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El Precio Del Mañana

El Precio Del Mañana

Status: En proceso
Genre:Terror / Aventura / Apocalipsis
Popularitas:329
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Medina

La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.

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CAPÍTULO 10: EL ECO DE LAS CENIZAS Y EL DESPERTAR DEL ACERO

El ambiente en la antigua estación de bombeo era una amalgama de olores que Elías Vane conocía demasiado bien: el aroma metálico del aceite de motor, el hedor rancio del agua estancada y ese matiz dulce y pegajoso que flotaba en el aire de San Francisco, el polen invisible del hongo que lo devoraba todo. Elías estaba tumbado en un catre de lona, con la mirada clavada en las tuberías que se entrelazaban en el techo como las venas de un gigante muerto. El fijador óseo que Elena le había aplicado le comprimía el pecho; era una sensación asfixiante, pero al mismo tiempo era lo único que mantenía sus costillas fracturadas en su sitio.

Cada vez que intentaba moverse, un relámpago de dolor le recorría el costado izquierdo, recordándole su propia fragilidad. Elías no solía permitirse la vulnerabilidad. En la Ciudadela Aegis, él era el pilar, el hombre que no flaqueaba ante el horror. Pero allí, bajo la luz parpadeante de un foco LED que Elena había recuperado de un naufragio, se sentía solo un hombre.

Sus pensamientos, como siempre que el silencio lo rodeaba, volaron hacia Alexia.

Recordó la última vez que la vio en los jardines de musgo de la cúpula superior. Ella estaba inclinada sobre una cepa de flores bioluminiscentes, con el rostro iluminado por un suave resplandor esmeralda. Él se había quedado observándola desde las sombras, como solía hacer, admirando no solo su belleza, sino su inquebrantable fe en un futuro que él, como soldado, a menudo sentía perdido. "Si encontramos el origen, Elías", le había dicho ella sin girarse, sabiendo que él estaba allí, "podremos enseñarle a la naturaleza que no somos su enemigo". Elías no le había respondido, pero en su interior, el eco de esas palabras era lo que lo mantenía en pie ahora. Su amor por ella no era una debilidad, era una orden silenciosa que su corazón ejecutaba cada vez que el dolor intentaba que se rindiera.

—Estás pensando en ella otra vez

—dijo una voz desde la penumbra.

Elena apareció junto al camastro. Se había quitado la pechera de cuero y vestía una camiseta desgarrada que dejaba ver sus brazos curtidos por cicatrices de rozaduras químicas. Se sentó en un taburete y empezó a aplicar una pasta fría sobre los vendajes de Elías.

—No te culpo

—continuó Elena, sin esperar respuesta

— Es lo único que nos diferencia de los Silenciosos. Ellos no piensan en nadie, solo sienten el pulso. Pero ten cuidado, Comandante. El amor es un ruido muy fuerte para la Red. Si te aferras demasiado a un recuerdo, el impostor lo encontrará y lo usará para romperte la cabeza.

—Alexia no es un recuerdo

—respondió Elías con una voz ronca y cargada de una severidad que hizo que Elena se detuviera un segundo

— Es el objetivo. Y mientras ella respire en Aegis, yo no me convertiré en parte de tu paisaje de sombras.

Elena soltó una risa seca, casi triste.

—Aegis... esa montaña de cristal. ¿De verdad creéis que sois los elegidos? Yo estuve allí, Elías. Antes de que el cielo se volviera violeta. Vi los informes. Vi cómo vuestros fundadores sabían que San Francisco iba a caer y no enviaron ayuda, solo observadores. Como tú.

Elías sintió que el pulso se le aceleraba. pero lo que Elena insinuaba sobre la Ciudadela era algo que se negaba a procesar. Para él, Alexia era la pureza de Aegis, y cualquier mancha en la reputación de la institución era un ataque directo a la misión que ella lideraba.

—Nosotros ganamos la guerra por la supervivencia, Elena

—sentenció Elías

—Si Alexia no hubiera estabilizado las Tierras Vivas, tú no estarías aquí destilando ungüentos, estarías siendo procesada por un Recolector.

Elena no discutió. Terminó de vendarlo y se puso en pie, mirando hacia el otro extremo de la estación, donde Jake estaba revisando su fusil de percusión mecánica.

—Tu chico está listo para salir

—dijo ella

—Pero no está listo para lo que hay allí fuera. Le has enseñado a disparar a monstruos, pero no le has enseñado a ver la ciudad como lo que es: un estómago. Si quieres que volvamos con esos sensores colocados, vas a tener que dejar que yo tome el mando de la patrulla.

Jake se acercó, ajustándose el casco. Su rostro había cambiado en los últimos días; la mandíbula estaba más marcada, y sus ojos ya no buscaban la aprobación de Elías en cada gesto. Había una determinación nueva en él, una independencia que Elías observaba con una mezcla de orgullo y temor.

—Estaré bien, Elías

—dijo Jake, apoyando una mano en el catre de su maestro

— Quédate aquí. Recupera el aliento. Elena dice que el camino a las torres de ventilación es estrecho. Sería un suicidio para tus costillas.

Elías miró a su alumno y luego a la joven que lo acompañaría. Elena representaba todo lo que la Ciudadela temía: la adaptación salvaje, la falta de protocolos, la vida en el caos. Pero en ese momento, ella era la única oportunidad de que Jake volviera con vida.

—Lleva el cuchillo de Marco en la mano, Jake

—ordenó Elías

— No en la funda. En la mano. Si ves algo que brilla con luz azul, no preguntes, corta. Y Elena...

—Elías la agarró por la muñeca con una fuerza que hizo que la chica frunciera el ceño

—Si le pasa algo por culpa de tu imprudencia, me levantaré de este catre y buscaré lo que más quieras en este mundo para destruirlo.

Elena sostuvo la mirada de Elías sin parpadear.

—No tengo nada que querer, Comandante. Eso es lo que me hace más peligrosa que tú.

Salieron a la superficie a través de un antiguo túnel de cables de alta tensión. El ascenso fue asfixiante. Jake sentía el calor de las máquinas de Elena a su espalda y el aire viciado que se volvía más denso a medida que se acercaban a la escotilla de salida. Cuando finalmente la abrieron, San Francisco los recibió con un resplandor ámbar que hería los ojos.

La ciudad ya no era de piedra y cristal. Era una colmena de biomasa. Los rascacielos del distrito financiero estaban envueltos en membranas que palpitaban con el viento, exhalando nubes de esporas finas que caían sobre las calles como una nieve tóxica. Jake se ajustó la máscara, sintiendo que el filtro trabajaba al máximo.

—No toques nada que tenga vello fúngico

—susurró Elena, moviéndose con una gracia felina entre los restos de un autobús volcado

—Son sensores táctiles. Si vibran, la Red sabrá tu peso, tu altura y tu ritmo cardíaco en milisegundos.

Avanzaron por la calle Montgomery. Jake observaba los escaparates de las tiendas de lujo, ahora convertidos en nidos de "Silenciosos". Dentro, las figuras humanas estaban integradas en los maniquíes, con los brazos extendidos y las bocas selladas por costras de moho violeta. Era una parodia de la civilización que le revolvía el estómago.

—¿Ves aquello?

—preguntó Elena, señalando hacia una torre de ventilación que sobresalía de un edificio gubernamental

— Es el primer punto. Tenemos que colocar el sensor de Aegis en la base del ventilador. Eso creará una burbuja de interferencia que cegará al impostor durante nuestro avance al laboratorio.

Se movieron por los callejones, evitando las plazas abiertas donde los "Rastreadores" patrullaban el cielo. Jake se sentía pequeño, una mota de polvo en un organismo gigante que intentaba digerirlo. Elena, sin embargo, parecía en su elemento. Se movía con una confianza que Jake encontraba fascinante. Ella no luchaba contra el entorno; fluía con él.

Llegaron a la torre de ventilación. Elena cubrió el perímetro con su arco de poleas, mientras Jake trepaba por una escalera de incendios oxidada que gemía bajo su peso. El metal estaba cubierto de una pátina de óxido y micelio que hacía que cada agarre fuera una apuesta contra el vacío. Al llegar a la plataforma superior, Jake sacó el sensor de Aegis. El dispositivo era una maravilla de la ingeniería de Alexia: un cilindro de cromo que emitía un suave zumbido azulado.

Justo cuando iba a anclarlo, un sonido metálico lo hizo congelarse.

De las sombras de la oficina contigua, surgió un infectado. Pero no era un Silencioso común. Era un hombre que aún vestía los restos de un uniforme de seguridad. Su rostro no estaba sellado; sus ojos estaban abiertos y mostraban una agonía consciente. Sus piernas estaban fusionadas al suelo por raíces de hongo que le subían por los muslos.

—Mátame...

—susurró el hombre. No era la Red hablando. Era él. Una conciencia residual atrapada en un cuerpo que ya no le pertenecía.

Jake vaciló. Su dedo acarició el gatillo de su fusil, pero recordó la advertencia de Elías sobre el ruido. Un disparo atraería a toda la colmena. Miró al hombre, cuya piel se estiraba cada vez que el hongo latía. Era una tortura que no podía imaginar.

—Jake, ¡hazlo ya!

—susurró Elena desde abajo, con la urgencia marcada en su voz.

Jake sacó el cuchillo de trinchera. Se acercó al hombre, sintiendo el calor febril que emanaba de su carne mutada. El hombre cerró los ojos, aceptando el final. Jake hundió la hoja en la base del cráneo con una precisión que no sabía que poseía. No hubo sangre roja, solo un fluido viscoso y oscuro que salpicó el guante de Jake. El hombre suspiró y su cuerpo quedó flácido, integrándose finalmente en el edificio como materia inerte.

Jake colocó el sensor y descendió rápidamente, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al tocar el suelo, Elena lo agarró del brazo y lo arrastró hacia una zona de sombras.

—Has tardado demasiado

—le recriminó ella, aunque sus ojos mostraban una chispa de respeto

—En este mundo, la piedad es un lujo que suele costar la vida. Pero... has hecho lo correcto. Le has dado paz.

Continuaron hacia la segunda torre, atravesando una plaza donde el hongo había creado una estructura en forma de anfiteatro. En el centro, cientos de Arrodillados estaban en silencio, mirando hacia la Catedral de Micelio. El ambiente era de una religiosidad perversa. Jake sentía que el aire vibraba con una frecuencia que le hacía querer arrodillarse también, una llamada seductora que le prometía que el dolor de sus músculos y el miedo de su mente desaparecerían si tan solo se rendía.

—No escuches la canción, Jake

—dijo Elena, apretándole la mano con fuerza

—Es solo dopamina fúngica. Es una mentira química.

Llegaron a la segunda torre, situada cerca de los muelles. Pero allí, la situación era diferente. Una patrulla de Hijos de la Resonancia, con sus armaduras soldadas a la piel, estaba vigilando el acceso. No eran zombies; eran soldados del impostor, hombres que habían elegido la simbiosis voluntariamente.

—Son demasiados para un enfrentamiento directo

—dijo Jake, analizando la situación con la mente de Elías

— Pero si saboteamos ese tanque de presión de la esquina, el vapor de esporas creará una cortina que nos permitirá subir sin ser vistos.

Elena sonrió.

—A veces me olvidas que eres el alumno de Vane. Vamos a ver si tu plan funciona.

El plan de Jake se ejecutó con la precisión de un relojero. Mientras Elena se posicionaba en una cornisa superior con su arco tensado, Jake se deslizó entre las sombras de los contenedores oxidados hasta alcanzar la válvula de presión del tanque de esporas. El metal estaba caliente y vibraba con un zumbido orgánico. Con un esfuerzo que le hizo gruñir, Jake giró la llave manual.

Un rugido de vapor violeta estalló, inundando el muelle con una niebla densa y opaca que cegó a los Hijos de la Resonancia. En mitad de la confusión, Jake trepó por la estructura de la segunda torre de ventilación. Sus dedos, entumecidos por la humedad, encontraron el anclaje y colocaron el segundo sensor de Aegis. El destello azul del dispositivo confirmó la interferencia.

—¡Vámonos, ahora!

—siseó Elena desde la altura.

Descendieron por el lado opuesto, esquivando las ráfagas de fuego ciego que los soldados del impostor disparaban hacia la niebla. La adrenalina era un fuego líquido en las venas de Jake. Por un momento, olvidó el miedo; solo existía el movimiento, el roce del acero contra su muslo y la presencia eléctrica de Elena guiándolo a través del laberinto.

El camino hacia la tercera torre los llevó por el interior de un antiguo centro comercial. El techo de cristal se había derrumbado, permitiendo que la vegetación negra cayera como cascadas desde los niveles superiores. En el centro de la plaza, el hongo había creado una "biblioteca de carne": una pared masiva donde los restos de miles de ciudadanos estaban fusionados, sus rostros proyectados hacia fuera como máscaras de cera.

—No mires

—advirtió Elena, pero Jake no pudo evitarlo.

Vio rostros que parecían gritar en un silencio eterno. Vio manos entrelazadas que ahora eran raíces. La Red no solo consumía el cuerpo; coleccionaba la desesperación. Jake sintió una punzada de náusea. Aquello era lo que Alexia quería evitar. No era solo una guerra por el territorio, era una guerra por el derecho a morir con dignidad, a no ser convertido en un decorado para la pesadilla de un impostor.

Llegaron a la tercera torre, la más cercana al perímetro del laboratorio del Punto Cero. La seguridad biológica aquí era extrema. El suelo estaba cubierto de nudos nerviosos que lanzaban chispas de luz cada vez que una espora los rozaba.

—Si pisas uno, la Catedral enviará a los Segadores

—susurró Elena

—Sigue mis pasos exactamente. No te desvíes ni un centímetro.

Elena se movía como una bailarina en un campo de minas. Jake la seguía, imitando cada ángulo de sus pies, cada pausa en su respiración. La tensión era tan alta que Jake podía sentir el sabor metálico del miedo en su boca. Finalmente, Jake alcanzó la consola de la torre y colocó el último sensor.

Un pulso de energía azul recorrió el aire, creando un domo invisible de interferencia. El zumbido de la Catedral en sus oídos desapareció, reemplazado por un silencio artificial, bendito y puro. El camino hacia el laboratorio del Punto Cero estaba, por fin, "ciego" para el enemigo.

—Lo hemos hecho, Jake

—Elena se apoyó contra la pared, limpiándose el sudor de la frente. Su máscara colgaba de un lado, revelando una expresión de cansancio y triunfo

—Mañana, tu comandante podrá caminar hasta la puerta de su pasado sin que el impostor lo vea venir.

Regresaron a la estación de bombeo cuando la luz ámbar empezaba a desvanecerse en una oscuridad púrpura. El regreso fue más silencioso; la misión cumplida les permitía un respiro mental que no habían tenido en días.

Al entrar en el búnker, la escena que encontraron no era la que esperaban.

Elías estaba sentado en el borde de su catre. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa. Sobre sus rodillas descansaba una carpeta de archivos de papel, amarillentos y quebradizos, que había encontrado en un compartimento oculto bajo el suelo del búnker mientras ellos estaban fuera.

Elena se detuvo en seco al ver los documentos. La confianza que había mostrado en la superficie se evaporó en un instante.

—¿De dónde has sacado eso?

—preguntó ella, con una voz que temblaba levemente.

—Estaba buscando suministros, Elena. Pero encontré algo mejor

—respondió Elías, levantando un papel donde se veía el sello del "Proyecto Génesis"

—Encontré la verdad sobre por qué conoces tan bien este lugar.

Jake miró de uno a otro, confundido.

—Elías, ¿de qué estás hablando? Hemos colocado los sensores. El camino está despejado.

—El camino nunca estuvo despejado, Jake

—dijo Elías, su voz cargada de una amargura profunda

—Elena no es solo una superviviente de los túneles. Ella era una técnica de laboratorio en el Punto Cero. cuando el virus se descontroló... su grupo... fueron los que sellaron las puertas por fuera, dejando a cientos de personas, atrapadas con la primera cepa.

Jake sintió que el mundo se inclinaba. Miró a Elena, buscando una negación, un grito de inocencia. Pero ella guardó silencio. Su mirada bajó al suelo, y sus hombros se hundieron bajo un peso invisible.

—Teníamos que hacerlo

—susurró Elena finalmente

—La infección se estaba extendiendo por los conductos de ventilación. Si no sellábamos el laboratorio, San Francisco no habría tenido ni siquiera esos pocos meses de gracia. Sacrificamos a los científicos para salvar a la ciudad.

—Elias intentando ponerse en pie, pero el dolor de las costillas lo obligó a sentarse de nuevo con un quejido

— Ellos tenía la clave de la cura en sus manos, y tú los encerraste en un ataúd de hormigón.

—Ellos no tenía la cura, Elías

—Elena levantó la vista, y sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas

— Ellos tenía la mutación final.

1
Isabel Ortega
gracias por actualizar Escritor muy bueno.
Isabel Ortega
me equivoqué de nombre Celina
Isabel Ortega
Elías fiel a Alexia espero qué puedan escapar de Celia
T.gaitán
eso jake, aprende que no estás cultivando flores.
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