Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 1: Reencarnación en papel cuche
El despertar no fue gradual. No hubo paz, ni luz tenue, ni la sensación de descanso que precede a una mañana tranquila. Fue un golpe seco, como si alguien le hubiera dado una patada en el pecho para expulsar el aire de sus pulmones.
Vance se incorporó de un salto, con el instinto del depredador que reacciona ante una amenaza invisible. Su cuerpo, sin embargo, traicionó sus intenciones. En lugar de la agilidad fluida y controlada a la que esta acostumbrado, su torso se arqueó de forma torpe y sus extremidades se sintieron ligeras, casi ingrávidas.
__¿Qué demonios…?__. Gruñó, pero su voz no salió como un gruñido grave y áspero. En su lugar, una nota cristalina, fina y vibrante resonó en la habitación, como el tintineo de una copa de cristal golpeada.
Vance se quedó paralizado. Sus ojos, que debían estar entrecerrados por el sueño, se abrieron de par en par. Alzó las manos frente a su rostro. Las examinó con una mezcla de horror y confusión pura. Ya no son las manos de un hombre de cuarenta años curtido por décadas de violencia; no son esas palmas curtidas, ásperas, con los nudillos tatuados por cicatrices de peleas callejeras y el callo perpetuo del gatillo.
Estas manos son pequeñas, inusualmente pálidas, de una blancura casi translúcida que deja ver las venas azuladas bajo la piel como si fueran mapas trazados con tinta. Son manos delicadas, ridículamente frágiles.
__¿Por qué mis manos son tan blancas, carajo?__. Exclamó, su voz volviéndose aguda en su desesperación.
__¡Y tan flacuchas! ¡Tan delicadas!__.
La confusión fue reemplazada por una urgencia febril. Sus pies, pequeños y pálidos, tocaron el suelo alfombrado. No esperó. Necesita ver. Necesita comprobar que esto no es una broma macabra de algún rival, una alucinación inducida por alguna toxina. Se tambaleó hacia el espejo que domina la pared opuesta.
El marco es una monstruosidad dorada, recargada con relieves de querubines y flores, tan antiguo como pomposo. Vance se plantó frente al vidrio con la respiración entrecortada. El reflejo que le devolvió la mirada fue el mazo final.
Vance no esta allí. En su lugar, lo observa una mujer. No una mujer cualquiera, sino una criatura de cuento de hadas: cabello de un azul rey intenso, largo y sedoso, ojos turquesas que irradian una pureza que le causó náuseas. Su cuerpo, aunque pequeño y encogido por el shock, esta enfundado en un vestido de seda que se siente ridículo, una prenda inútil y pesada que solo sirve para estorbar en cualquier situación de combate. Sus senos, redondos y prominentes, se alzan con su respiración agitada bajo la tela del corsé.
El shock fue tan absoluto que sus piernas cedieron. Cayó sentado sobre la cama con un golpe sordo, el mundo girando a su alrededor.
__Esto no es real__. Susurró, y esta vez, el sonido de su propia voz, ajena y femenina, le provocó un escalofrío.
Pero antes de que pudiera intentar asimilar el horror de su anatomía, un rayo de dolor puro le partió el cráneo. No fue un dolor físico común; fue como si alguien estuviera vertiendo plomo fundido directamente en su anatomía cerebral. Vance se hizo un ovillo sobre la cama, apretando los dientes (o lo que fuera que tuviera en la boca ahora) mientras las imágenes de su vida pasada le invaden como un torrente de agua helada.
El callejón. La lluvia. El brillo de la mira láser. El disparo.
Recordó el encargo. El último trabajo. Todo había sido perfecto, o al menos eso creía. La trampa se cerró sobre él con la precisión de una mandíbula de acero. Ricki. Ese imbécil arrogante de Ricki, quien debió haber estado cubriendo sus espaldas, fue quien lo vendió. La traición, la bala atravesando su cráneo y la oscuridad absoluta que le siguió.
__Maldito seas, Ricki__. Gruñó Vance, con los ojos apretados, el dolor pulsando en su cabeza.
__Si el destino o lo que sea que me trajo aquí me devuelven a ese lugar, te despescuezo como a un pollo. Te lo prometo__.
El dolor no cedió. Al contrario, cambió de tono, volviéndose más denso, más lento. Y entonces, como si abriera una compuerta, nuevos recuerdos comenzaron a inundar su mente. Recuerdos que no son suyos, pero que empiezan a pertenecerle.
Imágenes de una vida de encierro. Una mansión ducal. La sensación constante de insuficiencia. El amor no correspondido por un hombre que solo la veía como una pieza de ajedrez. Mirelle Waters.
Vance jadeó, sintiendo cómo la información se asenta en su cerebro. El nombre le resultó vagamente familiar, una nota al pie en el archivo de su memoria. ¡El libro! ¡Ese estúpido libro de tapas rojo Borgoña y obsidiana que apareció de la nada en su apartamento hace semanas! Lo había leído por puro aburrimiento en una noche de insomnio, riéndose de lo cursi y absurda que era la trama.
La historia era un cliché andante: el emperador con un maná inestable y destructivo, condenado a la soledad, necesitaba una esposa que fuera su ancla, su estabilizador. Mirelle Waters, la chica que estaba destinada a ser esa ancla, lo amaba desde que tenía uso de razón. Ella se casó con él, feliz de ser su "sacrificio", solo para ser aislada, ignorada y eventualmente descartada como basura cuando apareció la verdadera protagonista, una marquesa radiante que conquistó el corazón del emperador. Mirelle, rota y desesperada, murió sumida en la tristeza mientras el emperador protegía a su nueva amada desde lejos.
__¿En serio?__. Exclamó Vance al aire, sintiendo una furia que arde más que el dolor de cabeza.
__¿De todas las historias, me metiste en la vida de una mujer que muere de depresión por un tipo que ni siquiera la mira? ¡Qué patética historia!__.
Se tocó el pecho, sintiendo la firmeza debajo de la tela. Luego, con un movimiento instintivo, bajó las manos hacia su vientre. El horror se consolidó.
__No tengo mi hermoso pene... ahora tengo una vagina__. Vance se estremeció. La idea es tan absurda que le dan ganas de reír histéricamente.
__Soy un asesino a sueldo, el mejor en mi zona, y ahora estoy atrapado en el cuerpo de una mujer que ni siquiera sabía cómo defenderse de una palabra cruel. Qué mal karma. ¿Acaso no fui lo suficientemente malo como para merecer este castigo divino? ¿Solo porque maté a unos cuantos que se lo merecían?__.
La amargura le dejó un sabor metálico en la boca. Vance nunca había sido un santo, pero al menos había sido un profesional. Mirelle, en cambio, era una víctima de manual. Una pieza de mobiliario decorativo en un imperio que pronto se iría al diablo si el emperador seguía siendo tan estúpido como en el libro.
Antes de que pudiera profundizar en su miseria, un estruendo interrumpió sus pensamientos. La puerta de la habitación se abrió de golpe.
Vance se puso en guardia, o lo intentó, adoptando una postura de combate que se veía ridícula con ese vestido pomposo. Pero no fue un asesino lo que irrumpió, sino una mujer de mediana edad, con el rostro desencajado por el terror y los ojos hinchados de tanto llorar. La Duquesa Waters.
La mujer no perdió tiempo; se lanzó sobre la cama y rodeó a Vance en un abrazo asfixiante. Las lágrimas de la duquesa empaparon el hombro del vestido de Mirelle.
__¡Mirelle! ¡Mi pequeña Mirelle!__..Solloza la mujer, con una voz cargada de un alivio desesperado.
__¡Gracias a los cielos, gracias a los dioses! Pensamos que te habíamos perdido. Ese sueño... ese sueño profundo... no podíamos despertarte...__.
Vance se quedó rígido. La calidez del cuerpo de la mujer, su perfume floral, la intensidad de su abrazo... es algo que él, como huérfano que creció en las calles duras de la ciudad, nunca había experimentado. No sabe qué hacer con sus manos.
En su vida pasada, un abrazo de este tipo era una señal de vulnerabilidad, un preludio a una puñalada o una trampa. Pero aquí, el pecho de la mujer palpita con una preocupación genuina. Vance suspiró, sintiendo una extraña pesadez en el corazón que nada tenía que ver con sus heridas pasadas.
"Maldita sea", pensó, mientras con una torpeza casi cómica le da unas palmaditas en la espalda a la mujer, intentando consolarla. "Supongo que ahora tengo madre. Y es más difícil de manejar que un contrato de alta seguridad".
Se obligó a suavizar su expresión, aunque por dentro, el asesino sigue analizando la situación, calculando las salidas de la habitación y cuestionándose cuánta libertad de movimiento le permite este nuevo y patético cuerpo.
__Estoy bien, madre__. Dijo, forzando una suavidad en su voz que se siente como una mentira.
__Solo... necesitaba descansar__.
La duquesa se separó un poco, tomándole el rostro con ambas manos. Vance tuvo que luchar contra el impulso de apartarse bruscamente. Tiene mucho trabajo por delante, y empezar con una actuación convincente es solo el primer paso para sobrevivir en este cuento de hadas de pesadilla.