SIN SPOILER
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CANSIONES EN LA TORRE
La antigua torre permanecía envuelta por niebla.
Alta.
Silenciosa.
Olvidada por el reino entero.
El viento golpeaba suavemente las enormes paredes de piedra mientras las viejas ventanas crujían con cada corriente fría de la montaña.
Aquel lugar debía sentirse mu3rtø
Pero no lo estaba.
Porque dentro de la torre…
había vida.
Una pequeña chimenea iluminaba tenuemente la habitación principal.
Las llamas danzaban proyectando sombras sobre antiguos estantes llenos de libros cubiertos de polvo.
Frascos extraños descansaban sobre mesas de madera vieja.
Velas consumidas iluminaban símbolos grabados en las paredes.
Y en medio de aquel lugar oscuro…
una bebé dormía tranquilamente envuelta en mantas.
Elena sonrió con ternura mientras acomodaba cuidadosamente a la pequeña entre sus brazos.
—Shhh… pequeña princesa…
La nodrisa llevaba varios días cuidándola sola.
Al principio había tenido miedo.
Mucho miedo.
No solo por las historias sobre la torre del hechicero…
sino también por la niña.
Había escuchado las supersticiones del reino toda su vida.
Las historias sobre personas nacidas con ojos diferentes.
Pero ahora…
mirando a la pequeña dormir pacíficamente…
todo eso comenzaba a parecer absurdo.
La bebé era adorable.
Demasiado inocente como para verla como una maldición.
Elena acarició suavemente el pequeño cabello oscuro de la niña.
—No entiendo cómo pudieron abandonarte…
La pequeña abrió lentamente los ojos.
Uno verde.
Uno avellana.
La luz de la chimenea hacía que brillaran hermosamente.
La nodrisa soltó una pequeña sonrisa.
—Tus ojos son preciosos, ¿lo sabes?
La bebé movió las manos haciendo pequeños sonidos suaves.
Y Elena sintió ternura inmediata.
Porque nadie debería crecer sola.
Mucho menos una niña tan pequeña.
La nodrisa caminó lentamente por la habitación mientras la cargaba con cuidado.
A veces todavía se sorprendía observando la enorme cantidad de cosas que existían dentro de la torre.
Libros de hechicería.
Mapas antiguos.
Instrumentos extraños.
Relojes que seguían funcionando solos.
Velas que jamás parecían apagarse.
Incluso había habitaciones enteras que todavía no se atrevía a explorar.
Aquel lugar daba miedo.
Pero también se sentía… extraño.
Como si la torre estuviera viva.
Elena se acercó a una vieja mesa de madera y preparó leche tibia para la bebé.
La pequeña comenzó a inquietarse inmediatamente al sentir el aroma.
—Ya sé, ya sé… tienes hambre.
La nodrisa rio suavemente.
Era la primera vez en días que reía de verdad.
Porque aunque la situación fuera terrible…
la niña comenzaba a llenar el silencio de la torre.
Y eso hacía el lugar menos frío.
Elena alimentó cuidadosamente a la bebé mientras la observaba.
—¿Sabes algo curioso?
La pequeña la miró en silencio.
—Cuando naciste pensé que también tendría miedo de ti.
La bebé soltó un pequeño sonido.
La nodrisa sonrió.
—Pero eres demasiado hermosa para asustar a nadie.
Después de alimentarla, Elena la llevó hacia una enorme ventana redonda desde donde podían verse las montañas.
La niebla cubría casi todo el paisaje.
El reino parecía absurdamente lejano desde allí.
Como si perteneciera a otro mundo.
—Tal vez sea mejor así… —susurró la mujer.
La pequeña bostezó suavemente.
Elena bajó la mirada hacia ella.
Y por un momento…
sintió una profunda tristeza.
Porque sabía perfectamente qué significaba crecer sin amor.
Ella misma había sido hija de campesinos pobres.
Sabía lo cruel que podía ser el mundo.
Pero esta niña…
ni siquiera tendría recuerdos felices de una familia.
Solo tendría aquella torre.
Y silencio.
Mucho silencio.
La nodrisa besó suavemente la frente de la bebé.
—No dejaré que estés sola.
La pequeña cerró lentamente los ojos otra vez.
Elena comenzó a tararear una canción antigua mientras caminaba por la habitación.
Y por primera vez desde que llegó allí…
la torre dejó de sentirse completamente vacía.
Como si incluso las viejas paredes escucharan aquella melodía suave dedicada a una princesa que el reino había decidido olvidar.