Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 10: La debilidad del asesino
El banquete privado seguía su curso entre el tintineo de las copas de cristal y las conversaciones amortiguadas de la aristocracia, pero en los jardines imperiales se había creado un universo aparte. Sophia, que había llegado al palacio con el escudo alzado y cada palabra fríamente calculada para repeler los ataques del príncipe, se vio completamente desarmada. No por una intriga cortesana, ni por una amenaza de muerte, sino por una pequeña niña de seis años que se rehusaba a soltarle el borde del vestido.
Lucero, derrochando toda esa ternura innata y espontánea de las tierras del norte, se pegó a Sophia durante toda la tarde. Para la pequeña, las rígidas normas de la capital no existían; solo existía esa mujer de ojos almendrados y postura firme que no hablaba como las demás damas aburridas de la corte.
—¡Mira lo que puedo hacer, Sophia! —exclamó la niña con entusiasmo, tirando suavemente de la mano de la duquesa para llamar su atención.
Lucero concentró su energía y, con una pequeña risa traviesa, extendió sus manitas hacia el frente. De sus pequeños dedos comenzaron a brotar destellos danzantes, unos trucos de luces doradas que flotaban en el aire como luciérnagas en pleno día, iluminando las sombras de la copa de los árboles. Era una magia sutil, pura y carente de cualquier malicia política.
Cualquier otra noble de la capital habría soltado un elogio ensayado y vacío, exagerando su asombro para ganarse el favor de los padres de la niña, el poderoso Duque Valerius y su esposa. Pero Sophia no era como ellas. Al ver los ojos brillantes de la pequeña y la honestidad de su magia, la coraza de la duquesa, forjada con el cinismo de quien conoce el trágico final de una novela y la frialdad de su vida pasada, se desmoronó por completo. Sophia amaba genuinamente a los niños. En su mundo original, la inocencia era lo único que valía la pena proteger, y aquí, frente a Lucero, no vio un peón político; vio a una criatura hermosa que merecía verdad.
—Es... es hermoso, Lucero —murmuró Sophia, y por primera vez, su voz no llevaba rastro de sarcasmo ni de doble sentido. Era una calidez profunda, real.
Olvidándose por completo de que llevaba un fastuoso vestido de seda que costaba una fortuna y de que las miradas de la corte la vigilaban, Sophia se sentó directamente sobre el césped del jardín, quedando a la altura de la niña. Comenzó a jugar con ella, soplando las luces doradas para hacerlas girar en el aire y atrapándolas en broma entre sus palmas. Reía con ganas, una risa limpia que jamás le había mostrado a la nobleza hipócrita de la capital. La trató con un amor genuino, acomodándole los mechones de cabello que se le venían a la cara y escuchando con atención absoluta cada una de las largas y fantasiosas historias que la pequeña le contaba sobre los inviernos en el norte.
Cédric y Alissa observaban la escena desde una mesa cercana. Alissa tenía una sonrisa cómplice y conmovida, mientras que Cédric asintió con la cabeza, sorprendido de ver a la temible y afilada prometida del príncipe convertida en una protectora tan dulce.
La tarde avanzaba y, justo cuando los sirvientes traían las bandejas con pasteles de fruta, Lucero se puso en pie sobre una de las bancas de piedra del jardín. Con toda la solemnidad que una niña de seis años podía reunir, extendió los brazos y declaró en voz alta, interrumpiendo el murmullo de los adultos:
—¡Amo a Sophia! Ella tiene que ser mi tía para siempre. ¡No quiero a ninguna otra!
Un silencio sepulcral, seguido de risas ahogadas y murmullos divertidos, se extendió por la mesa imperial. El Emperador alzó su copa hacia Sophia con un gesto de aprobación, mientras que el viejo Conde Kalen, sentado a un lado, soltó una risita cómplice, buscando con la mirada el rincón del jardín donde se ocultaba el verdadero clímax de la tarde.
A unos cuantos metros de distancia, medio oculto bajo la sombra de un gran arco de glicinas, Christopher observaba la escena. Estaba completamente estupefacto.
El príncipe mantenía una copa de vino suspendida a mitad de camino, sus dedos largos congelados sobre el cristal. Toda su estructura mental, sus planes de contingencia y su frialdad estratégica se habían roto en mil pedazos en cuestión de un par de horas. Para Christopher, Sophia era la mujer peligrosa que conocía el secreto de las *Black Shadows*, la espina en su costado, la rival que lo había amenazado de muerte con un susurro en mitad de un vals. Había regresado del norte convencido de que debía tratarla como a una enemiga de cuidado, una criatura fría y calculadora a la que debía vigilar para destruir al primer descuido.
Pero verla allí, sentada en la tierra, sonriendo con una ternura que le iluminaba el rostro y convirtiéndose en un ser tan dulce, paciente y protector con su adorada ahijada... aquello le rompió todos los esquemas. El contraste era demasiado violento para su mente de cazador. ¿Cómo podía la misma mujer que le helaba la sangre con una frase mordaz ser capaz de mirar a una niña con tanta pureza? ¿Cuál era su verdadero rostro?
Mientras veía a Sophia reír ante una ocurrencia de Lucero, Christopher sintió un vuelco extraño y peligroso en el pecho. La profecía que el viejo Conde Kalen le había escupido en el invernadero comenzó a resonar en su cabeza con la fuerza de una maldición gitana: *"Esa señorita te va a volver loco, muchacho... y lo peor de todo es que te va a encantar"*.
Sintió rabia, una frustración ardiente porque se dio cuenta de que el viejo zorro del sur tenía toda la maldita razón. Sophia lo estaba desarmando sin mover un solo dedo. Lo estaba desvelando, le estaba quitando el control del tablero y estaba invadiendo el único rincón de su vida que él consideraba sagrado: el bienestar de su pequeña ahijada. El juego del gato y el ratón, esa fría disputa política y de supervivencia por ocultar su identidad como asesino, se estaba volviendo peligrosamente personal.
Christopher apretó la mandíbula, sus ojos azules brillando con una intensidad que ya no era de sospecha, sino de una fascinación obsesiva e inevitable. Sophia ya no era solo una amenaza que debía eliminar; se había convertido en la única mujer en todo el Imperio capaz de alterar su pulso, y el príncipe heredero supo, con una mezcla de pánico y deleite, que ya estaba completamente perdido en su propia red.
. Mis queridas LECTORAS, me está agarrando la imaginación de hacer la historia de la pequeña Lucero¿se imaginan lo que será? Un hermano (Theo, que aparecerá más adelante) celoso, un padre que piensa que nadie es perfecto para su hija y un padrino que es el mismísimo emperador?
Cómo siempre quiero saber ¿que opinan?