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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:565
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

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Capítulo 15: La casa de Nicolás

A la mañana siguiente, mi madre me llevó en coche hasta la casa de Nicolás.

No era una casa grande, pero era acogedora. Una casita de pueblo con paredes blancas y un jardín lleno de flores secas, como si el invierno hubiera llegado antes de tiempo. Había una mecedora en el porche y una ventana abierta por la que se oía música clásica.

—¿Estás lista? —preguntó mi madre, aparcando el coche.

—No. —Sonreí con tristeza. —Pero tengo que estarlo.

—Te esperaré aquí. —Me besó la frente. —Tómate el tiempo que necesites.

Salí del coche y caminé hacia la puerta. Mis piernas temblaban, y mi corazón latía tan fuerte que casi podía oírlo. Cuando levanté la mano para llamar, la puerta se abrió antes de que pudiera tocarla.

Elena, la madre de Nicolás, estaba en el umbral con una sonrisa cálida y los ojos brillantes.

—Valeria, menos mal. —Me abrazó con fuerza. —Pasa, pasa. Nicolás está en el salón. Te está esperando.

Entré.

La casa olía a galletas recién hechas y a leña quemada. Había fotografías en las paredes: Nicolás de niño, Nicolás en el hospital, Nicolás sonriendo con sus padres. En cada una de ellas, su sonrisa era la misma. Brillante, cálida, imparable.

Y allí, en el salón, tumbado en un sofá con una manta sobre las piernas, estaba él.

—Valeria... —dijo, con la voz rota de emoción.

—Nicolás...

Corrí hacia él y me arrodillé junto al sofá, abrazándolo con todas mis fuerzas. Su cuerpo era frágil, demasiado frágil, pero su abrazo era tan fuerte como siempre.

—Has venido —susurró, con la cara enterrada en mi pelo.

—Te dije que vendría.

—Pero pensé que quizás...

—No. —Me separé y lo miré a los ojos. —Nunca. Nunca te dejaré solo.

Sonrió. Esa sonrisa suya, tan hermosa y tan frágil, que me rompía el alma y la reconstruía al mismo tiempo.

—Ven —dijo, apartando la manta. —Siéntate conmigo.

Me senté en el sofá, junto a él, y apoyé la cabeza en su hombro. Su mano encontró la mía y la apretó con suavidad.

—¿Cómo te sientes? —pregunté.

—Mejor. —Su voz era débil, pero tranquila. —Estar en casa, lejos del hospital... se respira diferente.

—¿Más fácil?

—Más ligero. —Cerró los ojos. —Como si el peso de las máquinas y los monitores se hubiera quedado allí. Aquí solo estoy yo. Y mis padres. Y tú.

—Y las galletas de tu madre.

—Sí. —Sonrió. —Y las galletas de mi madre.

Nos quedamos en silencio durante un rato, escuchando la música que sonaba desde la cocina. Era una canción de piano, suave y melancólica, como si estuviera hecha para momentos como aquel.

—Valeria —dijo él al final.

—Dime.

—¿Tienes miedo?

—Sí. —No quise mentirle. —Mucho.

—Yo también. —Apretó mi mano. —Pero no de morir. De dejarte.

—No me dejas. Estarás siempre conmigo.

—Lo sé. —Se incorporó ligeramente para mirarme a los ojos. —Pero quiero que sepas algo.

—¿Qué?

—Que estos días contigo han sido los mejores de mi vida. —Su voz se quebró. —Que antes de conocerte, el mundo era gris. Que solo existían las agujas, los medicamentos, las noches sin dormir. Y luego llegaste tú. Y todo se llenó de color.

—No he hecho nada especial.

—Has hecho todo. —Levantó mi mano y la besó. —Me has enseñado a vivir. Me has enseñado a amar. Me has enseñado que la vida, aunque sea corta, merece la pena.

—Nicolás...

—No llores. —Me secó una lágrima con el pulgar. —Hoy quiero verte sonreír.

—No sé si puedo.

—Claro que puedes. —Sonrió, con esa sonrisa suya, tan brillante y tan frágil. —Porque yo estoy aquí. Y mientras esté aquí, todo está bien.

Y entonces, sin poder evitarlo, sonreí.

Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero auténtica.

Porque él tenía razón. Mientras estuviera allí, mientras su mano sostuviera la mía, todo estaría bien.

—Te quiero, Valeria —susurró.

—Yo también te quiero.

Y entonces, con la música de piano sonando de fondo y el sol entrando por la ventana, me incliné y lo besé.

Lentamente. Suavemente.

Como si el tiempo no existiera.

Como si solo existiéramos nosotros.

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