Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10 – El socio traicionado
Valentina no fue a su casa esa noche. No podía. Saber que Adrián planeaba matarla con gas mientras ella dormía era una cosa; tener que sentarse frente a él en la cena y sonreír como si nada pasara era otra muy distinta. Necesitaba unas horas para respirar, para pensar, para no romperse en pedazos antes de tiempo.
Por eso fue al almacén.
Leonardo la estaba esperando con una botella de vino tinto y dos copas. No las había llenado aún. Como si supiera que ella necesitaría beber antes de hablar.
—Cuéntame —dijo, empujando una copa hacia ella.
Valentina se sentó en la silla plegable y vació la botella hasta la mitad. Bebió un sorbo largo. El vino le quemó la garganta y le sentó bien. Le sentó como una verdad.
—Escuché todo —dijo—. El gas. La chimenea. Rocío en el sótano. Todo.
—¿Lo grabaste?
—Sí. La grabadora tiene todo. Desde que abrieron la puerta del hotel hasta que salí.
—Eso es oro puro. Con eso lo metemos en la cárcel para siempre.
—No es suficiente. —Valentina apoyó la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Un buen abogado dirá que la grabación está manipulada. Que yo la incité. Que es venganza de una esposa celosa. Necesito algo más. Necesito que él confiese frente a un juez. O que alguien más lo delate.
—Daniela.
—Daniela —confirmó Valentina—. Ella lo sabe todo. Ella eligió a las víctimas. Ella limpió la sangre. Si logramos que declare contra él, no hay abogado que lo salve.
—¿Y cómo piensas convencer a Daniela? Por lo que dices, sigue enamorada de él. O al menos, sigue teniéndole miedo.
—El miedo se puede transformar. En odio. En deseo de supervivencia. Solo necesito mostrarle que Adrián está dispuesto a sacrificarla. Que ella es prescindible.
Leonardo asintió lentamente. Bebió un sorbo de su copa y la miró con una intensidad que Valentina no supo interpretar del todo. Había algo en sus ojos verdes que no era solo compasión o lealtad. Algo más oscuro. Más antiguo.
—Valentina —dijo, dejando la copa a un lado—. Hay algo que tengo que decirte. Algo que no te he contado.
Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Dime.
—No te he ayudado solo por Rocío. No solo por justicia. No solo porque Adrián sea un monstruo.
—Ya me dijiste que estabas enamorado de mí. En la galería. Lo recuerdo.
—Eso no era todo. —Leonardo se pasó una mano por el rostro, como si le costara un esfuerzo físico seguir hablando—. Yo también mentí. Yo también jugué sucio.
—¿A qué te refieres?
—Cuando Adrián empezó a cortejarte, yo lo sabía. Sabía lo que él era. Sabía lo que te iba a hacer. Y no te lo dije.
Valentina se quedó muy quieta. Demasiado quieta.
—No te lo dije porque pensé que si él te destruía, quizá tú vendrías a mí. Quizá, cuando estuvieras rota y sola, me verías. No como al amigo de tu marido. Como a un hombre que siempre estuvo ahí.
Las palabras flotaron en el aire como cuchillos.
—¿Estás diciendo —habló Valentina con una voz que no parecía la suya— que dejaste que me casara con un asesino porque tenías la esperanza de recogerme los pedazos después?
—No fue tan consciente. No fue un plan. Fue… una cobardía. Una esperanza sucia. Cada vez que veía que él te hacía daño, una parte de mí pensaba: "Ahora sí. Ahora va a dejarlo. Ahora va a venir a mí". Pero nunca venías. Siempre lo perdonabas. Siempre volvías a él.
—Porque no sabía lo que él era. Porque tú no me lo dijiste.
—Lo sé. —La voz de Leonardo se rompió—. Y he vivido con esa culpa todos los días. Cada vez que te veía sonreírle, cada vez que te veía llorar por él, sabía que yo también era parte de la mentira. Que mi silencio me hacía cómplice.
Valentina se levantó de la silla. Sus piernas temblaban, pero no de miedo. De rabia.
—¿Sabes lo que siento ahora mismo? —dijo, y su voz era un hilo de hielo—. Siento que no hay un solo hombre en mi vida que no me haya mentido. Mi padre me mintió sobre sus deudas. Adrián me mintió sobre quién era. Y tú, el único en quien empecé a confiar, también me mentiste.
—No te mentí. Solo oculté…
—Ocultar es mentir. Callar es mentir. Mirar a los ojos de alguien y no decirle que su marido va a matarla es la mentira más grande de todas.
Leonardo bajó la cabeza. No se defendió. No puso excusas.
—Tienes razón —susurró—. Soy un cobarde. Y si después de esto no quieres volver a verme, lo entenderé. Pero déjame ayudarte a terminar esto. Déjame hacer algo bien, aunque sea una vez.
Valentina dio la vuelta y caminó hacia la puerta del almacén. Tenía la mano en el pomo cuando se detuvo.
—No voy a perdonarte —dijo sin volverse—. No ahora. Quizá nunca.
—Lo sé.
—Pero te necesito. Para esto, te necesito. Así que sigue aquí. Sigue ayudándome. Y cuando todo termine, veremos qué queda de nosotros.
—De acuerdo.
Salió del almacén y caminó bajo la lluvia fina que había empezado a caer. Las gotas le mojaron el pelo, la cara, los hombros. No le importó. Necesitaba sentir algo más que el ardor de la traición.
Llamó a Daniela. No con el número temporal. Con el suyo propio.
—¿Valentina? —La voz de Daniela sonó sorprendida y asustada—. Son las dos de la mañana. ¿Qué pasa?
—Sé lo de ti y Adrián. Todo. El hotel. Los planes. Rocío. El gas. Todo.
Silencio. Luego un sollozo.
—Valentina, yo…
—No me pidas perdón. No quiero tu perdón. Quiero tu declaración.
—¿Mi qué?
—Quiero que testifiques contra él. Que digas todo lo que sabes. Las víctimas. Los planes. El dinero. Si lo haces, no irás a la cárcel. Te lo prometo. Tengo contactos. Puedo hacer que te consideren testigo protegida.
—¿Y si me niego?
—Entonces irás con él. Tengo grabaciones. Tengo pruebas. Tengo el diario de Rocío. Si no me ayudas, te destruyo a ti también.
El llanto de Daniela se hizo más audible.
—No sabes lo que es tenerle miedo. Él mata, Valentina. Él mata de verdad.
—Lo sé. Por eso voy a detenerlo. Con o sin ti. Pero contigo será más fácil. Y tú saldrás viva. Elige.
Pasaron varios segundos. Valentina escuchó la respiración entrecortada de Daniela, los pensamientos girando en su cabeza como ratas en una jaula.
—Está bien —dijo al fin, con una voz pequeña, rendida—. Te ayudaré. Pero quiero protección. Quiero salir de este país. Quiero que nadie sepa nunca mi nombre.
—Lo tendrás. Todo. Pero si me mientes, si intentas huir antes de tiempo, te juro por mi madre muerta que te voy a cazar.
—No te mentiré. Ya no tengo nada que ganar mintiendo.
Valentina colgó. La lluvia seguía cayendo. Alzó la cara al cielo y cerró los ojos.
No era feliz. No era justa. Pero era la dueña del tablero por primera vez en su vida.
Y eso, pensó, era suficiente.