Cuando Gael Andrade se muda a Buenos Aires para empezar de nuevo en un prestigioso colegio artístico, cree que su vida será tranquila por fin. Pero todo cambia cuando conoce a Noah Beltrán, el chico más talentoso y problemático del instituto.
Noah tiene fama de meterse en peleas, faltar a clases y mantener a todos lejos… excepto a Gael.
Lo que empieza como una relación llena de discusiones y tensión termina convirtiéndose en algo mucho más profundo cuando ambos descubren un secreto relacionado con un antiguo teatro abandonado detrás del colegio.
Entre ensayos de música, noches lluviosas, cartas escondidas y sentimientos que ninguno sabe cómo explicar, Gael y Noah tendrán que decidir si enfrentarse al pasado… o seguir huyendo de lo que sienten.
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Capítulo 24 El hombre sin rostro
La frase desapareció de la piel de Noah.
Pero ninguno de los dos pudo olvidarla.
"Te encontré."
El viento sopló sobre el Puente de la Mujer.
Las luces de Puerto Madero seguían brillando como si nada hubiera pasado.
Como si el mundo continuara normalmente.
Pero para ellos ya nada era normal.
Gael ayudó a Noah a ponerse de pie.
—Tenemos que irnos de aquí.
Noah asintió.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.
No por una criatura gigante.
No por fantasmas.
Sino porque aquello se sentía diferente.
Personal.
Como si alguien hubiera puesto los ojos directamente sobre él.
Esa noche ninguno pudo dormir.
Gael pasó horas mirando el techo de su habitación.
Repasando una y otra vez todo lo que había ocurrido.
La carta.
La marca.
La visión.
La amenaza.
Y cuanto más pensaba en ello, peor se sentía.
Porque había algo que no encajaba.
Si la sombra necesitaba un portador...
¿Por qué había elegido a Noah?
A las tres de la madrugada sonó su teléfono.
Gael se incorporó de golpe.
La pantalla mostraba un mensaje.
De Noah.
"¿Estás despierto?"
Gael respondió inmediatamente.
"Sí."
La respuesta llegó apenas unos segundos después.
"Creo que hay alguien afuera de mi casa."
El corazón de Gael se detuvo.
"¿Qué?"
"Ven a la ventana."
Cinco minutos después estaban hablando por videollamada.
Noah apuntó la cámara hacia la calle.
La avenida estaba vacía.
Silenciosa.
Oscura.
Al principio Gael no vio nada.
Pero entonces...
Lo encontró.
Al otro lado de la calle.
Debajo de un farol.
Había una persona.
Completamente inmóvil.
Observando la casa.
El estómago de Gael se contrajo.
—Noah...
—Lo sé.
La figura llevaba un abrigo negro.
Las manos ocultas en los bolsillos.
Y permanecía quieta.
Demasiado quieta.
Como una estatua.
—¿Llamaste a alguien?
—Mis padres están dormidos.
La figura no se movía.
Ni un centímetro.
Simplemente observaba.
Entonces ocurrió algo imposible.
La luz del farol parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y cuando volvió a encenderse...
La figura estaba más cerca.
Mucho más cerca.
Ahora se encontraba frente al jardín.
Gael sintió un escalofrío.
—Noah...
—No caminó.
—¿Qué?
—No lo vi caminar.
El miedo recorrió todo su cuerpo.
Porque él tampoco lo había visto moverse.
Simplemente había aparecido más cerca.
Como si hubiera saltado de un lugar a otro.
La cámara tembló ligeramente.
Noah estaba respirando rápido.
—Voy a acercar el zoom.
—No creo que sea una buena idea.
—Necesito verlo.
La imagen se amplió lentamente.
La figura seguía inmóvil.
Y entonces ambos comprendieron por qué Noah estaba tan asustado.
Porque donde debería haber habido un rostro...
No había nada.
Nada en absoluto.
Solo oscuridad.
Una superficie negra y vacía.
Como una sombra con forma humana.
Gael sintió que la sangre se congelaba.
—Es él.
Noah tragó saliva.
—El de la visión.
La misma figura.
El mismo ser.
El hombre sin rostro.
De repente la pantalla del celular comenzó a llenarse de interferencias.
La imagen se volvió borrosa.
Distorsionada.
Y una voz comenzó a escucharse entre el ruido.
Una voz grave.
Lejana.
Como si hablara desde el fondo de un túnel.
—Noah...
La llamada se cortó.
La pantalla quedó negra.
—¡Noah!
Gael intentó volver a llamar.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Mientras tanto...
En la casa de Noah.
La electricidad había desaparecido.
Todo estaba oscuro.
Silencioso.
La única luz provenía de la marca en su muñeca.
Que brillaba con una intensidad aterradora.
Noah observó nuevamente por la ventana.
Y sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Porque el hombre sin rostro ya no estaba afuera.
Había desaparecido.
Y eso era mucho peor.
Porque significaba que ahora podía estar en cualquier parte.
Entonces escuchó un ruido.
Tac.
Provenía del piso de abajo.
Tac.
Otro más.
Como pasos.
Lentos.
Pesados.
Subiendo las escaleras.
Noah retrocedió.
Y la voz volvió a escucharse.
Más cerca.
Mucho más cerca.
—Ya es hora de que recuerdes...
La marca ardió violentamente.
Y una imagen apareció en la mente de Noah.
Una imagen imposible.
Una imagen que cambiaría todo.
Porque en ella...
Noah estaba dentro del antiguo teatro.
Pero no era el Noah actual.
Era un niño.
Y estaba hablando con alguien.
Alguien que jamás debería haber conocido.
La criatura sellada.