Despreciada por su linaje de serpiente y desterrada por las intrigas de una hembra celosa, Serena despierta los recuerdos de su vida pasada como médica e ingeniera agroindustrial. En lugar de dejarse morir en el bosque peligroso, decide que el barro es el mejor aliado y la ingeniería su salvación. Al rescatar al general del Clan Águila, no solo se gana el corazón de un temible y tímido depredador, sino que inicia una revolución agrícola, médica y militar que cambiará el Continente de las Bestias para siempre, desafiando las tradiciones de la poligamia y demostrando que la inteligencia es el arma más letal de todas.
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CAPÍTULO 12
El "repartidor de plumas de oro", como Serena había bautizado internamente a su majestuoso e innombrable amigo, parecía haberse tomado muy en serio su papel de cliente VIP. O, tal vez, sufría de un agudo caso de remordimiento del sobreviviente combinado con una total incomprensión de cómo funcionaba la vida de una serpiente ingeniera.
La cuestión era que, tras el rotundo éxito del estofado de conejo, el gran espía alado había decidido que Serena necesitaba asistencia social de emergencia.
La primera pista de esta nueva fase de su relación apareció la mañana del décimo día de su exilio. Al salir a estirar los brazos y verificar la humedad de sus queridos rábanos, Serena casi se tropieza con una estructura imponente que no estaba allí la noche anterior.
Junto a la entrada de su cueva, perfectamente alineada con una precisión que rozaba el trastorno obsesivo-compulsivo, se alzaba una pira de troncos de madera de roble secos. Cada leño medía exactamente un metro de largo, no tenían una sola astilla de corteza sobrante y estaban apilados de mayor a menor diámetro, formando una pirámide tan estable que habría resistido un terremoto de escala regular.
Serena se frotó las sienes, mirando la leña con una ceja alzada.
—A ver... dudo mucho que los árboles de este bosque prohibido se corten a sí mismos con hacha, se desramen por deporte y se apilen en orden decreciente por puro placer estético —murmuró para sí misma—. Esto es obra del pollo gigante. Pero... ¿cómo demonios ha cortado esto un pájaro? A menos que tenga un doctorado en carpintería y use las garras como motosierra, esto no tiene sentido biológico.
La respuesta al misterio de la madera perfecta llegó esa misma noche.
Fiel a su reloj biológico de médica que solía hacer guardias de veinticuatro horas, Serena tenía el sueño sumamente ligero. Cerca de las dos de la mañana, un sonido rítmico y sordo, similar al impacto de un hacha de piedra contra la madera húmeda, la despertó.
En lugar de salir corriendo con su azada de madera en plan cavernícola agresiva, Serena decidió aplicar el sigilo. Se deslizó con cuidado hacia la pequeña abertura lateral de su cueva, una grieta estrecha a modo de ventana que daba directamente al claro del huerto. Llevando consigo un cuenco de madera lleno de bayas silvestres dulces que había recolectado por la tarde, se acomodó contra la roca fría y asomó los ojos verdes con absoluto sigilo.
Lo que vio casi hace que se atragante con una baya.
Bajo la pálida luz de la luna llena, que bañaba el claro del bosque con un halo plateado, no había ningún águila gigante de seis metros de envergadura. En su lugar, de pie junto al roble, se encontraba un hombre.
Y no un hombre cualquiera.
Era un guerrero de proporciones colosales, con una espalda tan ancha que parecía tallada en el mismo roble y unos hombros esculpidos que hacían ver a los guerreros de su antiguo Clan del Tigre como fideos desnutridos. Vestía un pantalón tosco de cuero oscuro y llevaba la cabeza cubierta por una capucha de piel gruesa que ocultaba celosamente sus facciones.
Sin embargo, el camuflaje del misterioso leñador nocturno tenía dos fallas cómicas de gran tamaño.
La primera era que, por encima de los hombros, dos enormes y majestuosas alas de plumas doradas y castañas permanecían fuertemente replegadas contra su espalda, agitándose levemente cada vez que hacía un esfuerzo. La segunda, y la más adorable, era que dos pequeñas orejas emplumadas de color marrón sobresalían de los costados de su capucha, moviéndose de arriba a abajo como antenas parabólicas atentas a cualquier ruido del bosque.
—No puede ser... —susurró Serena, metiéndose otra baya en la boca con los ojos brillando de pura diversión—. ¡Es un hombre bestia! Y además, es un espía terrible. ¿De verdad cree que la capucha lo hace invisible mientras trae dos alas gigantes pegadas a la espalda? Esto es comedia de la buena.
El musculoso guerrero —que no era otro que Aquiles, intentando cumplir con el rígido protocolo de agradecimiento de su clan sin revelar su identidad a la "peligrosa serpiente"— levantó un tronco entero de pino caído con una sola mano, como si fuera una ramita de apio. Con un cuchillo de hueso gigante y afilado que llevaba al cinto, comenzó a tallar y cortar la madera en secciones perfectas, trabajando en un silencio casi místico.
Lo más divertido de la escena era la exagerada precaución de Aquiles. Cada vez que daba un golpe un poco más fuerte de lo habitual, se congelaba de inmediato. Sus orejitas emplumadas se tensaban hacia la entrada de la cueva, y el enorme guerrero aguantaba la respiración por espacio de diez segundos, temeroso de haber despertado a la "frágil" hembra.
Desde su ventana de piedra, Serena disfrutaba del espectáculo en primera fila, masticando sus bayas con un ritmo feliz.
—¡Eso es, trabaja, mi musculoso amigo emplumado! —pensaba Serena, aguantando la risa—. Un poco más a la izquierda... ¡Eso! Buen bíceps, sí señor. La facultad de medicina no me dio estas vistas en los laboratorios de anatomía, desde luego. Esto es mucho mejor que estudiar el sistema muscular en un libro de texto de Guyton.
Aquiles, ajeno por completo a que estaba siendo evaluado anatómicamente por una serpiente sarcástica que devoraba bayas en la oscuridad, terminó de apilar el nuevo cargamento de leña. Retrocedió un paso, admirando su obra con los brazos cruzados sobre su pecho cubierto de cicatrices de batalla. Parecía sumamente orgulloso de su servicio de apoyo doméstico.
Luego, comenzó la parte más ridícula del espectáculo nocturno.
Para retirarse del claro sin hacer ruido y mantener el misterio de su "aparición mágica", Aquiles decidió no emprender el vuelo directo para que el batir de sus alas no despertara a Serena. En su lugar, el imponente e intimidante Dios de la Guerra del Clan Águila comenzó a retirarse del claro dando una serie de saltitos silenciosos y elásticos sobre la punta de sus pies, con los brazos pegados al cuerpo y las alas encogidas.
Ver a un titán de casi dos metros de altura, con músculos de acero y alas de depredador, avanzar a saltitos como si fuera un gorrión gigante de jardín para no hacer ruido sobre las hojas secas, fue demasiado para Serena. Tuvo que taparse la boca con ambas manos para no soltar una carcajada que habría destruido el ego del pobre guerrero por el resto de su vida.
*Chof... chof... chof...* hacía Aquiles, dando un salto largo hacia atrás, congelándose en una pose de estatua ridícula para escuchar si Serena se movía, y luego dando otro salto hacia la espesura del bosque.
Finalmente, cuando estuvo a una distancia segura, desplegó sus alas con un susurro de plumas y se elevó hacia el cielo nocturno, perdiéndose entre la bruma con la satisfacción del deber cumplido.
Serena se dejó caer de espaldas contra el suelo de la cueva, riendo a mandíbula batiente, aunque cuidando de no hacer demasiado ruido por si el "pájaro carpintero" seguía cerca.
—¡Esto es oro puro! —rio, limpiándose una lágrima de la esquina del ojo—. ¿Cortejo con leña? ¿En serio? En mi otra vida los hombres te invitaban a salir o te enviaban flores, pero aquí el estándar de romance salvaje consiste en dejarte una cordillera de troncos perfectamente cortados bajo la luz de la luna. ¡Y esos saltitos! Juro que si tuviera una cámara de fotos, esa imagen sería mi fondo de pantalla para siempre.
A la mañana siguiente, Serena salió de la cueva con su habitual paso tranquilo. Se acercó a la nueva y espectacular pila de leña, que ahora era el doble de alta que el día anterior.
Pasó la mano por la superficie lisa de un tronco, notando el olor fresco a resina de pino. Sabía perfectamente que, en este mundo de bestias salvajes, un guerrero tan poderoso como él no perdería el tiempo cortando leña para una desterrada a menos que sintiera un profundo respeto y una enorme gratitud hacia ella. Detrás de toda esa comedia de espionaje deficiente, había un gesto genuino de protección y cuidado.
Levantó la vista hacia las copas de los árboles, donde el viento soplaba suavemente entre las hojas del gran roble.
—Bueno, señor leñador misterioso de las orejitas de plumas —dijo en voz alta, guiñándole un ojo al bosque vacío—. No sé qué tipo de moneda de cambio es esta en tu tribu, pero acepto el trato. Tú sigues trayendo madera y haciendo ejercicio nocturno, y yo me encargo de que siempre haya un plato de estofado caliente esperándote en la roca. Eso sí... ¡la próxima vez intenta dar los saltitos un poco más altos, que casi te caes en el huerto de rábanos!
A lo lejos, oculto entre la densa niebla de la copa de un árbol, un par de orejas emplumadas se agitaron con fuerza, tiñéndose de un sutil tono rojizo bajo las plumas. El general águila acababa de darse cuenta de que, tal vez, su camuflaje no era tan infalible como su manual de tácticas militares sugería.