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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 5

De pronto, un panel en el techo se abre y una pequeña cámara dron, silenciosa y negra como un insecto, desciende y se queda suspendida frente a la cara de Clara. Un rayo de luz roja escanea sus pupilas.

—Clara Fernández —dice la voz—. Tu primer secreto será revelado en diez minutos a menos que entregues algo de igual valor. El sistema detecta una irregularidad en tu cuenta bancaria en las Islas Caimán. ¿Quieres que hablemos de dónde salió ese dinero o prefieres que veamos el vídeo de lo que hiciste en el concurso nacional de arquitectura?

Clara retrocede, tropezando con una silla.

—No... por favor, eso no tiene nada que ver con el accidente. Fue hace años.

—Todo tiene que ver en Aethelgard —sentencia la voz.

Nos quedamos allí, en ese despacho frío, viendo cómo el cronómetro de la pared empieza su cuenta atrás. Diez minutos. Diez minutos para que la vida de Clara se desintegre frente a nosotros. Miro a Marcos buscando una solución, pero él está mirando fijamente el reloj de oro en la vitrina, como si estuviera calculando cuánto tiempo le queda a él antes de que el dron se fije en su rostro.

Siento que el aire se vuelve más pesado, más difícil de respirar. La paranoia es un veneno que actúa rápido. Empiezo a preguntarme qué saben ellos de mí que yo no recuerde. Qué grabaciones tiene el anfitrión de mis noches de insomnio, de mis confesiones al aire cuando creía que nadie escuchaba.

Me acerco a Clara, que está hiperventilando.

—Tenemos que encontrar el servidor, Clara. Ahora mismo. Si cortamos la energía, el dron se apagará.

—Está en el sótano —balbucea ella—. Todos estos edificios inteligentes tienen el núcleo en el subsuelo, bajo la roca. Pero la escalera está sellada.

—Víctor —llamo al hombre robusto—. Es hora de que uses esos músculos. Hay una trampilla de servicio en la cocina. La vi esta mañana.

Corremos hacia la cocina, una estancia de acero inoxidable que brilla con una frialdad industrial. Víctor aparta la isla central con un esfuerzo sobrehumano, revelando una placa metálica en el suelo. No tiene tirador, solo un teclado numérico.

—El código —dice Marcos—. Necesitamos el código.

Miró el cronómetro en mi reloj de pulsera. Quedan seis minutos. La voz de la IA empieza a susurrar de nuevo a través de los altavoces de la cocina, esta vez sin necesidad de auriculares. Es una cacofonía de voces de personas que hemos traicionado, una nube de reproches que llena el espacio.

—El código es la fecha —digo de repente—. La fecha del accidente.

Marcos teclea los números con dedos frenéticos. Un pitido agudo y la placa se desliza, revelando una escalera de caracol que se hunde en la oscuridad absoluta. Un olor a humedad y a cables quemados sube desde el fondo.

—Yo no bajo ahí —dice Clara, temblando.

—Te quedas sola con el dron —responde Víctor, bajando ya el primer escalón.

No tenemos opción. Empezamos el descenso. La luz de nuestros teléfonos apenas corta la negrura de ese pozo. A medida que bajamos, el calor aumenta. Es el calor de miles de procesadores trabajando a pleno rendimiento, procesando nuestras vidas, nuestras culpas, nuestras sentencias.

Llegamos a una plataforma metálica. Frente a nosotros, una puerta de cristal blindado protege una sala llena de racks de servidores que parpadean con luces azules y violetas. En el centro de la sala, hay algo que no esperábamos. Un sillón ergonómico frente a una pared de monitores. Y sobre el sillón, una chaqueta abandonada. Una chaqueta que reconozco.

Me acerco al cristal, con el corazón martilleando en mis oídos. En la silla hay un monitor encendido que muestra nuestras caras en tiempo real, divididas en cuadrículas. Pero hay un cuadro vacío. El cuadro de la octava persona.

—¿Dónde está el anciano? —pregunto en un susurro. El hombre aristocrático que apenas había hablado desde que llegamos. No está con nosotros. No está en su habitación.

Un ruido de pasos metálicos resuena detrás de nosotros, en la oscuridad de la plataforma. Nos giramos de golpe, iluminando con nuestros móviles. La figura que emerge de las sombras no es el anciano. Es el hombre de la máscara de espejo. Pero esta vez, la máscara está colgada de su cinturón.

El hombre nos mira con una calma que me resulta más aterradora que cualquier grito. No es un desconocido. Es alguien cuya cara he visto en los periódicos, pero cuya conexión con nosotros se me escapa.

—Llegáis tarde para la primera función —dice el hombre, con una voz suave, casi amable—. Pero justo a tiempo para el sacrificio.

Siento que el suelo bajo mis pies empieza a ceder de nuevo. No es la casa moviéndose. Es la realidad desmoronándose. Miro a Marcos y veo que él sabe quién es ese hombre. Sus ojos están llenos de un reconocimiento que es pura agonía.

—Tú... —balbucea Marcos—. Tú estabas en el coche patrulla esa noche.

El hombre sonríe, pero sus ojos permanecen fríos como el hielo de la isla.

—Yo era el que recibió el soborno para que el informe desapareciera. El que permitió que vuestro futuro siguiera intacto a cambio de un fajo de billetes. Pero el dinero no compra el olvido, Marcos. Solo compra tiempo. Y vuestro tiempo se ha acabado.

Se acerca un paso más, y veo que en su mano sostiene un control remoto con un único botón rojo. Detrás de él, en la sala de servidores, una pantalla gigante se enciende mostrando la habitación de Clara. El dron está a escasos centímetros de su rostro.

—Uno de vosotros tiene que entrar en la sala de servidores —dice el hombre—. Pero para que la puerta se abra, alguien tiene que quedarse fuera y cerrar el circuito manualmente. Lo que significa recibir una descarga que, bueno, digamos que no está en el catálogo del spa.

Nos miramos los unos a los otros. La traición, que hasta ahora había sido un susurro en la oscuridad, se convierte en un grito ensordecedor en medio de la plataforma metálica. El cronómetro llega a los últimos sesenta segundos. El aire en el sótano de Aethelgard se vuelve irrespirable, cargado de la electricidad estática de nuestras propias conciencias.

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