Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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La chica de la bufanda
Los días siguientes a la desaparición de Emma fueron un torbellino de tensión que parecía haber congelado el aire dentro de la mansión Ferrer. La propiedad, una joya arquitectónica de líneas minimalistas y cristales que ofrecían una vista imperturbable de las colinas de Los Ángeles, se sentía más fría que nunca. Alejandro había despedido a la niñera de inmediato, en medio de un arrebato de furia contenida que dejó a todo el personal doméstico temblando. Sin embargo, el vacío que dejó la mujer no era solo laboral; era un agujero negro que succionaba la poca estabilidad que le quedaba a su hija.
Emma, usualmente una niña silenciosa y obediente, casi espectral en su forma de transitar por los pasillos, se había transformado. Rehusaba comer si no era frente al ventanal que daba a la entrada principal, como si esperara ver aparecer una silueta específica entre los árboles. Pero lo más extraño de todo, y lo que más irritaba la sensibilidad estética de la casa, era que la niña se negaba a quitarse la bufanda de colores que Lucía le había regalado. Era una prenda de lana barata, tejida a mano, con nudos desiguales y colores que gritaban humildad, pero para Emma, era un escudo de acero.
—Emma, cariño, por favor, sé razonable. Esa prenda no combina con tu vestido para la cena de gala de la fundación —insistió Valeria, arrodillada frente a la niña en el vestidor. Intentó desanudar la lana con una mezcla de delicadeza fingida y firmeza real, pero sus dedos largos y cuidados retrocedieron cuando la niña se encogió bruscamente.
—¡No! —gritó Emma, un sonido que rara vez salía de su garganta. Se abrazó a sí misma, protegiendo el tejido contra su pecho como si fuera un animal herido—. Huele a ella. Huele a flores y a chocolate.
Alejandro, que observaba la escena desde la penumbra de la puerta de su despacho, sintió una punzada de incomodidad que no supo catalogar. El perfume de su hogar solía ser de sándalo, cera de abejas y productos de limpieza de alta gama; aromas asépticos, profesionales, caros. Él no sabía a qué olían las "flores" de las que hablaba su hija. No recordaba la última vez que algo en su vida oliera simplemente a naturaleza o a hogar.
—Déjala, Valeria —dijo Alejandro, su voz grave resonando en el pasillo.
Valeria se puso en pie de un salto, alisando su falda de diseñador. Sus ojos, siempre cargados de una ambición que Alejandro prefería ignorar, centellearon con molestia.
—Alejandro, se ve ridícula. Mañana vendrán fotógrafos. La gente preguntará por qué la heredera de los Ferrer lleva puesto un trapo viejo. Te compraré una de seda en la Quinta Avenida, Emma. Una de marca, de la que tú quieras.
—No quiero seda —susurró la niña, volviendo la vista al ventanal—. Quiero a la chica.
Esa noche, Alejandro no pudo trabajar. Los informes financieros sobre la expansión de sus hoteles en Asia permanecían abiertos en su escritorio, pero las cifras se desdibujaban frente a sus ojos. La imagen de la joven en Hollywood Boulevard volvía a su mente con una insistencia perturbadora. Recordaba su mirada: no había habido rastro de codicia en ella, ni esa chispa de reconocimiento que solía ver en las personas cuando se daban cuenta de quién era él. Solo había visto una preocupación genuina, una humanidad cruda que él había pisoteado con su desconfianza habitual. Se sentía un idiota por haber intentado pagarle con dinero en lugar de con un simple "gracias".
Agarró el teléfono y marcó una extensión interna.
—¿Cómo se llamaba la mujer que encontró a Emma? —preguntó a su jefe de seguridad.
—No lo sabemos, señor. No se identificó ante la policía antes de que usted llegara. Pero tenemos las grabaciones de seguridad del establecimiento "The Golden Bean", donde estuvieron antes del encuentro.
Minutos después, Alejandro recibió un archivo de video en su tablet. El granulado de la cámara de seguridad no impedía ver la esencia de la escena. Allí estaba ella. No era una "mujer cualquiera". En el video, Lucía se inclinaba sobre la mesa, soplándole al chocolate caliente de Emma para que no se quemara. Le acomodaba el cabello tras la oreja con una ternura tan devastadora que Alejandro sintió que le faltaba el aire. Era una ternura que no había visto en esa casa desde que el cáncer se llevó a su esposa tres años atrás.
—Quiero que la encuentres —dijo Alejandro cuando su secretario, Andrés, entró a la oficina minutos después.
Andrés levantó la vista de sus propios documentos, sorprendido por la urgencia en la voz de su jefe.
—¿A quién, señor? ¿A la nueva candidata para la dirección de marketing?
—No. A la joven que encontró a mi hija la semana pasada. La de la bufanda.
—¿Tiene algún dato concreto? ¿Un apellido?
Alejandro negó con la cabeza, frustrado.
—Solo sé que Emma confió en ella de una manera que no ha hecho con nadie más. Es joven, llevaba un abrigo azul... y es la única que parece haber visto a mi hija de verdad en medio de esa multitud.
—Entiendo —asintió Andrés, captando la seriedad del asunto—. Me ocuparé de inmediato, jefe. Usaré los registros de las cámaras de la zona y los informes policiales de contacto.
—Se discreto —agregó Alejandro mientras giraba su silla hacia el ventanal. La ciudad de Los Ángeles se extendía a sus pies, un mar de luces artificiales—. Y rápido. Siento que mi hija se nos escapa un poco más cada día que pasa sin esa mujer.
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