Un hombre común de la Tierra muere atropellado y reencarna en la prehistoria, en el salvaje mundo de Pristokia. Pero no despierta indefenso: viene acompañado por el "Sistema del Árbol Sagrado Primordial", el cual fusiona en su cuerpo el poder divino absoluto de Kaguya, Hagoromo y Hamura Otsutsuki. Con el control total del espacio, el tiempo y la energía universal, su primera misión será detener el meteorito que amenaza con extinguir a los dinosaurios. En lugar de destruirlos, decidirá esparcir el chakra en el planeta y cultivar a las bestias prehistóricas como sus plantas de energía. Cada criatura que muera le devolverá un poder inimaginable. Su objetivo final: devorar la energía de estrellas y galaxias, fusionar el universo en un solo mega-mundo y fundar el clan Otsutsuki definitivo. ¡Nadie podrá detener al ancestro supremo!
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Capítulo 9: El Despertar de los Eones Eternos y el Cosmos Infinito
Para un ser que habita en la cúspide del Rango Ancestro Supremo, el tiempo de los mortales carecía por completo de sentido. Dragon no calculaba los días como un humano; para él, los milenios eran simples pestañeos. Tras activar la manifestación de los Tronos Divinos Primordiales a través de la Perla del Origen, el Dios Supremo entró en un estado de hibernación cósmica que duró billones de años. Durante este inconmensurable fluir del tiempo, épocas enteras surgieron, florecieron y se extinguieron en elMegamundo. Continentes enteros cambiaron de forma y el cielo de la Tierra Suprema se tiñó de un rojo místico, reflejando el denso cultivo de su creador.
En este transcurso de eones, la evolución forzada por el chakra primordial obró milagros en la superficie planetaria. Los antiguos dinosaurios y reptiles primitivos no se quedaron estancados; mutaron y ascendieron, refinando sus linajes de sangre hasta convertirse en las legendarias Bestias Sagradas. Los descendientes de los depredadores terrestres rompieron sus límites biológicos y mutaron en colosales Dragones Occidentales de escamas impenetrables y Dragones Orientales que surcaban los cielos como ríos de energía de Rango Kage y Súper Kage. Otras especies evolucionaron en el majestuoso Fénix de fuego eterno, en el Kirin que dominaba las tormentas de rayo y en la serpiente emplumada Quetzalcóatl. Estas bestias divinas no eran simples animales; nacían con linajes bendecidos con fragmentos de las leyes del tiempo y el espacio, gobernando elementos puros y creando civilizaciones místicas capaces de rivalizar con el propio Clan Otsutsuki.
Mientras tanto, el universo exterior demostró no ser un vacío desierto. Cuando Dragon expandió el Megamundo y absorbió masivamente la energía de las galaxias colapsadas, el residuo y el exceso de ese chakra primordial se dispersaron como un Big Bang de energía espiritual por los confines del espacio infinito. Al absorber este derrame divino, incontables facciones y civilizaciones estelares despertaron en el cosmos, creciendo a la par del protagonista para que el universo mantuviera su equilibrio.
Ya no solo existía la Federación Tecnológica de Metatrón. En los rincones oscuros del espacio profundo, surgieron los Clanes del Caos Primitivo, una raza de alienígenas ancestrales nacidos con una vitalidad monstruosa y una densidad de chi y sangre tan masiva que sus cuerpos biológicos eran capaces de resistir el vacío estelar y destruir planetas a puño limpio sin necesidad de tecnología. En otro cuadrante, la Alianza de la Energía Astral dominaba la manipulación de las estrellas, canalizando el chakra disperso de Dragon para lanzar ataques que desintegraban flotas enteras. El universo se había vuelto gigantesco, competitivo y letal; un tablero inmenso donde múltiples facciones luchaban por la supremacía y por la captura de los Tronos Primordiales.
Fue al final de estos billones de años de meditación cuando la mente de Dragon, rozando los límites del multiverso, percibió una vibración majestuosa y abrumadora a través de su Rinne Sharingan Supremo. Una grieta dimensional se abrió momentáneamente, revelando la Dimensión de la Mitología Cristiana. Allí, Dragon vio un reino de luz infinita custodiado por ejércitos de ángeles con espadas de fuego eterno y, en el polo opuesto, un abismo de demonios caídos. Su mirada divina se cruzó directamente con la presencia de Yahvé, el gobernante absoluto de ese plano. El choque de sus voluntades fue tan devastador que el espacio-tiempo de ambas dimensiones tembló en un empate perfecto de poder absoluto. Reconociendo la fuerza mutua, ambos dioses decidieron retirar sus conciencias, sellando la grieta. Sabían que su enfrentamiento real ocurriría en una era lejana.
Este sutil roce alertó a los grandes dioses de otras mitologías superiores, como Pangu y Shiva. Al sentir la inmensa escala del cosmos de Dragon, estas deidades se sintieron amenazadas y comenzaron a vigilar el Megamundo desde las sombras como una advertencia silenciosa. Sabían que Dragon poseía la Ley de la Devoración Mitológica, y que su destino final, tras refinar su propio e infinito universo, sería ascender para devorarlos y fusionar todos sus mitos bajo el yugo del Dao Celestial. Dragon volvió a cerrar su tercer ojo en la inmensidad de su palacio; el tiempo seguía corriendo y el gran juego cósmico apenas comenzaba a expandirse.