Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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La amenaza regresa
El aire de la noche se sentía pesado, impregnado de una humedad que me calaba los huesos. Caminaba a paso apresurado por la acera oscura hacia mi edificio, cargando una pequeña bolsa con la cena de Sofía. Mis pensamientos seguían atrapados en la habitación 404, en la forma en que el cuerpo de Julián se había tensado cuando me confesó que me amaba y en la dolorosa distancia que se había instalado entre nosotros tras mi rechazo a su departamento.
Sentía un cosquilleo latente entre los muslos, un recordatorio físico de su posesividad salvaje, pero la culpa y el miedo a perder mi libertad me oprimían el pecho. La atracción química que nos unía era un cable de alta tensión; nos quemaba, nos destruía, pero era imposible soltarlo.
Estaba a solo unos metros de la entrada de mi edificio cuando una figura alta se interpuso en mi camino, emergiendo de la penumbra de un callejón.
—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí. La pequeña Esther, jugando a ser una mujer decente.
La voz era como el crujido de hojas secas, una vibración áspera que desenterró los peores demonios de mi memoria. Se me congeló la sangre. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí náuseas.
Era Mario. El proxeneta. El monstruo que había cobrado la deuda de mi padrastro con mi propia carne durante años.
Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y una sonrisa cínica que me revolvió el estómago. Se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal, y el olor a tabaco barato y alcohol me golpeó de frente, trayéndome flashes de las noches oscuras en aquel prostíbulo. Intenté retroceder, pero mi espalda chocó contra la pared de ladrillos del callejón. Estaba acorralada.
—Déjame en paz, Mario. Ya te pagué hasta el último centavo. No te debo nada —articulé, intentando que mi voz no temblara, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.
Mario soltó una carcajada seca, dándole un golpe a la bolsa de plástico que yo cargaba, haciendo que cayera al suelo. Levantó una mano y, con una lentitud asquerosa, rozó con el dorso de sus dedos sucios mi mejilla. El contacto me hizo jadear de repugnancia, evocando un contraste violento con las manos grandes, firmes y limpias de Julián que me habían acariciado con tanta ternura la noche anterior.
—Tú no me debes nada, preciosa, pero tu nuevo estilo de vida sí —siseó, inclinándose hacia mí—. Te he estado vigilando. Te vi salir de ese hotel lujoso el otro día, te vi subir a un auto que cuesta más que todo este maldito barrio. Sé que te estás acostando con un pez gordo. Un hombre adinerado que no tiene idea de dónde saliste, ¿verdad?
El pánico me atenazó las entrañas. Si Mario descubría que ese hombre era Julián Zaragoza, el director de la empresa donde yo limpiaba, destruiría la única fuente de estabilidad que me quedaba. Destruiría el secreto que tanto nos costaba mantener.
—No sé de qué hablas —mentí, apretando los puños contra la pared. Mi pulso latía desbocado en mi garganta.
—No me veas la cara de idiota, Esther —su tono se volvió hostil, rudo. Me tomó del brazo con una fuerza que me lastimó, una fuerza que nada tenía que ver con la firmeza erótica de Julián que me encendía las venas; esto era pura violencia—. Ese ricachón se muere si se entera de que su joyita estuvo en mis manos. Si se entera de que te vendí al mejor postor durante años. Los hombres con dinero son muy delicados con su reputación.
Mario me soltó el brazo de un tirón, dejándome una marca que seguramente se volvería morada. Sacó un cigarrillo y lo encendió, mirándome con una fijeza letal.
—Quiero cincuenta mil dólares, Esther. Una cifra pequeña para el tipo de auto en el que te mueves. Me los consigues de su billetera o de sus cuentas, no me importa cómo. Tienes tres días. Si no tengo el dinero, buscaré a tu nueva pareja, le contaré cada detalle sucio de tu pasado y, de paso, me encargaré de que la trabajera social se entere de qué clase de madre es la que cuida a esa niña.
—No... con Sofía no te metas —suplicé, y las lágrimas de la desesperación finalmente desbordaron mis ojos.
—Tres días, Esther. Pídeselo en la cama, que seguro te lo da —sonrió con malicia, antes de dar media vuelta y perderse en la oscuridad de la avenida.
Me desplomé contra el suelo, abrazando mis rodillas, temblando de terror y de una culpa aplastante. El pasado me había alcanzado. El peligro real estaba aquí y el precio de mi secreto con Julián se había vuelto una sentencia de muerte. Tenía que volver a verlo, tenía que entregarme a su magnetismo oscuro, pero esta vez, la necesidad de su protección se mezclaba con el miedo a que la verdad nos destruyera a los dos en el intento.