⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Arlo
El silencio en el piso cuarenta de la torre corporativa era absoluto, roto únicamente por el suave crujido del cuero caro. Detrás del imponente escritorio de madera oscura, Arlo Baxter observaba a los tres hombres sentados frente a él. Eran empresarios extranjeros que sudaban frío a pesar del aire acondicionado al máximo. Sobre la mesa descansaba un maletín abierto y un contrato impreso en papel grueso que nadie se atrevía a firmar todavía.
Arlo exhaló una densa nube de humo gris de su cigarrillo. Su silueta de casi dos metros y hombros anchos proyectaba una sombra intimidante sobre la pared de cristal. Su mandíbula cuadrada se tensó sutilmente al ver dudar al líder del grupo.
—El tiempo es un recurso que no me gusta desperdiciar —dijo Arlo. Su voz, un barítono grueso y áspero, pareció vibrar en los cristales de la oficina—. Mi padre me enseñó que los negocios de verdad se sellan con un apretón de manos y una firma rápida. Cuando él manejaba este imperio, las cosas eran más sencillas. Ahora el anciano descansa en su propiedad privada, y yo prefiero la eficiencia. Firmen.
El tono no admitía réplicas. No mencionó armas, ni deudas, ni las extrañas llamadas que sus asistentes habían hecho a los bancos de esos hombres la noche anterior. No hacía falta. El aire de peligro que desprendía Arlo gritaba exactamente qué tipo de consecuencias traería una negativa. El líder del grupo tomó el bolígrafo con manos temblorosas y estampó su firma.
Justo en el instante en que la tinta tocó el papel, Arlo sintió una descarga eléctrica en la palma de su mano derecha.
No dolió. Fue un calor repentino y magnético. Frente a sus propios ojos negros, de las puntas de sus dedos comenzaron a brotar delgados filamentos de una energía carmesí brillante. Los hilos flotaron en el aire de la oficina, moviéndose como si tuvieran vida propia, extendiéndose más allá de las paredes de cristal del rascacielos. Los asistentes de Arlo, parados junto a la puerta, continuaron inmóviles; era evidente que nadie más podía verlos.
Arlo no se asustó. Al contrario, una sonrisa de medio lado apareció en su rostro. La sensación de control absoluto que le transmitían esos hilos rojos le resultó fascinante. Era un poder nuevo, una herramienta perfecta para alguien acostumbrado a gobernar desde las sombras.
Una vez que los hombres se retiraron con el maletín, Arlo hizo una llamada privada a un neurólogo de máxima confianza, un profesional que atendía a su familia bajo estrictos contratos de confidencialidad. Tras una breve revisión médica en un consultorio privado esa misma tarde, el doctor no encontró anomalías en su cerebro ni rastros de sustancias en su sangre.
—Físicamente está perfecto, señor Baxter. Su ritmo cardíaco es el de un atleta —dijo el médico, visiblemente nervioso—. Si ve luces o líneas, podría ser un efecto del estrés por la transición del mando de su padre. Descanse.
Arlo se abotonó la camisa a medida, ocultando su torso esculpido por horas de gimnasio, y no dijo nada más. Sabía que no era una alucinación. Al regresar a su oficina, descubrió algo más: si concentraba su voluntad, podía sentir el otro extremo del hilo. Había una presencia al final de esa línea roja. Una energía masculina, vibrante, intensa y extrañamente acelerada. Alguien estaba conectado a él, y Arlo se propuso averiguar quién era.
Dos días después, el destino acortó la distancia de forma imprevista. Arlo tenía una reunión de negocios en el salón privado del hotel más lujoso de la zona financiera. El lugar estaba cerrado exclusivamente para su comitiva. Sin embargo, al cruzar el vestíbulo principal rodeado de sus guardaespaldas, los hilos en sus dedos comenzaron a tensarse de golpe, tirando de su pecho con una fuerza magnética ineludible.
Arlo se detuvo en seco. Sus ojos negros siguieron el rastro de la luz roja que cruzaba el pasillo y se colaba por las puertas de cristal de una sala de conferencias adyacente.
A través del vidrio, se desarrollaba una escena completamente diferente. Un equipo de producción y varios asistentes rodeaban una mesa llena de pantallas, bocetos y diseños visuales. En el centro de toda la actividad estaba un joven de veintiún años. Gus Fletcher.
Gus vestía ropa cómoda pero elegante, adecuada para un cantante en ascenso que ya empezaba a llenar salas de conciertos. Su cuerpo era varonil, de hombros rectos y porte natural. Su cabello castaño caía en sutiles ondas sobre su frente, y sus ojos, de un peculiar tono verde café, estaban fijos en la pantalla donde se reproducía el guion gráfico de su próximo video musical.
—Esa transición no es limpia —decía Gus, con un tono firme que denotaba su perfeccionismo obsesivo—. El ritmo visual tiene que encajar exactamente con el golpe de la batería. Si el color de la iluminación no es el correcto, la escena perderá toda la fuerza. Hay que repetirla desde el inicio.
El personal del equipo asintió, acostumbrado a las exigencias del joven artista. Gus era conocido en la industria por su entrega total al trabajo, una disciplina feroz que rayaba en la automutilación física. Pasaba noches enteras sin dormir en el estudio, buscando la perfección que calmara la ansiedad que lo acompañaba desde la adolescencia.
Mientras señalaba la pantalla, Gus se llevó una mano al pecho de repente. Sintió una punzada extraña, como si un lazo invisible le apretara las costillas, dificultándole la respiración por un segundo. Miró a su alrededor, desorientado. Sus ojos recorrieron la sala, pero no vio nada fuera de lo común.
—¿Gus? ¿Estás bien? Te ves un poco pálido —le preguntó su mánager, acercándole un vaso de agua.
—Sí... —respondió Gus, frotándose el centro del pecho—. Es solo el cansancio. No he dormido bien esta semana ajustando las pistas de audio. Continuemos.
Al otro lado del cristal, Arlo Baxter no se había movido un solo centímetro. Observaba con absoluta fijeza cómo el hilo rojo de su mano derecha viajaba por el aire del hotel y se enroscaba firmemente alrededor de la muñeca de Gus Fletcher. El hilo palpitaba al ritmo del corazón del cantante. El contraste era perfecto: la figura imponente de Arlo, observando a su presa desde las sombras del vestíbulo.
—Averigua todo sobre él —ordenó Arlo a su asistente principal, sin apartar la mirada de los ojos verde café de Gus—. Quiero su rutina, sus contratos, sus contactos. Todo. Para esta noche.
A la medianoche, Arlo se encontraba de regreso en el helipuerto privado de su residencia. El motor de uno de sus helicópteros se apagaba lentamente al fondo, mientras él permanecía sentado en un sillón de piel exterior, fumando bajo la noche estrellada. En su mano izquierda sostenía una carpeta negra con el sello de máxima prioridad.
Su asistente le había entregado un informe detallado que violaba cualquier ley de privacidad existente, algo que a Arlo no le importaba en lo más mínimo. Sus recursos eran ilimitados y sus métodos, implacables.
Arlo abrió el expediente y comenzó a leer bajo la tenue luz de la terraza. La vida de Gus Fletcher se desplegó ante él en hojas mecanografiadas.
El primer dato golpeó el interés de Arlo: Gus era huérfano. Sus padres habían fallecido en un accidente cuando él tenía apenas catorce años, justo en el mismo mes en que el joven ingresaba como aprendiz en una estricta agencia de talentos. Sin una familia que lo respaldara, Gus se había refugiado por completo en la música. Su perfeccionismo actual no era solo ambición profesional; era un mecanismo de defensa, un intento desesperado por controlar cada aspecto de su entorno para no volver a perder nada.
Arlo pasó la página y encontró el documento más valioso de la carpeta: el expediente médico robado de la clínica del psiquiatra privado de Gus.
Las notas del terapeuta eran claras y detalladas. Describían a un joven con un trastorno obsesivo enfocado en el rendimiento. El informe médico explicaba que Gus sufría de episodios crónicos de ansiedad cuando sentía que perdía el control de sus proyectos. El psiquiatra anotaba que, subconscientemente, el cantante cargaba con un agotamiento mental extremo y que, aunque su mente consciente luchaba por dominarlo todo, su psicología mostraba una profunda necesidad oculta: el deseo reprimido de encontrar una figura de autoridad absoluta, alguien con la fuerza suficiente para quitarle el peso del mundo de encima y asumir el control por él. Una necesidad de sumisión protectora.
Arlo cerró la carpeta con un golpe seco. Una densa nube de humo salió de sus labios mientras observaba sus propios dedos. El hilo rojo brillaba en la oscuridad de la noche, extendiéndose hacia la ciudad, tenso y firme, conectándolo directamente con el joven cantante.
Gus Fletcher creía que controlaba su vida a través de su arte, pero no sabía que un poder mucho más grande, oscuro y protector ya había decidido adueñarse de su destino. El hilo estaba tirando de ambos, y Arlo no tenía ninguna intención de soltarlo.