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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: La calma antes del encuentro

La lluvia golpeaba las ventanas del apartamento con una insistencia melancólica. Afuera, la tormenta comenzaba a perder fuerza y el horizonte se teñía lentamente de un gris pálido, anunciando el amanecer.

Dentro de la habitación, un hombre dormía profundamente.

O al menos lo intentaba.

El silencio fue destrozado por el sonido estridente de un teléfono móvil. Un tono agresivo y repetitivo que parecía diseñado específicamente para torturar a cualquiera que hubiera bebido demasiado la noche anterior.

—Ummm... joder... ¿quién demonios es? —gruñó Alexander, enterrando el rostro en la almohada.

Abrió los ojos apenas lo suficiente para distinguir la hora en la pantalla.

7:00 a.m.

Con un suspiro de sufrimiento, deslizó el dedo sobre la pantalla y contestó.

—¡Idiota!

El rugido que salió del altavoz fue tan fuerte que tuvo que apartar el teléfono de la oreja.

Alexander soltó un largo gemido y se cubrió los ojos con un brazo.

—¿Marcos...?

—Sí, ni modo que quién más.

La irritación del otro hombre atravesó la línea como una descarga eléctrica.

—Joder... déjame dormir. Tengo una resaca que me está partiendo el cerebro.

—No es mi culpa que terminaras así porque te mandaron otra vez de paseo. Y tampoco es mi culpa que ignores tu agenda.

Alexander dejó escapar otro gruñido. Se incorporó apenas sobre la cama, sintiendo que el cráneo amenazaba con partirse en dos.

—¿Qué quieres?

—Que te levantes. Tienes que ir a la editorial. La cita es a las diez y media.

—Calla.

Se sentó al borde de la cama y se pasó una mano por el cabello revuelto.

—Sé que eres mi mánager, pero a veces eres insoportable.

—¿Yo? Tú eres el insoportable. Cambias de mujer como un puto puberto.

Una carcajada seca escapó de los labios de Alexander.

—Si ya sabes eso, ¿para qué demonios quieres que vaya a hablar sobre mi imagen pública? La editorial tuvo la culpa por publicar esa sección de chismes.

—¿Y me vas a decir que todo era mentira?

Alexander observó la lluvia resbalando por el cristal de la ventana.

—No exactamente.

—Serás idiota.

Alexander se puso de pie, sus movimientos eran fluidos, casi depredadores. Caminó hacia el baño con esa confianza ciega de quien sabe que el mundo se arrodilla ante él.

—Ya casi tienes veintiséis años. Deberías sentar cabeza —le soltó él, con un deje de superioridad.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Alexander con una sonrisa burlona que se sentía a través del dispositivo. Luego colocó el teléfono en un estante de mármol y activó el altavoz antes de abrir la ducha. El sonido del agua golpeando los azulejos llenó el espacio.

—¿Yo qué?

—A ti tampoco te va muy bien en el amor.

—Déjame en paz —gruñó Marcos—. Después de lo que pasó con Brenda no quiero saber nada.

La mención del nombre hizo que la sonrisa de Alexander desapareciera, dejando paso a una expresión gélida. Brenda. La prometida que había decidido convertir su propia despedida de soltera en un festín de traición, entregándose a otros mientras su amigo planeaba un futuro a su lado.

—Sí... eso fue una mierda- dijo Marcos desanimado

Durante varios segundos, la conversación murió, dejando que solo el rugido del agua dominara la escena. Alexander se deslizó bajo el chorro caliente, dejando que el vapor empezara a empañar el espejo del baño.

Su cuerpo era una obra maestra de disciplina y deseo. El agua resbalaba por sus hombros anchos y fuertes, recorriendo la definición perfecta de sus pectorales, que se tensaban con cada respiración profunda.

El agua goteaba desde su mandíbula marcada y su cabello oscuro y húmedo, dándole un aspecto salvaje y sofisticado a la vez. Entre sus piernas, su masculinidad se mantenía imponente, reaccionando instintivamente al calor del agua y al recuerdo difuso de los cuerpos femeninos que solía poseer, aunque en ese momento solo buscara limpiar la tensión de su mente.

—Alexander.

La voz de Marcos lo sacó de su trance.

—¿Qué?

—¿Sigues ahí?

—Sí, sí... perdón. Me distraje pensando en con cuál supermodelo voy a coger hoy —respondió él, recuperando su tono arrogante mientras se enjuagaba el jabón, dejando que el agua limpiara cada rincón de su piel.

—¡Serás imbécil!

Alexander soltó una carcajada, cerrando los ojos y dejando que el último chorro de agua lo golpeara la nuca.

—Sabes que me aprecias.

—Lo que aprecio es el cheque que me pagas por soportarte.

Alexander soltó una última carcajada antes de cortar la discusión.

Terminó de ducharse y permaneció unos segundos bajo el calor residual que aún flotaba en el baño.

Cerró la llave.

El sonido de la ducha desapareció, reemplazado por el distante murmullo de la lluvia golpeando los ventanales del apartamento.

Tomó una toalla y comenzó a secarse con movimientos rápidos.

A pesar del agua caliente, la resaca seguía aferrada a él como un parásito.

Su cabeza pesaba.

Su estómago tampoco estaba especialmente contento.

—Maldita sea... —murmuró para sí.

Se vistió con la precisión de alguien que había repetido aquella rutina miles de veces.

Primero la ropa interior.

Después los pantalones del traje.

Luego la camisa blanca.

Abrochó cada botón sin necesidad de mirar, guiado únicamente por la costumbre.

Frente al espejo acomodó cuidadosamente el cuello.

Las mangas.

Los puños.

Después tomó la chaqueta negra y la deslizó sobre sus hombros.

La voz de Marcos explotó repentinamente desde el altavoz del teléfono.

—¡Alexander!

El hombre dio un pequeño respingo.

—¿Qué?

—¡Deja de ignorarme!

Alexander parpadeó.

Miró el móvil como si acabara de recordar que seguía en una llamada.

—¿Perdón? ¿Apoco seguías hablando conmigo?

Al otro lado hubo un silencio.

Uno peligroso.

—Voy a estrangularte.

—Eso suena poco profesional para un mánager.

—Llevo diez minutos hablando solo.

Alexander sonrió mientras terminaba de acomodar el reloj en su muñeca. Para entonces ya eran las ocho.

—Exagerado.

—No estoy exagerando.

—Un poco sí.

—Alexander.

—¿Qué?

—Ya llegué.

—¿A dónde?

—A la recepción.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Alexander.

—Ah.

—No me digas "ah".

Alexander soltó una carcajada.

—¿Cómo sabías que iba a decir eso?

—Porque te conozco demasiado bien.

—Eso es inquietante.

—Lo inquietante es que te estoy esperando desde hace veinte minutos.

Alexander tomó el teléfono de la mesa.

—Yo también ya estoy listo.

—Pues más te vale.

—Voy bajando.

—Más te vale.

La llamada terminó con un clic seco.

Alexander observó la pantalla apagada durante unos segundos antes de guardarla en el bolsillo interior de la chaqueta.

Soltó un largo suspiro.

Todavía sentía la resaca martillándole detrás de los ojos.

Cada paso parecía recordarle las malas decisiones de la noche anterior.

Aun así, se obligó a sonreír.

Era una sonrisa cansada.

Practicada.

La misma que utilizaba para enfrentar reuniones, entrevistas y cualquier desastre que la vida decidiera lanzarle.

Tomó las llaves de la mesa y salió de la habitación.

La lluvia continuaba cayendo sobre Madrid.

Y tenía la incómoda sensación de que aquella mañana apenas estaba comenzando.

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Cliente anónimo
Un maratón
Cliente anónimo
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