Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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capítulo 5
El detective Marcano firma la orden de liberación con rabia, rompiendo la punta del bolígrafo.
Rubí y el Padre Damián caminan hacia la salida bajo la mirada incómoda de los oficiales y de los presentes.
—Están fuera porque la autopsia aclara la hora de la muerte de Santiago cuando ustedes ya estaban en sus asuntos —dice Marcano, bloqueándoles el paso en la puerta—. Y lo de Amanda… bueno, ustedes eran mi única opción lógica. Alguien se está burlando de mí en mi propia cara.
—La lógica no sirve en tu cabezae, detective —responde Rubí, ajustándose los guantes negros—. Busque a alguien que odie tanto a los Vicentelli como para desangrarlos uno a uno.
—No te confíes, Rubí —le susurra Marcano al oído—. Que no tenga pruebas hoy no significa que no las tendré mañana. Vayan a disfrutar su momento de supuesta víctima, porque el asesino les acaba de regalar tiempo.
***
El Padre Damián entra a la casa apoyándose en su bastón, visiblemente envejecido por el psicológico de la celda. Elena lo recibe con una taza de té que tiembla entre sus manos.
—Damián, gracias a Dios te soltaron —dice Elena, con la voz más sutil—. La policía revisó todo. Si encuentran lo que guardabas en el confesionario…
—Ya lo saben, Elena —interrumpe el sacerdote, sentándose con pesadez—. Saben lo de las cartas. Alejandro las tiene. Él planeó el silencio de Arturo y usó a Rubí desde el principio. Estamos atrapados en una red que tu propio hijo planificó.
Elena se tapa la boca, conteniendo un sollozo mientras mira hacia la planta alta.
***
La atmósfera es aún penetrantes, cargada de una tensión sexual violenta y destructiva. Alejandro acorrala a Rubí contra la cama, rompiéndole la blusa con desesperación. No hay ternura ni seducción; es un desahogo salvaje de celos, culpa y supervivencia.
—Me odias, pero vuelves a mí —reclama Alejandro, clavando sus manos en las caderas de Rubí mientras se posee el uno al otro en medio de la sombra palpable—. Sabes que soy el único que te conoce de verdad.
—Te uso, Alejandro… —responde Rubí, clavándole las uñas en la espalda, con los ojos inyectados en lágrimas de rabia y placer—. Te uso para recordarme el monstruo que eres. Dime dónde están las cartas de mi esposo. ¡Dímelo! ¡Ya!
—Se van a morir conmigo, Rubí —le susurra él, besándola con suavidad en el cuello.
El ambiente del acto, cuando las respiraciones bloquean cualquier otro sonido, un escalofrío invade la habitación. La puerta del balcón se abre de par en par sin hacer ruido.
Alejandro se detiene en seco, congelado sobre el cuerpo de Rubí.
Al pie de la cama, perfectamente estáticas, están las dos figuras misteriosas. La Mujer del Velo Negro lleva su vestido de luto impecable. A su lado, su pareja de complicidad la abraza por los hombros con una devoción perturbadora. El hombre sostiene un espejo de mano ensangrentado; la mujer, una navaja de afeitar abierta que brilla con la luz de la luna de esa noche.
***
Había un miedo paralizaba a la pareja desnuda. Rubí suelta un grito, empujando a Alejandro para cubrirse con las sábanas.
—¿Quiénes son ustedes? —le ruge Alejandro, intentando bajarse de la cama, pero el cómplice de la novia da un paso al frente, apuntándole directamente al pecho con el arma. El arma está cargada con una bala con punta que queman.
La Mujer del Velo Negro no ataca. Con una lentitud tortuosa, levanta el espejo de la oscuridad lo coloca sobre la mesa de noche, justo al lado de una fotografía de la infancia de Alejandro y Rubí.
El hombre del luto inclina la cabeza, emitiendo un susurro ronco, una frase corta que deja una intriga paralizante:
—El amor que nace del pecado… se paga con la misma moneda. Disfruten la última noche.
Antes de que Alejandro pueda reaccionar o alcanzar su arma en el cajón, una densa neblina del jardín invade el cuarto. Cuando el humo se disipa, las dos figuras se han desvanecido, dejando la puerta del balcón golpeando con el viento y el espejo manchado de sangre reflejando los rostros aterrorizados de Alejandro y Rubí.
Alejandro sale al pasillo medio vestido, con el arma en la mano y el sudor corriéndole por la frente. Valeria lo observa desde el fondo del corredor, sentada en el suelo con una muñeca rota entre las manos temblándose.
—Ya no corras, hermano —dice Valeria, con una risa infantil que eriza la piel—. Ellos no vienen a matarte hoy. Vinieron a ver cómo te destruyes solo.
—¡Cállate, Valeria! —le grita Alejandro, apuntándole al pasillo vacío—. ¡Dime quiénes son! ¡Tú los conoces!
Valeria lo mira fijamente, y su sonrisa se borra por completo, dejando ver un trauma profundo hacia Alejandro.
—El hombre… el hombre usa una vestimenta que usa Rubí cuando sus esposos mueren. Búscalo en tus recuerdos, Alejandro. La novia no es el verdadero peligro… el peligro es el hombre que la acompaña.
Alejandro da un paso atrás, con el corazón latiéndole en los oídos, dándose cuenta de que la identidad del cómplice podría cambiar el destino de toda la familia.
***
El detective Marcano camina hacia su patrulla, acomodándose la gabardina mojada. Abre la puerta del conductor, pero el reflejo del retrovisor lo hace congelarse y sin moverse.
En el asiento trasero está sentada la Mujer del Velo Negro.
Marcano lleva la mano a su arma rápidamente, pero se detiene al sentir el frío metal de una navaja rozándole la nuca desde la penumbra del auto. No es la mujer quien sostiene el arma; una mano enguantada de hombre sale de las sombras del asiento contiguo y escalofriante.
—No busques ojos en cajas, detective —susurra la voz ronca del cómplice al oído de Marcano—. Deja de investigar detective. Tu vida, podrías correr peligro.
La navaja se retira lentamente. Marcano parpadea, saca su arma y se gira con violencia apuntando al asiento trasero. Está completamente vacío. Las puertas traseras están aseguradas por dentro. El detective se queda de pie bajo la noche escalofriante, temblando y respirando agitado, con el pánico calándole los huesos.
***
Las puertas principales se abren con brusquedad. Entra Cristina una mujer de mirada altiva, vestida con un elegante vestido plateado, destilando rabia. Elena y Alejandro la miran sorprendidos. Rubí baja las escaleras despacio.
—Se acabó el luto fingido en esta casa —dice Cristina, plantándose frente a Rubí—. Soy la sobrina de Julián. Vengo de la capital a exigir que se reabra el caso de mi tío. Sé perfectamente que tú lo asesinaste para quedarte con las acciones de la naviera, Rubí.
—Llegas tarde al reparto, Cristina —responde Rubí con una calma—. La policía ya me investigó y estoy libre. Si buscas culpables, revisa los negocios sucios que tu tío tenía con esta familia antes de morir.
—No me das miedo —le escupe Cristina a milímetros de su rostro—. Tu teatro de viuda negra barata no va a funcionar conmigo. Te voy a hundir, aunque sea lo último que haga.
***
René, el abogado, revisa unos mapas de la mansión sobre su escritorio. Bebe un trago de whisky y sonríe con arrogancia mientras habla por teléfono con un contacto de la policía.
—Esos idiotas de los Vicentelli creen en fantasmas —dice René, con tono de superioridad—. La tipa del velo es de carne y hueso, y está usando el sótano para moverse.
Esta misma noche voy a cazarla yo mismo. Si descubro quién está detrás de esta falsas, tendré el control total de la fortuna de Julián y de Rubí. Nadie se burla de mí.
René cuelga, guarda una pistola en su chaqueta y sale con una sonrisa calculadora, sin imaginar el error mortal que acaba de cometer al subestimar a la pareja del luto.
***
Valeria está sentada debajo de su cama, abrazando sus rodillas y balanceándose de adelante hacia atrás. El Padre Damián entra despacio y se arrodilla junto a ella.
—Valeria, hija… necesitas descansar —le dice el sacerdote con voz suave—. El detective Marcano quiere hablar contigo otra vez.
—No puedo, Padre… si hablo, el hombre del luto vendrá por mi lengua —susurra Valeria con los ojos sin parpadear por el trauma—. Él nos conocen bien. ¿Por qué padre regresó de la muerte para vestir a la novia de negro? Dígame, Padre… ¿por qué?
El Padre Damián se pone pálido y se persigna con las manos temblorosas, incapaz de darle una respuesta que alivie la mente traumada de la joven.
***
René camina silenciosamente por el pasillo subterráneo de la mansión, apuntando con su linterna y su arma. Encuentra una puerta oculta tras un viejo estante. Sonríe, creyendo que ha ganado el juego.
—Te encontré, maldita… —murmura René.
Al abrir la puerta, la Mujer del Velo Negro está parada de espaldas en el centro de una pequeña habitación iluminada por velas. René levanta el arma, apuntándole a la cabeza.
—Baja las manos y quítate el trapo de la cara si no quieres que te vuele los sesos —le ordena René, dando un paso al frente—. Se te acabó el negocio.
La mujer no se mueve. René da otro paso, pero no nota que la puerta de metal detrás de él se cierra por completo. De las sombras del techo baja una cuerda gruesa que se le enreda en el cuello con una velocidad sobrehumana y abrumador.
El cómplice de la novia tira de la cuerda desde una viga superior, levantando a René en el aire. El abogado suelta el arma, pataleando desesperado y llevándose las manos a la garganta mientras se asfixia sin poder respirar.
La Mujer del Velo Negro se gira despacio. Saca una rosa de cristal negra de su bolsillo y la coloca en el suelo, justo debajo de los pies colgantes de René, quien pierde el conocimiento poco a poco mientras los dos asesinos lo observan en un silencio idílico y aterrador en ese lugar.
***