Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4: Las tiendas ya no son lo que eran.
Con trescientos dólares y el orgullo todavía ardiendo por lo del callejón, Vincent decidió que lo primero era ropa. No podía seguir usando el mismo vestido apretado que olía a sudor y a mala decisión, y los recuerdos de Emilia le decían que las mujeres de esta época tenían opciones que iban mucho más allá de tres vestidos y un camisón.
El problema era que trescientos dólares tenían que durar, y gastarlos en ropa cuando todavía necesitaba pagar el hotel y comer era un lujo que no podía permitirse. Lo que sí podía permitirse era robar, porque Vincent Moretti llevaba robando desde antes de que le saliera el primer pelo en la cara y no había nacido la tienda que pudiera con él.
O eso creía.
Encontró una de esas tiendas enormes que ocupaban una cuadra entera, con puertas de cristal que se abrían solas cuando te acercabas —cosa que casi le provoca un infarto la primera vez, porque en su época las puertas no tomaban decisiones por su cuenta— y un interior tan grande y tan iluminado que parecía un almacén del ejército disfrazado de palacio. Filas interminables de ropa colgada en barras metálicas, organizada por colores y tamaños, con letreros y precios en todas partes. Todo limpio, todo ordenado, todo brillante.
En mis tiempos, robar una tienda era cuestión de esperar a que el dueño se distrajera, meter lo que pudieras debajo del abrigo y salir caminando como si nada. Simple.
Vincent caminó por los pasillos con la calma de quien sabe lo que hace. Eligió con cuidado: ropa oscura, práctica, nada llamativo. Un par de pantalones que parecían cómodos, unas camisetas, ropa interior que entendiera cómo ponerse. Fue doblando cada prenda con cuidado y metiéndola debajo del vestido, aprovechando que la amplitud de la tela y el volumen de su cuerpo creaban un espacio generoso donde esconder cosas. Una ventaja inesperada de ser gorda: había mucho donde disimular.
La técnica funcionó a la perfección. Las prendas desaparecían debajo del vestido como si fueran tragadas por un agujero negro, y Vincent caminaba por los pasillos con la naturalidad de alguien que lleva toda la vida haciéndolo, porque efectivamente llevaba toda la vida haciéndolo. Dos camisetas contra el abdomen, un pantalón enrollado en cada muslo sostenido por el elástico de la ropa interior, tres pares de calcetines metidos en quién sabe dónde. La gorda del vestido negro se había convertido en una gorda ligeramente más gorda, y nadie parecía notarlo.
Todavía lo tengo. Cien años después y todavía lo tengo.
Se dirigió a la salida con paso tranquilo, sin apuro, sin mirar atrás, exactamente como le había enseñado el viejo Ferrante cuando tenía trece años: "Camina como si la tienda fuera tuya, muchacho. El que corre es el que roba. El que camina es cliente."
Cruzó las puertas de cristal.
Y el mundo se volvió una sirena.
Un pitido agudo, estridente, ensordecedor, que salía de unas columnas blancas que estaban a ambos lados de la puerta y que Vincent no había visto porque parecían parte de la decoración. El sonido le taladró los oídos y le heló la sangre de una manera que seis balazos bajo el puente de Brooklyn no habían logrado, porque los balazos los entendía pero esto era brujería pura.
Se quedó paralizada en la puerta con la cara de alguien que acaba de pisar una mina terrestre y todavía no sabe si ya explotó o está a punto de explotar.
Un tipo de uniforme azul apareció de la nada, como si hubiera estado esperando detrás de una pared. Grande, serio, con una placa que decía SEGURIDAD y una expresión que decía "otra vez lo mismo".
—Señora, necesito que me acompañe.
¿Cómo? ¿Cómo supieron? No me vio nadie. Estoy seguro de que no me vio nadie.
La llevaron a una oficina en la parte trasera de la tienda, un cuarto pequeño con una mesa, dos sillas y una pantalla en la pared. Y ahí fue cuando Vincent entendió lo que había pasado, porque el tipo de seguridad encendió la pantalla y ahí estaba ella, en blanco y negro, vista desde arriba, en cada pasillo, en cada segundo, doblando ropa y metiéndola debajo del vestido con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
Cámaras.
Cámaras en el techo que grababan todo, todo el tiempo, sin parpadear, sin distraerse, sin necesitar sobornos ni amenazas. Ojos que no dormían, que no se cansaban, que no miraban hacia otro lado cuando les ponías un billete en la mano.
Cámaras. Hay cámaras en todas partes. Por eso la gente no roba como antes. No es que se hayan vuelto honestos. Es que los están mirando siempre.
Vincent miró la pantalla con una mezcla de horror y admiración. En su época, el mejor sistema de seguridad era un tipo con un bate detrás del mostrador. Esto era otra cosa. Esto cambiaba todas las reglas.
Estoy jodida.
Llamaron a la policía. Llegaron dos oficiales que parecían más aburridos que molestos, como si arrestar a una gorda por robar ropa en una tienda departamental fuera lo más mundano de su turno. Le pidieron identificación, que por supuesto no tenía, y eso complicó las cosas porque una mujer sin identificación que roba ropa y no puede explicar quién es ni dónde vive levanta preguntas que Vincent no quería responder.
La llevaron a la estación en una patrulla. Le tomaron las huellas digitales, que fue otra experiencia nueva y desagradable, porque en su época las huellas eran algo que los detectives buscaban después del crimen y no antes. Le tomaron una foto de frente y de perfil, como en las películas pero sin la elegancia, y la metieron en una celda con un banco de metal y un retrete sin tapa que olía a decisiones peores que las suyas.
Vincent se sentó en el banco y apoyó la espalda contra la pared fría. No era la primera vez que estaba tras las rejas, pero sí la primera vez que lo estaba en este cuerpo, y la diferencia era notable: nadie le tenía miedo. En su vida anterior, cuando lo arrestaban —que pasó dos veces, ambas por cargos menores que desaparecieron gracias a los abogados de Don Alessio—, los otros presos lo miraban y sabían que no debían hablarle. Ahora era una gorda sin nombre en una celda, y el guardia que pasaba cada media hora la miraba con la misma indiferencia con la que miraría una silla vacía.
Este mundo no funciona a golpes. Funciona a información. Cámaras, huellas, pantallas. Aquí el que sabe es el que gana, no el que pega más fuerte.
Fue una lección valiosa, y Vincent tenía la costumbre de aprender las lecciones la primera vez, porque la segunda vez generalmente venía con un ataúd.
Pasaron horas. Tres, tal vez cuatro. No vino nadie a interrogarla, nadie le ofreció una llamada, nadie le explicó qué iba a pasar. Vincent se acostó en el banco, cerró los ojos y empezó a planificar, porque planificar era lo único que podía hacer y lo único que siempre lo había salvado.
Entonces escuchó los pasos del guardia acercándose, pero esta vez se detuvo frente a su celda. El sonido de llaves, el chirrido de la puerta, y una voz que sonaba casi sorprendida:
—Señora, está libre. Pagaron su fianza.
Vincent abrió los ojos.
¿Fianza? ¿Quién carajos pagó mi fianza?
No tenía amigos. No tenía conocidos. No tenía a una sola alma en este siglo que supiera su nombre, o el nombre de Emilia, o que ella existiera siquiera. ¿Quién podía haber...?
Se levantó y caminó por el pasillo detrás del guardia, pasando otras celdas, pasando escritorios de policías que no la miraban, pasando la puerta que separaba las celdas de la recepción. Y ahí, de pie junto al mostrador, con un abrigo largo de lana gris y una expresión que hubiera congelado el East River en pleno julio, estaba un hombre.
Alto. Delgado. Pelo canoso peinado hacia atrás con una perfección que solo da el dinero viejo. Mandíbula apretada. Ojos grises, fríos, que la miraron como quien mira un problema que creía resuelto y descubre que sigue ahí.
Los recuerdos de Emilia lo identificaron antes de que él abriera la boca, y llegaron acompañados de una oleada de terror puro que no era de Vincent sino de ella, un miedo antiguo, profundo, grabado en los huesos de este cuerpo como una cicatriz que nunca sanó.
Papá.
El hombre la miró de arriba abajo. El vestido arrugado, el pelo deshecho, las zapatillas sucias. Cada detalle registrado y juzgado en una fracción de segundo.
—Pensaste que te ibas a esconder, maldita —dijo, y lo dijo bajito, con esa calma que tienen los hombres que no necesitan gritar porque el mundo ya les tiene miedo—. Pensaste que podías salir corriendo como una rata y que nadie te iba a encontrar.
Vincent no contestó. No porque no tuviera nada que decir, sino porque estaba procesando la información a toda velocidad: este hombre la estaba buscando, este hombre la encontró a través de las huellas o del arresto o de algún contacto en la policía que le avisó, este hombre tenía el poder y los recursos para rastrear a una mujer sin identificación en una ciudad de millones de personas en cuestión de horas.
Este tipo no es un padre. Es un dueño. Y vino a buscar lo que cree que le pertenece.
—Camina —le dijo el padre de Emilia, agarrándola del brazo con la misma fuerza con la que el borracho del callejón la había agarrado, pero sin la torpeza del alcohol, sin la duda, con la seguridad de quien ha hecho esto muchas veces.
La sacó de la estación y la metió en un auto negro que esperaba en la puerta con el motor encendido y un chofer que no los miró. Las puertas se cerraron con ese sonido suave y definitivo que tienen las cosas caras, y el auto arrancó.
Vincent iba en el asiento trasero, al lado del hombre que la vendió a un viejo, mirando por la ventana cómo las calles de Nueva York se deslizaban en silencio detrás del cristal polarizado. Los recuerdos de Emilia le gritaban adentro de la cabeza, una encima de otro, una infancia entera de miedo resumida en imágenes que le dolían como si fueran suyas: golpes que nadie veía, insultos que nadie escuchaba, una niña gorda llorando en un baño mientras del otro lado de la puerta la madrastra le decía que dejara de hacer ruido.
Y debajo de todo eso, debajo del miedo de Emilia que este cuerpo recordaba en los músculos y en los huesos, Vincent estaba pensando una sola cosa con la claridad helada de un hombre que ha sobrevivido a cosas peores que un padre con dinero y cara de piedra:
Me va a devolver con el viejo. Y cuando descubra que el viejo está muerto, me va a matar a golpes.
El auto avanzaba hacia el este de Manhattan y Vincent miraba la ciudad pasar sabiendo que tenía que pensar rápido, más rápido de lo que había pensado en su vida, porque esta vez no había callejón por donde escapar ni taxi amarillo esperando en la esquina.
Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.
El viejo Reencarno!