Novela no apta para 🔞🔞🔞
"Cinco años de silencio no fueron suficientes para apagar el fuego."
Mía es la heredera perfecta; Julián, el hombre que ella traicionó cuando él no tenía nada. Ahora, él ha vuelto: es un abogado poderoso, letal y viene de la mano de la prima de Mía.
Atrapados en una red de mentiras, ella finge amar al mejor amigo de él mientras Julián la devora con la mirada en cada rincón de la mansión. Entre pasillos oscuros y encuentros prohibidos, el odio se mezcla con una pasión incontenible.
Las excusas se terminaron. Es hora de dejar de huir y matar las ganas, aunque el precio sea destruirlo todo.
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Capítulo 11: La Suite del Pecado
Mía miró el mensaje en su teléfono por décima vez. Era una ubicación y una hora, nada más. El Hotel L’Empire, la suite presidencial. No había una invitación amable ni una súplica; era un mandato de Julián Rivas, y ella, contra todo pronóstico y contra el honor de los Van Doren, estaba allí, frente a la puerta de madera de nogal, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado.
Llevaba un vestido negro de seda, tan fino que se sentía como una segunda piel, y debajo, absolutamente nada. Había obedecido su instrucción implícita: "Ven lista para mí".
Cuando la puerta se abrió, no hubo preámbulos. Julián la sujetó del brazo y la tiró hacia adentro, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el lujoso vestíbulo. La suite estaba en penumbra, iluminada solo por las luces de la ciudad que se filtraban por los inmensos ventanales. El aire olía a sándalo, a whisky caro y a esa anticipación eléctrica que solo existe entre dos personas que se desean con odio y hambre.
—Llegas tarde, Van Doren —susurró él, su voz era una vibración baja que le erizó el vello de la nuca.
—Había tráfico... y mi padre sospecha... —empezó a decir ella, pero Julián la silenció poniendo un dedo sobre sus labios.
—No me hables de tu padre. Esta noche, ese hombre no existe. Esta noche, no eres una heredera. Eres solo mía.
Julián la condujo hacia el centro de la habitación, donde una inmensa cama con dosel dominaba el espacio. Pero no la llevó a la cama. La obligó a arrodillarse sobre la alfombra de felpa blanca. Mía obedeció, temblando, sintiendo la mirada de él recorriéndola como si estuviera tasando una joya prohibida. Julián se quitó la chaqueta y la lanzó a un sillón, desabotonando los puños de su camisa con una lentitud tortuosa.
—Te dije que hoy el juego cambiaría —dijo él, sacando de un cajón una corbata de seda negra—. Pon las manos atrás, Mía.
El pulso de ella se aceleró. La idea de la entrega total, de perder el control ante el hombre que más la había marcado, la aterraba y la excitaba en partes iguales. Lentamente, llevó sus manos a la espalda. Julián rodeó sus muñecas con la seda, apretando el nudo con firmeza pero sin lastimarla. El contacto de la tela fría contra su piel caliente fue el primer detonante.
—Julián... —jadeó ella, arqueando la espalda.
—Shh. Solo siente —le ordenó.
Él empezó a rodearla, como un depredador estudiando a su presa. Con una mano, agarró su cabello y tiró de su cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta. Con la otra, sacó una pluma de cristal del escritorio cercano. Mía cerró los ojos cuando sintió la punta fría de la pluma recorriendo su clavícula, bajando por el centro de su pecho, trazando líneas invisibles sobre la seda de su vestido.
—Estás temblando, Mía. ¿Es miedo o es que no puedes aguantar más las ganas de que te destruya?
Julián bajó la cremallera de su vestido con un movimiento seco. La seda cayó a sus pies, dejándola completamente desnuda ante él, atada y vulnerable. Él soltó un gruñido bajo al verla. La luz de la luna delineaba sus curvas, el brillo de su piel y la humedad que ya empezaba a delatarla.
Él no la tocó con las manos todavía. Usó la pluma para recorrer sus pezones, que se endurecieron al instante bajo el roce frío. Mía soltó un gemido quebrado, sus caderas moviéndose instintivamente, buscando algo sólido a lo que aferrarse.
—Mírame —le ordenó Julián, arrodillándose frente a ella.
Cuando Mía abrió los ojos, lo encontró allí, devorándola con la mirada. Julián extendió la lengua y recorrió su propio labio inferior, antes de bajar su rostro hacia el pecho de ella. La tomó con la boca, succionando con una fuerza que le hizo ver estrellas. La combinación del dolor sutil y el placer intenso la hizo sollozar.
—Por favor, Julián... necesito... —suplicó ella, con las muñecas forcejeando contra la seda.
—Aún no —dijo él, su voz ronca de lujuria—. Quiero que sientas cada segundo de tu rendición. Quiero que entiendas que no hay un solo rincón de tu cuerpo que no me pertenezca.
Él bajó su camino de besos y mordiscos por su vientre, deteniéndose justo antes de su intimidad. Mía estaba fuera de sí. El vacío en su interior era un dolor físico. Julián la obligó a abrir más las piernas, exponiéndola por completo. Se tomó su tiempo, admirándola, disfrutando de la forma en que ella se retorcía ante su mirada.
Entonces, la probó.
La lengua de Julián fue un choque eléctrico. Entró en ella con una voracidad que la hizo gritar el nombre de él, un grito que se perdió en las paredes insonorizadas de la suite. Él la recorría con trazos largos y profundos, alternando con succiones rítmicas en su clítoris que la llevaban al borde del colapso. Mía jalaba sus manos atadas, sus músculos tensos, mientras el placer se acumulaba en su vientre como una tormenta a punto de estallar.
—¡Julián, voy a...! —gritó ella, con el cuerpo sacudiéndose en espasmos.
Él no se detuvo hasta que ella alcanzó un clímax violento que la dejó jadeando, con la cabeza apoyada en el hombro de él, llorando de puro alivio y agotamiento. Pero Julián no había terminado. Él se puso de pie, desabrochando su pantalón con una urgencia que ya no podía ocultar. La levantó del suelo como si no pesara nada y la lanzó sobre la cama, desatando sus muñecas solo para sujetarlas por encima de su cabeza con una sola de sus manos.
—Eso solo fue el principio, Van Doren —le dijo, su rostro a milímetros del de ella—. Ahora voy a recordarte por qué nunca pudiste olvidarme.
Se posicionó entre sus piernas, su hombría presionando contra la entrada de ella, que todavía palpitaba por el orgasmo anterior. Julián la miró fijamente, asegurándose de que ella viera el fuego en sus ojos antes de empujar. Entró en ella con una sola embestida profunda, llenándola por completo, haciéndola sentir que sus cuerpos se fundían en uno solo.
Mía soltó un gemido que fue mitad placer y mitad asombro. Era más de lo que recordaba, más de lo que había soñado. Julián empezó a moverse con un ritmo salvaje, sin delicadeza, poseyéndola con una furia que hablaba de cinco años de resentimiento y deseo acumulado. Cada estocada era un reclamo, cada beso era un sello.
—Eres mía —le decía él entre jadeos, sus manos apretando sus caderas con tanta fuerza que dejaría marcas—. No importa el apellido, no importa el dinero. Aquí, en esta cama, solo eres la mujer que nació para ser devorada por mí.
Mía lo rodeó con sus piernas, atrayéndolo más hacia adentro, queriendo que él la consumiera por completo. El sonido de sus cuerpos chocando, el roce de la piel sudorosa y las palabras sucias que él le susurraba al oído la llevaron a un nivel de éxtasis que nunca creyó posible. Estaba perdida, entregada al hombre que se suponía era su enemigo, sabiendo que después de esa noche, ya no habría vuelta atrás.
Llegaron juntos al final, en una explosión de sensaciones que los dejó vacíos y temblando sobre las sábanas de seda. Julián se dejó caer sobre ella, enterrando su rostro en su cuello, respirando con dificultad.
Minutos después, cuando el silencio regresó a la habitación, él se incorporó, mirándola con una mezcla de posesión y una sombra de algo que se parecía al afecto, aunque él nunca lo admitiría.
—Vístete —dijo él, recuperando su máscara de frialdad—. Tu padre te espera para la cena. Pero recuerda esto, Mía: él tiene tu nombre, pero yo tengo tu cuerpo y tu alma. Y a partir de hoy, vas a venir cada vez que yo te llame.
Mía se levantó, sintiendo el cuerpo adolorido y vibrante, sabiendo que el trato con el diablo estaba firmado. Se puso el vestido negro, pero se sintió diferente. Ya no era la heredera de los Van Doren; era la amante de Julián Rivas, y ese era un secreto que quemaría todo su mundo.
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Capaz que no les guste el rubro que está tomando la historia, pero a mí me fascina porqué siempre quise leer a un Cristian Grey's o por lo menos hasta donde la aplicación me dejé. Así que si no les gusta dejen de leerla porque esto será peor.
muchas gracias 🌹