En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.
Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.
Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 3 LA NOCHE ENTRE GEMIDOS
Sonreí acercándome un poco más a él, rozando su nariz con la mía.
—Y tú eres el único hombre que me ha llevado hasta el límite.
Gael negó con la cabeza lentamente, pero no dejó de sonreír, esa sonrisa que perfecta.
—Entonces supongo que es algo bueno, ¿verdad? Algo que no debemos dejar pasar.
En ese momento vibró mi teléfono sobre la mesa de noche, rompiendo la calma de la habitación. Miré la pantalla y el corazón se me dio un vuelco fuerte en el pecho: era mi papá.
—Dime, pa… —contesté tratando de que mi voz no temblara.
—¿Mara Varela, dónde estás? —su voz sonaba seria, preocupada, con ese tono que usaba cuando sabía que le ocultaba algo—. Cristal apareció en el supermercado hace un momento y no pudo sostener la mentira de que estabas con ella toda la noche.
Me mordí el labio inferior sin saber muy bien qué decir, y alcancé a ver que Gael ya se había sentado en la cama escuchando todo con atención, sin interrumpir, sin juzgar.
—Pues… pasé la noche con un amigo —dije bajito—. No pasó nada malo, solo se nos pasaron las copas y se nos hizo tarde. Ya voy para allá en cuanto pueda.
—Es peligroso, hija. Ya sabes que tienes que cuidarte, y más ahora que empieza la temporada y todos te están mirando. Y deja el alcohol, por favor.
—Sí, papá. Ya voy. No te preocupes.
Colgué el teléfono y me giré hacia él.
—Ya me tengo que ir.
—¿Ni siquiera desayunamos algo juntos antes? —preguntó, y por un segundo creí ver algo parecido a la decepción en su mirada, aunque se esforzó por ocultarla de inmediato tras esa máscara de control.
—Tengo que irme, Gael. Me están esperando.
—Está bien —dijo levantándose despacio de la cama, buscando su ropa en el suelo—. Pero no te vas a ir así, despeinada y sin haber desayunado nada. Vamos a bañarnos juntos y te llevo yo.
Me reí bajito, y él me tomó de la mano para llevarme hacia el baño, sin soltarme ni un instante.
El vapor cálido del agua nos envolvía mientras nos secábamos, el aire pequeño del baño cargado todavía del olor de nuestros cuerpos mezclados, de jabón suave y de esa calma que solo deja el placer compartido. Me ajusté el vestido tinto sobre la piel, subí la cremallera despacio sintiendo cómo la tela resbalaba suave, y me calcé los tacones negros que descansaban cerca de la puerta. Con las manos todavía húmedas me recogí el pelo en un moño alto y desordenado, dejando caer unos mechones sueltos sobre la nuca y las sienes, y cuando me miré al espejo no me reconocí del todo: había en mis ojos un brillo nuevo, una luz que no estaba ahí antes de conocerlo.
Gael ya estaba vestido cuando me giré hacia él: una camisa blanca de algodón fino que se ceñía apenas a sus hombros anchos, pantalón oscuro de corte limpio, el pelo todavía algo revuelto por el agua goteando levemente sobre su frente. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, como si quisiera grabar esa imagen en su memoria para siempre, y asintió con esa serenidad suya que lo hacía parecer dueño de cada momento.
—Estás preciosa —dijo con voz baja, sin exaltación, solo con la verdad simple de quien lo piensa—. Vámonos, Mara. Es hora de volver.
Salimos del hotel en silencio, tomados de la mano como si temiéramos que el contacto se rompiera al pisar la calle, y él me abrió la puerta del coche con esa cortesía natural que no pedía nada a cambio. El motor rugió con una potencia grave y contenida al arrancar, vibrando suavemente bajo el asiento de cuero, y atravesamos las calles estrechas de Mónaco iluminadas por faroles dorados que se reflejaban en el asfalto oscuro. El camino se alargaba hacia mi barrio, una zona italiana tranquila, de casas bajas y fachadas de colores apagados, que no era pobre ni lujosa: solo era auténtica, llena de gente trabajadora, de ventanas con flores y de olores a comida casera que escapaban por las rendijas.
Lo miré de reojo mientras sus manos se movían con precisión sobre el volante, firmes y seguras, y me atreví a romper el silencio:
—Y no me dirás… —empecé con una media sonrisa—, ¿cómo es posible que tengas un coche así? Es único, Gael. Lo he mirado bien y no existe en ningún catálogo.
Él no apartó la vista del camino, pero la comisura de sus labios se alzó apenas, esa sonrisa suave.
—Me lo entregó la agencia —respondió con calma—. Un regalo por mi desempeño. Por cumplir metas, por resultados. Es parte de mi mundo.
—¿Y ese mundo cuál es? —insistí suavemente—. ¿En qué trabajas exactamente?
Sentí cómo apretaba levemente el volante con los dedos, cómo respiraba despacio antes de contestar, midiendo cada palabra como si pesara en una balanza invisible.
—Eso… es algo privado, Mara. Hay cosas que por ahora es mejor que sigan así.
—Ya lo entiendo —dije sin ofenderme, acomodándome mejor en el asiento—. Supongo que tiene lógica. Apenas nos conocemos, y además Italia es chica, todo se sabe. Pero a mí nunca me ha gustado ser metiche en la vida de los demás. Quizá por eso no te presiono.
Gael soltó una risa breve, genuina, que iluminó un instante su perfil serio.
—Esa es una cualidad que me gusta de ti. No exiges lo que no te dan.
—Pues entonces tú —proseguí, animándome a seguir la charla—, ¿a qué te dedicas? Dime algo que no sea “privado”.
—Soy una persona que sigue la adrenalina—dijo con sencillez absoluta—. Estoy de vacaciones ahora, fuera de temporada. Y tú, ¿qué haces?
—Yo soy mecánica —respondí con orgullo que me infló el pecho—. Empiezo el mes que entra en un equipo grande. Es mi gran oportunidad.
Me miró un segundo más largo de lo necesario, sus ojos oscuros clavados en los míos antes de volver a la carretera.
—Mecánica… —repitió despacio, saboreando la palabra—. Te queda bien. Tienes manos firmes y mirada precisa. Lo haces bien.
—Y tú —añadí curiosa—, ¿te dieron este coche por ser una persona que sigue los peligros?
—Por ser joven y liderar —confirmó con esa confianza tranquila que lo definía—. En mi campo no es común llegar tan arriba tan pronto.
—¿Cuántos años tienes? —pregunté, sorprendida.
—Veintidós. ¿Y tú?
—Veintiuno.
—Un año de diferencia —murmuró él, como si lo anotara en su mente—. Somos muy jóvenes para todo lo que ya hemos vivido.
—Así es —me reí bajito, sintiendo una conexión que iba más allá de las palabras.