Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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Ecos del pasado
La oscuridad la rodeaba.
Atenea corría.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que debía correr.
Su respiración era agitada.
Su corazón golpeaba con fuerza.
Y entonces escuchó una voz.
—Atenea.
La voz de una mujer.
Suave.
Familiar.
Mamá.
Atenea giró sobre sí misma.
—¿Mamá?
Entre la niebla apareció una figura.
Difusa.
Lejana.
Como un recuerdo que se escapaba entre los dedos.
—Atenea…
La joven intentó alcanzarla.
Corrió.
Cada vez más rápido.
Pero la distancia nunca disminuía.
—¡Espera!
Entonces todo cambió.
La figura cayó al suelo.
Un disparo rompió el silencio.
Y una mancha roja comenzó a extenderse.
—¡MAMÁ!
Atenea despertó sobresaltada.
Se incorporó de golpe.
El corazón le latía con tanta fuerza que dolía.
La habitación estaba oscura.
Silenciosa.
Segura.
Pero la sensación permanecía.
Aquella imagen.
Aquella voz.
Aquella sangre.
Atenea se llevó una mano al pecho.
Intentando recuperar el aliento.
No era la primera vez que soñaba con su madre.
Pero algo había sido diferente.
Más real.
Más intenso.
Como si hubiera visto algo que no debía.
Tardó casi una hora en volver a dormirse.
A la mañana siguiente llegó al desayuno más callada de lo normal.
Bianca fue la primera en notarlo.
—Pareces un fantasma.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo imaginé.
Elena levantó la vista de su café.
—¿Dormiste mal?
Atenea asintió.
—Una pesadilla.
La expresión de Elena se suavizó.
—Lo siento.
—Estoy bien.
No estaba completamente bien.
Pero tampoco quería hablar del tema.
La mesa estaba llena.
Alessandro revisaba documentos.
Bianca contestaba mensajes.
Matteo comía como si no hubiera visto comida en semanas.
Y Adrián observaba todo en silencio.
Como siempre.
—¿Qué harán hoy? —preguntó Atenea.
—Reunión.
—Negocios.
—Trabajo.
Las respuestas llegaron una tras otra.
Bianca señaló a Alessandro.
—Él tiene tres reuniones.
Papá probablemente no regresará hasta la noche.
—Correcto.
Elena sonrió.
—Yo debo asistir a una fundación benéfica.
—Yo voy con mamá —dijo Matteo.
—Porque si lo dejo solo, comprará comida basura.
—Una acusación sin pruebas.
—Tengo fotografías.
—Traición.
Atenea soltó una pequeña risa.
—¿Y tú? —preguntó Bianca.
—¿Yo qué?
—¿Qué harás?
Atenea miró alrededor.
Y se dio cuenta.
Todos tenían planes.
Todos.
Menos ella.
—Nada.
El silencio fue breve.
Incómodo.
Porque era verdad.
Ella no tenía trabajo.
Ni universidad presencial.
Ni reuniones.
Ni libertad para salir sola.
Solo la mansión.
Otra vez.
Alessandro levantó la vista.
—Podrías descansar.
Atenea sonrió.
Pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Claro.
Descansar.
Como si no llevara años haciéndolo.
Adrián observó el intercambio.
Y comprendió inmediatamente lo que ella estaba sintiendo.
Aburrimiento.
Frustración.
Soledad.
Una hora después la mansión comenzó a vaciarse.
Los vehículos partieron.
Los guardias cambiaron turnos.
Las puertas se cerraron.
Y de repente el enorme lugar se sintió demasiado grande.
Demasiado silencioso.
Atenea caminó por los jardines.
Luego por la biblioteca.
Después por los establos.
Intentando distraerse.
Sin éxito.
La pesadilla seguía rondando su mente.
La voz de su madre.
El disparo.
La sangre.
Todo parecía demasiado real.
Mientras acariciaba a uno de los caballos, notó algo extraño.
En una de las estanterías antiguas del establo había una caja de madera.
Pequeña.
Polvorienta.
Y claramente olvidada.
Atenea frunció el ceño.
No recordaba haberla visto antes.
Se acercó.
La tomó entre sus manos.
Pesaba poco.
Y estaba cerrada con un viejo broche metálico.
—Qué raro…
Murmuró.
Sin saber que aquella pequeña caja contenía el primer hilo de un secreto que llevaba ocho años enterrado.
Y que estaba a punto de cambiar todo lo que creía saber sobre la muerte de su madre.