Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 10: La Noche en que Murió su Mundo
La mañana había sido demasiado normal.
Y por eso mismo…
Más cruel.
Una Calma que Mentía
La academia transcurrió sin incidentes.
Los profesores hablaron como siempre.
Los alumnos caminaron entre pasillos como si el mundo siguiera siendo estable.
El sonido de las espadas de entrenamiento, las voces en los patios, el murmullo de las clases…
Todo parecía intacto.
Como si nada malo pudiera pasar.
Asahi acompañó a Himari durante parte del día.
No habló demasiado.
Pero estuvo cerca.
Eso, para ella, ya era algo.
A veces caminaban en silencio por los corredores, y aunque la distancia entre ambos seguía ahí, Himari sintió por momentos que su hermano todavía estaba a su lado.
No del todo perdido.
No del todo lejos.
Solo cansado.
Solo herido.
Solo… resistiendo.
Y por un instante, ella quiso creer que las cosas todavía podían mejorar.
Que podían volver a casa.
Cenar con sus padres.
Dormir.
Despertar.
Y seguir viviendo.
Pero el reino ya había decidido otra cosa.
El Regreso
La noche cayó despacio sobre las calles del barrio bajo.
Asahi y Himari caminaron juntos hacia casa bajo la luz tenue de las antorchas de la calle.
El aire estaba más frío de lo habitual.
Había demasiado silencio.
Demasiada quietud.
Asahi fue el primero en notarlo.
—Espera —murmuró de repente.
Himari se detuvo.
—¿Qué pasa?
Asahi entrecerró los ojos.
Su casa estaba a la vista.
Pero algo no estaba bien.
Había sombras moviéndose alrededor.
Formas metálicas.
Reflejos de armadura bajo la luz.
Y entonces los vio.
Soldados reales.
Muchos.
Demasiados.
Rodeando la casa Suzuki.
El corazón de Himari se detuvo por un segundo.
—No… —susurró.
Asahi dio un paso al frente.
—¡¿Qué están haciendo?!
El Reino Llega a su Puerta
Los soldados se giraron al escucharlo.
Uno de ellos avanzó un paso.
—Asahi Suzuki. Himari Suzuki. Por orden de la corona, toda esta familia queda arrestada bajo sospecha de traición al reino.
El mundo pareció detenerse.
Himari lo miró sin entender.
—¿Qué…?
—¡Eso es mentira! —gritó ella.
Pero los soldados no escuchaban.
No estaban ahí para escuchar.
Estaban ahí para ejecutar una decisión que ya había sido tomada.
La puerta de la casa se abrió de golpe.
Kenji y Aiko fueron sacados con brusquedad al exterior.
Con las manos sujetas.
Con el rostro tenso.
Con el miedo dibujado en la respiración.
—¡Mamá!
—¡Papá!
Himari intentó correr hacia ellos, pero Asahi la detuvo al instante con un brazo.
No por frialdad.
Por instinto.
Porque ya sentía que aquello estaba a punto de romperse por completo.
El Fuego
Entonces ocurrió.
Una guardia levantó una antorcha.
Y sin dudarlo…
La arrojó contra el techo de madera de la casa.
El fuego prendió casi de inmediato.
Primero una esquina.
Luego otra.
Después el aire mismo pareció llenarse de chispas y humo.
La pequeña casa Suzuki…
Su hogar…
Empezó a arder frente a ellos.
Himari se quedó sin aire.
—¡NO!
Asahi dio un paso al frente, con los puños temblando.
Su voz salió rota.
Llena de rabia.
—Malditos… pagarán por esto.
Varios soldados soltaron risas bajas.
Risas secas.
Vacías.
Como si estuvieran disfrutando la escena.
Como si destruir una familia humilde no fuera más que otro trabajo nocturno.
Y eso…
Eso fue lo que terminó de encender algo dentro de Asahi.
La Línea que No Debieron Cruzar
Kenji levantó apenas la cabeza al ver a sus hijos.
Y aunque estaba asustado…
Lo primero que intentó hacer fue tranquilizarlos.
—No se acerquen… —dijo con dificultad—. No hagan nada…
Aiko también los miró.
Tenía lágrimas contenidas, pero en sus ojos aún quedaba lo de siempre.
Amor.
Solo amor.
Como si incluso en ese momento…
Lo único que le importara fuera protegerlos.
Los soldados empujaron a ambos padres hacia adelante.
Los colocaron frente a sus hijos.
Como si aquello fuera un espectáculo.
Como si quisieran que vieran.
Como si quisieran asegurarse de romperlos de la forma correcta.
Asahi sintió que todo dentro de él se tensaba.
Su respiración se volvió pesada.
Su pulso se aceleró.
Y habló con una voz que ya no sonaba del todo humana.
—Tocan a mis padres…
Dio un paso adelante.
Sus ojos comenzaron a oscurecerse.
—Y juro que los mato.
Silencio.
Solo por un segundo.
Un segundo pequeño.
Un segundo que pudo haber cambiado todo.
Pero el reino nunca da tiempo a los inocentes.
La Ruptura
Los soldados actuaron.
Y el mundo de Asahi e Himari se rompió en ese mismo instante.
Sus padres cayeron frente a ellos.
Sin que pudieran hacer nada.
Sin que pudieran llegar.
Sin que el reino mostrara una sola pizca de compasión.
Himari cayó de rodillas al instante.
Como si las piernas hubieran dejado de sostenerla.
Sus manos temblaban.
Su respiración estaba rota.
Su mente se negaba a entender lo que sus ojos acababan de ver.
—No…
—No…
—No…
Solo podía repetirlo.
Como si negar la realidad pudiera detenerla.
Como si el mundo fuera a corregirse si lo decía suficientes veces.
Pero no ocurrió.
Nada se corrigió.
Nada volvió atrás.
Nada tuvo piedad.
El Silencio de Asahi
Y Asahi…
No gritó.
No lloró.
No corrió.
No habló.
Se quedó completamente inmóvil.
Paralizado.
Mirando.
Solo mirando.
A sus padres.
A la casa en llamas.
A los soldados riéndose.
A Himari destruida en el suelo.
Y en ese instante…
Algo dentro de él murió también.
No su cuerpo.
No su conciencia.
No todavía.
Pero sí algo más importante.
Su inocencia.
Su humanidad más cálida.
La parte de él que todavía creía que el mundo podía ser salvado.
Todo eso…
Ardió junto con la casa.
El Nacimiento del Vacío
El fuego iluminó el rostro de Asahi.
Y entonces…
Sus ojos cambiaron.
El marrón desapareció.
Un rojo carmesí oscuro comenzó a extenderse lentamente por su mirada.
Frío.
Profundo.
Vacío.
Al mismo tiempo, entre el humo y las llamas, varios mechones de su cabello empezaron a perder color.
Blanco.
Pálido.
Muerto.
Himari, todavía arrodillada, levantó la mirada hacia él con lágrimas en los ojos.
Y por primera vez en su vida…
Sintió miedo de lo que estaba viendo en su hermano.
Porque Asahi seguía ahí.
Pero lo que acababa de despertar…
No parecía dispuesto a seguir siendo humano.