"El Vuelo de la Libélula"
Un matrimonio por contrato. Un enemigo en la cama. Una venganza que no admite piedad.
Cuando el prometido de Alessa Rossi huye horas antes de la boda, su destino queda en manos de un misterioso sustituto: Máximo. Atractivo, impecable y protector, parece el salvador que su familia mafiosa necesita para mantener el poder.
Lo que Alessa no sabe es que ha dejado entrar al lobo en el redil. Máximo es el único superviviente de un clan que los Rossi exterminaron años atrás, y ha regresado con una sola misión: destruir a sus enemigos desde adentro. Su plan es perfecto: fingir ser el esposo ideal, ganar el corazón de la inocente Alessa y usar sus secretos para aniquilar su imperio.
Pero el odio tiene un punto débil. Entre besos fingidos y manipulaciones crueles, Máximo empieza a dudar: ¿Podrá ejecutar su venganza cuando la mujer que debe destruir es la única que ha logrado darle paz?
En este juego de traición y deseo, el amor es el arma más peligrosa de todo
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Capítulo 9: El Vuelo de la Libélula
Han pasado cuatro meses desde la inversión de la dote.
El peso de los meses se sentía en la estructura misma de la mansión. Alessa se movía por los pasillos como un fantasma, con las manos ásperas por el trabajo y el alma marchita. Máximo seguía con su juego cruel, una danza de humillación donde traía mujeres para encerrarse en el cuarto contiguo, buscando quebrar el espíritu de Alessa. Pero ella ya no lloraba; el asco se había convertido en una armadura de hielo que la protegía de sus caricias nocturnas.
Una tarde, mientras Alessa terminaba de limpiar la cocina, su teléfono personal vibró. El nombre en la pantalla hizo que su corazón diera un vuelco: Dante.
—¿Hola? —susurró ella, ocultándose en la despensa.
—¿Cómo está mi pequeña libélula? —la voz de Dante llegó desde Londres, cargada de una serenidad que infundía una fuerza que Alessa creía perdida. Dante, el primogénito de Vittorio, la llamaba así desde niña; a pesar de ser de madres diferentes, él amaba a Mariana como a su propia madre y a Alessa como su tesoro más preciado.
—Dante... estoy bien. Solo... cansada —balbuceó ella, esforzándose por no quebrarse.
—Escúchame bien, Alessa. He estado viendo movimientos extraños. No preguntes cómo, pero sé que la dote que papá transfirió no fue a los viñedos. Solo quiero que te mantengas a salvo. No confrontes a Máximo, no le digas nada de esta llamada. Si el aire se vuelve demasiado pesado, sal de ahí. Recuerda que siempre tienes un lugar donde aterrizar.
Alessa colgó con las manos temblorosas. No sabía que Dante era mucho más que un hermano preocupado; no sabía que él ya había empezado a mover las piezas de un tablero que Máximo ni siquiera veía.
El Desespero de los Vanzetti y el "Error" de Moretti
Mientras tanto, en la casa principal de los Vanzetti, el ambiente era de pura frustración. Giacomo caminaba de un lado a otro, lanzando informes sobre la mesa.
—¡No tiene sentido! —rugió Giacomo—. Llevamos cuatro meses inyectando el dinero de la dote para sabotear las rutas de los Rossi. Deberían estar pidiendo clemencia de rodillas.
—Están perdiendo dinero, Giacomo —intervino Máximo, con voz apagada—, pero alguien está inyectando capital externo que no podemos rastrear. Vittorio tiene un respaldo que no esperábamos.
Giacomo golpeó la mesa con furia. —Y lo peor es la mansión de la Toscana. Moretti, nuestro testaferro, me llamó hoy aterrorizado. Dice que cuando fue a ejecutar la propiedad legalmente para ponerla a mi nombre, se encontró con que la deuda había sido comprada por un fondo de inversión internacional. ¡Ya no somos los dueños! ¡La propiedad está blindada!
Máximo palideció. Él mismo había entregado los papeles a Moretti. ¿Quién tenía tanto poder para arrebatarle una propiedad a la mafia en sus propias narices y en cuestión de horas? Lo que ninguno sabía es que Dante Rossi, operando a través de una compleja red de empresas de fachada, había comprado la deuda y la propiedad. Dante ahora era el dueño legal del viñedo, pero su nombre no aparecía en ningún papel; era un comprador invisible.
La Resistencia de los Rossi
En la mansión de los Rossi, Vittorio se encontraba con su hijo Marcos, el mayor de su matrimonio con Mariana. Marcos, a diferencia del diplomático Dante, era fuego puro y el brazo derecho de su padre en la calle.
—Papá, las pérdidas en logística son reales, pero estamos aguantando —dijo Marcos, revisando los informes con dureza—. Sin embargo, hay algo raro. Alguien ha bloqueado los embargos que los Vanzetti intentaron ponernos esta mañana. No entiendo quién tiene ese nivel de influencia bancaria.
Vittorio suspiró, acariciando una foto de Alessa. Su rostro se veía cansado, pero sus ojos seguían siendo los de un patriarca.
—No preguntes, Marcos. Hay sombras que nos cuidan desde lejos. Pero me preocupa Alessa. La casé con Máximo para que estuviera a salvo, creyendo que él era un hombre de honor que la protegería de los buitres.
—Máximo es un traidor, papá —escupió Marcos—. Si él está detrás de estas filtraciones, debería ir por ella ahora mismo.
—Todavía no —susurró Vittorio—. Si nos movemos antes de tiempo, pondremos un arma en la cabeza de tu hermana. Debemos esperar a que el enemigo se revele por completo.
El Silencio de la Toscana
Esa noche, Máximo llegó a la mansión de la Toscana más oscuro que de costumbre. La noticia de haber perdido el control legal de la casa lo tenía paranoico. Entró en la habitación y encontró a Alessa sentada en el borde de la cama, mirándolo con un silencio absoluto.
Máximo la observó, buscando alguna señal de que ella supiera algo, pero Alessa solo le dedicó una mirada de asco profundo antes de levantarse y caminar hacia la ventana.
—Vittorio está teniendo problemas, Alessa —dijo él, intentando provocarla para aliviar su propia frustración—. Quizás tu padre no sea tan invencible como creías.
Alessa no se inmutó. No mencionó a Dante, ni la propiedad, ni su sospecha. Simplemente se abrazó a sí misma, mirando el resplandor de la luna sobre los viñedos que, aunque ella no lo sabía, seguían siendo de su familia gracias a su hermano mayor.
—Mi padre siempre ha dicho que los hombres que actúan en la oscuridad terminan ahogándose en ella —respondió ella con una voz gélida—. Ten cuidado, Máximo. El aire en esta casa se está volviendo muy difícil de respirar.
Máximo se quedó solo en medio de la habitación, sintiendo por primera vez que el suelo que pisaba —el suelo que un comprador anónimo ahora controlaba— se abría bajo sus pies. El cazador no solo estaba siendo cazado; estaba siendo rodeado por un enemigo que no hacía ruido, pero que le estaba arrebatando todo, pieza por pieza.