Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: ¿Y si nos conocemos por fin?
Al día siguiente de que Lilibeth aceptó ser mi novia, me desperté con una sonrisa que no me cabía en la cara.
La verdad casi no había dormido de la emoción.
Durante tres años había esperado ese momento.
Tres años hablando todos los días.
Tres años de mensajes.
Tres años de videollamadas.
Tres años conociéndonos.
Y ahora, por fin, podía decir que era mi novia.
Aquella mañana me levanté temprano para ayudar con las labores de la finca, pero tenía la cabeza en otro lado.
Mientras alimentaba los animales, mientras caminaba por los cafetales y mientras ayudaba a mi papá, no podía dejar de pensar en ella.
Mi mamá se dio cuenta.
—¿Y usted por qué sonríe tanto?
—Por nada.
—Ajá.
—En serio.
—Desde ayer parece que se hubiera ganado la lotería.
Yo me reí.
—Algo parecido.
Mi mamá soltó una carcajada.
—Ya sabía que esa muchacha le gustaba.
—¿Tan evidente era?
—Para toda la familia.
En ese momento apareció Felipe.
—¿De quién están hablando?
—De Lilibeth —respondió mi mamá.
Felipe inmediatamente comenzó a reírse.
—Por fin se decidió.
—Sí, señor.
—Hermano, menos mal.
—¿Qué?
—Llevaba años diciéndole.
Eso era cierto.
Durante mucho tiempo Felipe me había insistido.
Pero yo siempre respondía lo mismo.
—Está muy joven.
—Quiero esperar.
—Primero que termine sus estudios.
Y aunque Felipe se burlaba, yo hablaba en serio.
Nunca quise apresurar nada.
Siempre pensé que lo correcto era esperar.
Y ahora que ella tenía dieciocho años y había terminado el colegio, sentía tranquilidad.
Aquella noche, como de costumbre, hicimos videollamada.
Eran aproximadamente las siete.
Yo estaba en mi habitación.
Ella estaba en la suya.
Y los dos seguíamos sonriendo como bobos.
—Hola, amor.
Fue la primera vez que le dije amor.
Y ella se puso roja inmediatamente.
—Hola.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Sí pasó.
—Me da pena.
Yo me reí.
—¿Después de tres años hablando?
—Sí.
—Qué hermosa.
Ella sonrió.
Durante varios minutos hablamos de cualquier cosa.
Hasta que decidí decir algo que llevaba horas pensando.
—Amor.
—¿Sí?
—Quiero preguntarle algo.
—Diga.
Respiré profundo.
—¿Qué le parecería si voy a la ciudad para conocernos en persona?
Ella abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—¿De verdad quiere venir?
—Claro.
—Pensé que me iba a tocar esperar más.
—Yo también quiero verla.
Ella sonrió de inmediato.
—Me encantaría.
—¿Sí?
—Claro que sí.
La emoción se notó en su voz.
Y la verdad yo estaba igual.
Porque aunque llevábamos años hablando, nunca nos habíamos visto cara a cara.
Nos conocíamos por fotos.
Por videos.
Por videollamadas.
Pero nunca habíamos compartido el mismo lugar.
—La verdad tengo ganas de darle un abrazo. Y darle muchos besos
Ella se quedó sonriendo.
—Yo también.
—Muchísimas ganas.
—Yo igual.
Los dos nos reímos.
—¿Está nerviosa?
—Un poquito.
—Yo también.
—Después de tres años es raro pensar que por fin nos vamos a conocer.
—Sí.
Hubo un silencio bonito.
De esos silencios que no son incómodos.
Simplemente agradables.
—¿Y cuándo vendría?
—Estaba pensando en el próximo fin de semana.
—Me parece perfecto.
—¿Segura?
—Muy segura.
Seguimos hablando sobre cómo sería el encuentro.
Dónde nos veríamos.
Cómo haríamos para encontrarnos.
Y mientras conversábamos, los nervios comenzaban a mezclarse con la emoción.
Porque los dos sabíamos que aquel encuentro sería especial.
Después de tres años de mensajes.
Después de tres años de llamadas.
Después de tres años de espera.
Finalmente íbamos a estar frente a frente.
Cuando terminó la videollamada, me quedé mirando el techo de mi habitación.
Sonriendo.
Porque por primera vez sentía que todo aquello que comenzó con un simple "hola" en internet estaba a punto de convertirse en algo real.
Y mientras la luna iluminaba nuevamente las montañas de la finca, pensé una sola cosa:
Ya no faltaba mucho para verla por primera vez.