Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 10
Aurora llegó al edificio completamente mojada. El agua le chorreaba del cabello y el vestido se le pegaba al cuerpo. Subió las escaleras con cuidado para no resbalar y abrió la puerta del 503.
Charles estaba sentado en el colchón, esperándola con cara de sueño.
—¡Aurora! ¡Estás empapada!
Ella sonrió a pesar del frío y dejó la bolsa sobre la mesa.
—Ven, mi amor. Mira lo que traje.
Sacó un trozo grande de pastel de chocolate y un sándwich que Maggie le había dado al final del turno. Charles abrió los ojos como platos.
—¡Qué rico! ¿Todo eso es para mí?
—Para los dos. Come tranquilo.
Mientras el niño devoraba el pastel, Aurora se cambió de ropa y se secó el cabello con la única toalla que tenían.
—Mañana es viernes —dijo ella con voz cansada pero contenta—. El sábado trabajo solo medio día y el domingo descanso. Con el sueldo y… con la propina tan grande que me dejó ese señor hoy, podremos comprar algunas cosas para la casa. Tal vez una sábana nueva o algo para cocinar mejor.
Charles sonrió con la boca llena.
—¿De verdad? ¡Quiero una almohada!
Aurora le acarició el cabello.
—Veremos qué podemos hacer, pequeño.
Se acostaron juntos en el colchón viejo, abrazados para darse calor. A pesar de todo, los dos se durmieron con una sonrisa.
Al día siguiente, Christian entró a “El Rincón de Maggie” poco después de las seis de la tarde. Se sentó en la misma mesa de la ventana.
Aurora se acercó con la libreta, sorprendida de verlo otra vez.
—Buenas tardes, señor. ¿Lo mismo de ayer? ¿Café negro sin azúcar?
Christian asintió, mirándola fijamente.
—Sí, por favor.
Cuando ella le llevó el café, él volvió a sorprenderse de lo bueno que estaba. Se quedó allí hasta que Maggie empezó a apagar las luces.
Hugo gruñó desde la barra:
—¡Hora de cerrar!
Aurora se acercó a la mesa, algo nerviosa.
—Señor… ya vamos a cerrar. ¿Necesita algo más?
Christian dejó otro billete grande sobre la mesa (esta vez treinta libras) y se levantó.
—Solo quería agradecerle el café. Está excelente.
Salió de la cafetería y esperó afuera, bajo la llovizna ligera.
Cuando Aurora salió unos minutos después, caminando rápido hacia su casa, Christian la alcanzó con pasos largos.
—Disculpe —dijo con voz grave—. ¿Puedo acompañarla? Está oscureciendo y no me parece seguro que vaya sola.
Aurora se detuvo y lo miró con desconfianza. Aunque era muy guapo y bien vestido, negó con la cabeza.
—No, señor. Muchas gracias, pero no lo conozco. Prefiero ir sola.
Christian no insistió.
—Entiendo. Buenas noches entonces.
Aurora apretó el paso y desapareció en la siguiente esquina.
El domingo, Aurora cumplió su palabra. Con el dinero ahorrado de la semana y la enorme propina, llevó a Charles a comer un helado pequeño en una plaza cercana. El niño estaba feliz.
Después fueron a un mercado de segunda mano y compraron una cama sencilla de madera con un colchón decente. Entre Peluche y Gregory la subieron hasta el apartamento.
Esa noche, la cama nueva quedó instalada en la habitación pequeña de Charles. El niño saltó sobre ella emocionado.
—¡Es mía! ¡Tengo mi propia cama!
Aurora sonrió, aunque sus ojos estaban cansados.
—Sí, mi amor. Ahora duermes cómodo.
Ella siguió durmiendo en el suelo, sobre el viejo colchón, en la otra habitación. No le importó. Ver a su hermano feliz valía todo.
Durante toda la semana siguiente, Christian volvió a la cafetería cada tarde. Siempre pedía lo mismo, siempre se quedaba hasta la hora de cerrar y siempre dejaba una propina excesiva.
Aurora empezaba a sentirse incómoda.
La noche del viernes, cuando salió de la cafetería y vio a Christian esperando afuera otra vez, se detuvo furiosa.
—Señor, por favor —dijo con voz firme, aunque temblaba un poco—. Lleva toda la semana viniendo y esperándome. No sé qué quiere, pero esto me incomoda. No lo conozco y no quiero que me espere más. Por favor, déjeme en paz.
Christian la miró seriamente.
—Solo quiero asegurarme de que llegue bien a casa. La ciudad puede ser peligrosa.
—No necesito que me proteja —respondió Aurora, levantando la barbilla—. Sé cuidarme sola. Buenas noches.
Se dio la vuelta y empezó a caminar rápido.
Christian suspiró y la siguió a distancia, manteniéndose en las sombras.
De pronto, al doblar una esquina oscura, tres hombres salieron de un callejón. Uno de ellos blandía un cuchillo.
—Vaya, vaya… mira qué linda estás esta noche, muñeca —dijo el más alto con una sonrisa desagradable—. Danos todo lo que traes y tal vez te dejemos ir tranquila.
Aurora retrocedió asustada.
—Por favor… no tengo mucho dinero…
Christian salió de las sombras como un rayo.
—¡Aléjense de ella!
Sin darles tiempo a reaccionar, golpeó al primero con un puñetazo preciso en la mandíbula. El segundo intentó atacarlo, pero Christian lo esquivó y le dio un fuerte codazo en las costillas. El tercero logró cortarle el brazo con la navaja antes de que Christian lo derribara de una patada.
Los tres hombres huyeron corriendo, maldiciendo.
Aurora estaba temblando, con lágrimas en los ojos.
—¿Está bien? —preguntó con voz quebrada.
Entonces vio la sangre que corría por el brazo izquierdo de Christian y palideció.
—¡Dios mío! ¡Está sangrando! ¡Le cortaron!
Christian se presionó la herida con la mano, haciendo una mueca de dolor, pero su voz siguió calmada.
—No es grave. Solo un rasguño.
Aurora se acercó rápidamente, sacando un pañuelo limpio de su bolso.
—Déjeme ver… Por favor, siéntese. Tengo que presionar la herida. ¡Está sangrando mucho!
Christian la miró mientras ella presionaba el pañuelo contra su brazo con manos temblorosas.
—No tenías que seguirme —susurró Aurora, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Pero… gracias. Si no hubiera estado aquí…
Christian levantó la mano libre y, con suavidad inesperada, le limpió una lágrima de la mejilla.
—No llores. Ya pasó.
Aurora lo miró a los ojos, asustada y confundida al mismo tiempo.
—¿Quién es usted realmente?