su propio pellejo y ganarse el trono. Nosotros solo cumplimos con el decreto real.

Jincheng no parpadeó. Hizo una ligera seña con la mano hacia el verdugo que permanecía en las sombras. El soldado avanzó sosteniendo unas tenazas de hierro al rojo vivo, extraídas directamente del brasero que crepitaba en la esquina. El metal incandescente iluminó la estancia con un brillo anaranjado y maldito.

El primer grito del Capitán Meng desgarró el silencio del subsuelo, un alarido de agonía pura que rebotó en los muros de piedra gris. El olor a carne quemada inundó la habitación. Jincheng permaneció impasible, con la mandíbula apretada, observando el sufrimiento del hombre sin pestañear. La paranoia que lo había consumido durante años en la frontera helada se estaba transformando en una sed de verdad.

—Te lo volveré a preguntar una vez más, Meng —dijo Jincheng, inclinándose hacia el frente mientras las tenazas regresaban al fuego—. ¿Quién estuvo en las celdas secretas esas tres noches? Si mientes otra vez, no dejaré que mueras rápido. Te despellejaré centímetro a centímetro en la plaza pública.

El terror y el dolor quebraron la resistencia del guardia real. Meng colgaba de las cadenas, con la respiración entrecortada y las lágrimas mezclándose con la sangre de su rostro. Sabía que el general no estaba bromeando; la mirada feroz de Jincheng era la de un depredador que ya no tenía piedad.

—¡Fue... fue el príncipe! —confesó Meng en un grito ahogado, rompiéndose en un sollozo desesperado—. ¡Li Xiaowei estuvo encerrado en las celdas más profundas las tres noches anteriores a su exilio, General!

La primera grieta de la mentira se abrió en el corazón de Jincheng con la fuerza de un terremoto. El general se levantó de la silla de golpe, tirándola hacia atrás con un estruendo. Agarró al prisionero por el cabello, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.

—¿Qué estás diciendo, escoria? —rugió Jincheng, con los ojos carmesí y el pecho agitándole con violencia—. ¡Xiaowei estaba en sus aposentos reales! ¡Él leyó el decreto con sus túnicas celestes limpias!

—¡No! ¡La Princesa Xue'er lo planeó todo! —gimió el guardia, temblando de pánico—. Ella descubrió las cartas que usted y el príncipe se enviaban en secreto. Planificó la masacre en la corte para culparlo a usted de alta traición. Cuando Xiaowei se enteró, intentó detenerla, pero la princesa ordenó encerrarlo en el sótano. Yo mismo lo encadené a ese muro de piedra.

Jincheng sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus dedos se clavaron con más fuerza en el cuero cabelludo del capitán.

—Continúa —susurró, con una voz que apenas parecía humana.

—Lo... lo golpeamos durante tres días enteros por orden de la princesa —confesó Meng, con la voz quebrada por el remordimiento y el dolor—. Xue'er quería que él firmara la acusación pública voluntaria. Xiaowei se negó... se negó hasta que su cuerpo estuvo completamente roto y cubierto de sangre. Pero la princesa le ofreció un trato: si él rompía el amuleto de jade frente a los ministros y leía la falsa acusación que lo desterraba a usted, el Emperador cambiaría la orden de ejecución por el exilio a las estepas del norte. Si se negaba... usted bebería veneno esa misma noche en su celda.

El silencio que cayó sobre la sala de tortura fue absoluto, roto solo por el crepitar de las brasas.

Jincheng soltó al prisionero de golpe, dando tres pasos hacia atrás, tambaleándose como si hubiera recibido una estocada directa en el centro del pecho. Miró sus propias manos limpias. La verdad del pasado lo golpeó con una crudeza devastadora: el hombre al que había humillado públicamente, el cuerpo que había desgarrado con brutalidad en su propia cama, las cicatrices tenues que había visto en su pecho y que había atribuido a las indulgencias de la corte... todo había sido causado por él, por su ignorancia, por su ceguera de odio. Xiaowei había destruído su propia reputación, su salud y su felicidad solo para mantenerlo con vida en la frontera helada.

Un pánico animal, un dolor inmenso que superaba cualquier herida de guerra, se apoderó del general. Se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras de piedra corriendo, desesperado por llegar a sus aposentos privados, ignorando los gritos lejanos del guardia. Tenía las manos manchadas con la sangre de la inocencia del príncipe, y la tormenta de cenizas de su propia venganza estaba a punto de consumirlo por completo.

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Idalmis Piña
esperemos que mejores después de esos masajes tu salud del cuerpo, la espiritual está muy lastimada .
Skay P.: ¡Claro que sí, amor!🤭
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Idalmis Piña
el perdón que anhelas, nunca llegará general .
Idalmis Piña
en realidad es muy difícil perdonarlo .
Idalmis Piña
comandante como reparar tanto sufrimiento .?
Idalmis Piña
al fin su corazón se hablando comandante, pero el corazón y el cuerpo del principe están muy lastimados .
Idalmis Piña
La culpa se hará cargo de ti .
Idalmis Piña
veremos, general
Adeb Acuña
me encantó /Sob/
Adeb Acuña
me encantó
Skay P.: ¡Gracias mi Chickis! Revisa el perfil para más historias 😘😘
total 1 replies
pryz
Nada que decir más que excelente
pryz: Te lo mereces belleza
total 2 replies
pryz
Me encanto, aunque le hizo daño jamás lo traicionó y apesar de todo lo amaba, ninguna queja
Skay P.: ¡Gracias, mi Chickis!💋
total 1 replies
pryz
Oye pero si ya tiene su marido, que emperatriz de la onde, ministros babosos
pryz
Sufre, te lo mereces por no investigar antes de dañar😈
pryz
En tu cara perra, te lo mereces por tatar mal al niño
Skay P.: ¡Uuf! 🤭
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pryz
Espero con ancias que te pudras en el dolor y sin derecho a perdón 😈 😊
pryz
Desgraciado ahora si preguntas pero rapidito le creiste a la bruja
pryz
Solo deseo que esa bestia bruta no quede con mi niño
pryz
Pobre de mi niño, mal nacido general me caes mal ojalá se te caiga el pitó
pryz
Este general me cae mal
pryz
Empieza pisando duro /Angry/
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