Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Sorpresa
El silencio que quedó después de sus palabras era distinto a cualquier otro que hubieran compartido antes. No era incómodo, ni pesado; era un silencio cargado de expectativa, de emociones contenidas que se agitaban bajo la superficie como un mar inquieto.
Cuando Sebastián llegó hasta su auto, abrió la puerta se sentó, pero no encendió el motor del auto se recostó cerrando los ojos, pensado si debía regresar o irse definitivamente, y perder la oportunidad de hablar y descubrir si Amanda aún siente algo por él.
Abrió los ojos y bajo del auto camino nuevamente al departamento de Amanda al llegar se detuvo frente a la puerta durante algunos segundos dudando si debía tocar el timbre. Por fin todo el timbre, espero un instante cuando de pronto la puerta se abrió.
-- ¡Sebastián! -- Dijo Amanda con voz de sorpresa al ver a Sebastián nuevamente parado ahí frente a su puerta.
-- Amanda, yo... Tenemos que hablar. --
Amanda solo se hizo a un lado dándole paso a Sebastián.
Sebastián y Amanda permanecieron, separados apenas por unos pasos, mirándose como si el tiempo hubiera decidido concederles un momento fuera de toda lógica.
Amanda se cruzo de brazos frente al pecho, no como una barrera, sino como un intento inútil de protegerse de lo que sentía. Sebastián, en cambio, permanecía inmóvil, con las manos tensas a los costados del cuerpo, luchando contra un impulso que crecía con cada segundo que pasaba.
Había regresado con la intención de aclarar las cosas, de hablar, de cerrar heridas con palabras. Pero ahora comprendía que no todo podía resolverse así. Algunas cosas vivían más allá del lenguaje.
—Sebastián… —dijo Amanda al fin, rompiendo el silencio—. Sabes que esto no es correcto.
Él asintió lentamente.
—Lo sé —respondió con voz baja—. Siempre fue peligro desde que nos conocimos.
Amanda dio un paso hacia atrás, apoyándose contra la pared. Su respiración se volvió más agitada, aunque intentaba mantener la compostura.
—No quiero volver a salir herida —confesó—. Me costó mucho reconstruirme, por qué de verdad me enamoré de ti Sebastián.
Las palabras le atravesaron el pecho a Sebastián como un golpe certero. Dio un paso hacia ella, sin tocarla aún, respetando esa línea invisible que ambos sabían que estaba a punto de romperse.
—Nunca fue mi intención lastimarte. Pero no sabía que tú estuvieras enamorada de mí.—dijo—. Pero sé que te lastime. Y no hay día que no me arrepienta.
Amanda levantó la mirada. Sus ojos brillaban, no por lágrimas abiertas, sino por emociones contenidas que amenazaban con desbordarse.
—Entonces no lo hagas más difícil —pidió Amanda. — No te acerques así… no me mires de esa forma.
Sebastián tragó saliva. Estaba demasiado cerca ahora. Podía sentir su perfume, ese aroma familiar que lo había acompañado incluso en los años de ausencia. El recuerdo de esas noches imparables de intimidad, de besos robados en la oficina, acudieron a su mente sin permiso.
—No sé cómo mirarte de otra manera —admitió Sebastián.—. Ya no sé cómo mirarte de otra manera.
Y entonces la siguiente palabra que pronunció Sebastián cayo con un rayo que dejó Amanda sin palabras.
-- Te amo. --
Amanda cerró los ojos por un instante, como si necesitara reunir fuerzas, ante lo dicho por Sebastián. Cuando los abrió, ya no había negación en su mirada, solo una vulnerabilidad desnuda.
—Esto no es justo —susurró.
—Nunca lo a sido — respondió Sebastián.
Sebastián levantó la mano lentamente, con un gesto contenido, casi temeroso, y rozó con los dedos el borde de su muñeca. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero suficiente para que Amanda inhalara bruscamente.
No se apartó.
Ese pequeño gesto rompió el último hilo de autocontrol que Sebastián había estado sosteniendo con esfuerzo. Dio un paso más, quedando frente a ella, tan cerca que podían sentir el aliento del otro.
—Dime que me detenga —pidió Sebastián, con la voz cargada de emoción—. Y lo haré.
Amanda lo miró. Durante un segundo eterno, la lucha interna fue visible en su rostro: el miedo contra el deseo, la razón contra el recuerdo, el pasado contra el presente.
No dijo nada.
Ese silencio fue su respuesta.
Sebastián ya no pudo contenerse.
Con una suavidad que contrastaba con la intensidad de lo que sentía, llevó una mano al rostro de Amanda, sosteniéndola con cuidado, como si temiera que pudiera romperse. Ella tembló bajo su contacto, pero no se apartó. Sus ojos se cerraron de manera casi involuntaria, como si su cuerpo hubiera tomado la decisión antes que su mente.
Sebastián se inclinó lentamente, dándole tiempo, espacio para detenerlo si así lo deseaba. Pero Amanda permaneció ahí, inmóvil, expectante.
Cuando sus labios se encontraron, el beso fue suave, contenido, casi reverente. No fue un arrebato, sino una confesión silenciosa. Un beso que hablaba de todo lo que habían sido, de todo lo que perdieron, de todo lo que aún dolía.
Amanda contuvo el aliento durante un segundo… y luego respondió.
Sus labios se movieron con los de Sebastián, primero con cautela, luego con una necesidad creciente que ya no pudo negar. Sebastián sintió cómo su pecho se llenaba de una emoción abrumadora, una mezcla de alivio y anhelo que lo dejó sin defensas.
El beso se profundizó lentamente, cargado de recuerdos. No había prisa, solo la urgencia de reconocerse otra vez. Sebastián la atrajo con cuidado, apoyando la frente contra la suya cuando tuvo que separarse apenas para respirar.
Amanda apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
—No debió pasar —murmuró, con la voz temblorosa.
—Lo sé —respondió Sebastián, sin apartarse—. Pero pasó.
Ella abrió los ojos. Había lágrimas contenidas en ellos, pero también una luz que él no había visto en mucho tiempo.
—No sabes cuánto quise olvidarte —confesó—. Cuántas veces me prometí que no volvería a caer.
Sebastián deslizó el pulgar por su mejilla, limpiando una lágrima que finalmente escapó.
—Y aun así… —susurró.
—Y aun así —repitió ella.
Se quedaron así unos segundos, abrazados, sin besarse, solo sosteniéndose, como si el simple acto de estar cerca fuera suficiente para desarmarlos por completo.
Amanda fue la primera en separarse un poco, aunque no rompió del todo el contacto.
—Esto cambia las cosas —dijo Amanda —. Ya no podemos fingir que no sentimos nada.
Sebastián asintió.
—Nunca pude fingirlo —admitió—. Solo aprendí a esconderlo mal.
Amanda esbozó una sonrisa triste.
—Siempre fuiste terrible ocultando lo que sentías.
—Y tú nunca fuiste demasiado valiente para decirlo —respondió él.
Ella apoyó la frente en su hombro, cerrando los ojos.
—Tengo miedo, Sebastián.
Él la rodeó con los brazos, sin apretarla, dejándole espacio.
—Yo también —confesó—. Pero esta vez… no quiero huir.
Amanda respiró hondo, absorbiendo sus palabras. No sabía qué ocurriría después. No sabía si ese beso significaba un nuevo comienzo o una herida que volvería a abrirse.
Pero sabía algo con absoluta certeza: ese beso no había sido un error.
Se separaron lentamente. Sebastián tomó su abrigo.
—Debería irme —dijo con voz suave—. No quiero presionarte más.
Amanda asintió, aunque en su mirada había una súplica silenciosa.
—Gracias por no irte antes —dijo—. Por esperar.
Sebastián la miró una última vez antes de abrir la puerta.
—Gracias por no cerrarme tú corazón —respondió.
Cuando se fue, Amanda permaneció de pie en medio del departamento, tocándose aún los labios, como si necesitara asegurarse de que lo ocurrido había sido real.
A veces, un beso no es solo un beso.
A veces es una verdad largamente callada. Una herida que vuelve a doler. Y una esperanza que, aunque dé miedo, se niega a morir.
Y para Sebastián y Amanda, ese beso fue el comienzo de una conversación que ya no podían seguir postergando
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.