Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 14: La decisión
Jean entró en su apartamento con el cuerpo ligero y la cabeza llena. La cena, el ramen, la voz de Nico diciendo «todavía se nota en tus ojos». Se quitó la camiseta negra, se puso algo más cómodo, apagó la luz del techo, solo quedó encendida la lamparita de la mesita de noche, esa que proyecta sombras amarillas sobre la pared. Se sentó en el borde de la cama.
Allí estaba la cámara.
La cogió con cuidado, como quien toma un objeto sagrado que ya no le pertenece. El objetivo tenía una grieta diminuta, casi una cicatriz, el cuerpo estaba arañado en una esquina. Hacía años que no funcionaba, pero Jean la limpiaba los domingos con un paño de microfibra, igual que regaba las tres macetas del alféizar. Eran sus rituales, las pequeñas certezas que lo sostenían. Ahora la cámara le pesaba en las manos.
«Podrías arreglarla», había dicho Nico. «Si te gustaba, importa.»
Jean pasó el pulgar por el borde del objetivo, recordó las tardes en que salía a la calle sin otro plan que encontrar la luz adecuada, la forma en que el sol de las cinco partía los edificios en dos, la sombra de un árbol sobre una fachada, el reflejo de un charco después de la lluvia. Pequeñas bellezas que solo existían si alguien las miraba.
Hacía años que no veía nada que le inspirara a capturarlo.
Pero esta noche, mientras acariciaba la cámara, una imagen vino a su mente. La sonrisa de Nico en el restaurante, esa sonrisa brillante, abierta, que no pedía nada y lo daba todo, esa sonrisa merecía ser inmortalizada en una fotografía. Hacía años que no pensaba así, hacía años que nada le parecía digno de ser recordado.
Dejó la cámara sobre la mesita de noche, se dejó caer sobre la cama, la espalda contra el colchón, el brazo sobre los ojos. Suspiró.
Esto se está saliendo de control.
La imagen de Nico no se iba, su voz, su olor a lluvia de verano, la forma en que había limpiado las mesas del café sin pedir permiso. Todo él era una intromisión, una grieta en el muro que Jean había construido con tanto esfuerzo.
Tal vez debería dejar el trabajo en Offline, desaparecer, buscar otro empleo, otro barrio, otra rutina donde no hubiera un alfa de veinte años que le removiera las entrañas con solo sonreír.
Sí, pensó, sería lo mejor. Cerró los ojos con fuerza, kuego los abrió.
No puedes pasarte la vida huyendo, Jean.
Se quedó inmóvil, mirando el techo, la luz de la lamparita dibujaba grietas en la pintura. Afuera, la ciudad guardaba silencio. No tomó ninguna decisión, solo se giró hacia la pared y esperó a que el sueño llegara.
Tardó. Pero llegó.
———
Al día siguiente la cafetería de la universidad estaba llena de ruido y de bandejas.
Nico, Mauro y Leo ocupaban la mesa del rincón, la misma de siempre. El café sabía a quemado y el olor a fritanga lo impregnaba todo, era el escenario perfecto para una conversación incómoda.
—Fuiste a cenar con él —dijo Mauro, más como una afirmación que como una pregunta.
—Sí.
—¿Y qué tal? —Leo se inclinó hacia adelante, los ojos verdes encendidos de curiosidad—. ¿Pasó algo?
—No —dijo Nico—. Comimos ramen, hablamos, eso es todo.
—¿De qué hablaron?
—De cosas. De él, de mí. Me dijo que solía hacer fotos hace años.
—¿Fotos? —Leo arrugó la nariz—. Vaya, interesante.
—Lo es —dijo Nico, un poco a la defensiva.
Mauro lo observaba en silencio, bebió un sorbo de su café y dejó la taza sobre la mesa con ese golpecito seco que hacía siempre cuando iba a decir algo importante.
—¿Cuántos años tiene?
Nico dudó un segundo.
—Veintiocho.
Leo soltó un silbido bajo, Mauro no cambió la expresión.
—Es un poco mayor —dijo Leo, sin mala intención—. Mira, no tengo nada en contra de eso, he estado con varios omegas que rondan los treinta, pero por lo general, esos chicos buscan algo serio. Una familia, una marca, seguridad, un alfa que sea su apoyo y que se responsabilice de ellos.
Hizo una pausa, miró a Nico directamente a los ojos.
—Tú aún estás estudiando. ¿Estás preparado para todo eso? Si lo que quieres es un revolcón, está perfecto, la experiencia con los chicos mayores es otro nivel, porque realmente saben lo que hacen. Pero si es algo más serio…
Nico sintió una oleada de calor en el pecho, no lo dejó terminar.
—Por una vez en tu vida, ¿podrías tener una opinión seria que dar? —saltó—. ¿Acaso eres incapaz de pensar en otra cosa que no sea sexo?
Leo no se inmutó.
—Estoy hablando en serio, hombre.
—Sí, como no.
—Nico, espera. —Mauro alzó una mano, su tono calmo como un freno suave—. Leo tiene algo de razón.
Nico se giró hacia él, de Mauro esperaba apoyo, no más objeciones.
—No digo que no puedas estar con él —continuó Mauro—, pero los omegas de la edad de Jean suelen querer más que unas salidas y un poco de romance. Si quieres algo serio, tienes que considerar si estás dispuesto a todo lo que Leo ha mencionado, porque él podría esperar eso, aunque no lo diga.
—No se trata de lo que él espere —respondió Nico, con la voz más firme—, se trata de lo que yo quiero.
—¿Y qué quieres? —preguntó Mauro.
La pregunta flotó en el aire entre ellos. Leo miraba a Nico con una expresión que ya no era burlona, sino atenta, Mauro esperaba, las manos quietas sobre la mesa.
Nico se pasó una mano por el pelo, el enfado se le estaba desinflando y en su lugar quedaba una sensación de peso. Porque Leo, con toda su torpeza, había puesto el dedo en la llaga y Mauro, con su calma, había terminado de abrir la herida.
¿Qué quería?
No lo sabía del todo, pero sabía que no quería dejar de ver a Jean. Que su olor le había despertado algo que desconocía, que su sonrisa triste le partía el pecho y quería verla convertida en una sonrisa de verdad.
—No lo sé —dijo al fin—, pero quiero averiguarlo.
Mauro asintió, Leo se recostó en la silla con una media sonrisa en los labios.
—Pues adelante entonces —dijo Leo—, pero no digas que no te avisé.
Nico resopló. No era un enfado real, era esa mezcla de exasperación y cariño que solo Leo podía provocar. Miró el reloj, las tres de la tarde, aún faltaban horas para que Jean terminara su turno. Pero Nico ya sabía adónde iba a ir después de clases, no necesitaba pensarlo.
El hecho de ir era su respuesta.
———
La tarde en Offline era una mancha dorada sobre las mesas de madera. La música de los ochenta sonaba desde un altavoz viejo junto a la caja registradora y Mireia movía la cabeza al ritmo de la canción mientras reponía los vasos de cartón. Había vuelto de sus vacaciones con la piel bronceada y una pulsera nueva de conchas marinas, y ya se había adueñado otra vez del local como si no se hubiera ido nunca.
La campanilla sonó.
Nico entró con la mochila colgada de un hombro, el pelo rubio todavía húmedo de la ducha después del entrenamiento. Antes de que pudiera acercarse a la barra, Mireia lo interceptó con una sonrisa que era pura malicia cariñosa.
—Hola, guapo —dijo—. ¿Dónde están los otros dos?
—En clase —respondió Nico, un poco sorprendido por el recibimiento.
—Ah, conque vienes solo. Qué raro.
Mireia lo miró de arriba abajo, luego lanzó una mirada rápida hacia la barra, donde Jean estaba preparando un café con la espalda medio vuelta, y volvió a clavar los ojos en Nico. Se acercó a él mientras Jean estaba de espaldas, ajustando la máquina de espresso que gruñía con un ruido denso, difícilmente podía oír nada.
—Así que tú eres el motivo —dijo en voz baja, con una sonrisa cómplice.
—¿El motivo de qué?
—Del interés de Mauro en Jean. Me preguntó por él el otro día, ¿sabes? y yo pensé: ¿por qué un alfa tan serio como Mauro querrá saber cosas de Jean? Pero ahora lo entiendo. —Señaló a Nico con el dedo—. No era para él, era para ti.
Nico sintió un calor extraño en el pecho.
—Solo somos amigos —dijo, y sonó tan convincente como siempre que decía esa frase. Es decir, nada.
—Claro, claro. —Mireia le dio una palmada en el hombro—. Anda, ve a pedir tu café, que Jean te ha visto entrar y ya se ha puesto a prepararlo sin que se lo pidieras.
Dicho y hecho. Jean estaba vertiendo la leche sobre el cortado con esa muñeca firme que tenía, la jarra inclinada en el ángulo exacto. Cuando Nico llegó a la barra, el café ya estaba casi listo.
—Hola —dijo Nico.
—Hola —respondió Jean, sin levantar la vista de la espuma, sus dedos dibujaron la flor, cinco pétalos, el ritual de siempre—. Ya casi está.
—No tengo prisa.
Jean terminó el dibujo, dejó la jarra a un lado. Miró la taza, luego a Nico, dudó; un instante brevísimo en el que sus ojos ámbar se debatieron entre la rutina y el impulso.
Otras veces, Nico había tenido que pedirle que le llevara el café a la mesa. Aquella vez que lo hizo por primera vez, Jean había aceptado a regañadientes, como quien concede un favor. Ahora, sin que nadie se lo pidiera, cogió la taza, salió de detrás de la barra.
—Te la llevo —dijo.
Nico parpadeó, no dijo nada. Se limitó a seguir a Jean hasta la mesa del fondo, la del enchufe suelto, la que ya era suya aunque no tuviera el nombre escrito. Jean dejó la taza sobre la madera, se quedó de pie, un poco torpe, como si no supiera qué hacer con las manos ahora que no sostenían nada.
—Gracias —dijo Nico sentándose.
—De nada.
Jean iba a darse la vuelta pero Nico habló antes.
—¿Llegaste bien el otro día?
—Sí, vivo cerca.
—Me alegro. —Nico sonrió— y me alegro de que te gustara el ramen.
—Me gustó —admitió Jean, y luego, un poco más bajo—. Gracias por llevarme, no suelo probar cosas nuevas.
—Cuando quieras podemos ir otra vez, probar otras cosas.
Jean no dijo ni que sí ni que no, pero sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, casi invisible, esa sonrisa que Nico ya conocía y que valía más que cualquier palabra.
—Voy a seguir con lo mío —dijo Jean, volviendo hacia la barra.
Nico asintió. Abrió su cuaderno, pero no dibujó, se quedó mirando el café, la flor intacta sobre la espuma. Jean le había llevado el café, sin que se lo pidiera, sin excusas.
Mireia esperó a que Jean estuviera ocupado con la máquina de espresso para acercarse a la mesa de Nico. Se apoyó en el respaldo de la silla de enfrente, los brazos cruzados, la sonrisa aún en los labios.
—La tienes difícil, muchacho —dijo, bajando la voz—. Ese chico tiene más capas que una cebolla.
—Lo sé —respondió Nico.
—Pero has logrado más que cualquier otro alfa que ha intentado acercarse a Jean. —Mireia ladeó la cabeza—. Así que vas bien.
Nico la miró, Mireia tenía esa forma de hablar directa, sin rodeos, que resultaba extrañamente tranquilizadora.
—¿Han intentado acercarse otros?
—Algunos, pero Jean los mantiene a raya. No acepta invitaciones, no da conversación, no sonríe. —Hizo una pausa—. Contigo ha hecho las tres cosas.
Nico sintió que el aire se le quedaba atrapado un momento.
Mireia le dio otra palmada en el hombro y volvió a la barra, tarareando la canción que sonaba en el altavoz. Jean no levantó la vista, pero sus manos, sobre la máquina, se movían un poco más despacio de lo necesario.
Nico se quedó un rato más, bebiendo su café a sorbos lentos, miraba a Jean de reojo mientras dibujaba en su cuaderno. Ya no eran solo enredaderas, ahora también había un rostro, apenas esbozado: el perfil de alguien con el pelo recogido en una coleta.
Afuera, la tarde se iba apagando. Dentro, en Offline, algo seguía encendido.