Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 15: Las cenizas del pasado
Viollet
La sangre de mi padre aún manchaba mis manos cuando el sol se alzó sobre el valle.
No era la primera vez que llevaba sangre en la piel. La primera vida, mis manos se habían teñido de rojo cuando intenté salvar a Rubén, cuando lo encontré en el suelo de su habitación con el cuchillo de Emill clavado en el costado. Esa sangre había sido una condena. Esta, una liberación.
Pero la liberación sabía a ceniza.
Me lavé las manos en el arroyo hasta que el agua dejó de teñirse de rojo. El frío me mordió los dedos, pero no me importó. Necesitaba sentir algo que no fuera el vacío que se había instalado en mi pecho desde que vi caer a mi padre.
No había sido yo quien lo había matado. Había sido Rubén, interponiéndose entre la daga del conde y mi corazón. Pero la responsabilidad, de alguna manera, era mía. Si no hubiera enfrentado a mi padre con el cofre, si no lo hubiera humillado delante de sus hombres, quizá no habría atacado. Quizá Rubén no estaría ahora tendido en una tienda, con el costado vendado y la respiración débil.
—Duquesa.
La voz de Lars me arrancó de mis pensamientos. Estaba de pie en la orilla opuesta del arroyo, con el uniforme manchado de sangre y el rostro surcado por la fatiga.
—El duque ha despertado —dijo—. Pide verla.
Me sequé las manos en la falda y regresé al campamento con pasos que intentaban no ser una carrera. La tienda de Rubén estaba custodiada por dos soldados que se apartaron al verme. Dentro, el médico cambiaba las vendas con manos expertas, y Rubén estaba incorporado sobre las pieles, con el rostro pálido pero los ojos abiertos.
—Viollet —dijo, y su voz era un hilo, pero en ella había algo que me devolvió la vida.
—Estoy aquí —respondí, arrodillándome a su lado y tomando su mano—. No me muevo.
El médico terminó de vendar la herida y se retiró con una reverencia. Nos quedamos solos, con el silencio del campamento filtrándose a través de las telas.
—Tu padre —dijo Rubén, y en su voz no había triunfo, solo una calma que me sorprendió.
—Murió. Lo vi caer.
—¿Y Grecia?
—Escapó. Lars envió hombres tras ella, pero la fortaleza tenía pasadizos secretos. Desapareció.
Rubén apretó mi mano con una fuerza que desmentía su debilidad.
—La encontraremos.
—Lo sé —respondí, aunque en mi voz no había la certeza que quería transmitir—. Pero ahora lo importante eres tú.
—Sobreviviré. No es la primera vez que me hieren.
—No me importan las otras veces —dije, y mi voz se quebró—. Me importa esta. Me importas tú.
Me atrajo hacia él con un brazo, y yo fui sin resistencia, apoyando la cabeza en su pecho sano, sintiendo los latidos de su corazón contra mi mejilla. Estaba vivo. Eso era lo único que importaba.
—¿Qué pasará ahora? —pregunté, después de un largo silencio.
—Ahora volvemos a la capital. Entregamos los documentos al rey. Recibimos las gracias que nadie nos dará realmente. Y luego nos vamos a la finca de los acantilados, como prometí.
—¿Y Grecia?
—Grecia esperará. No puede esconderse para siempre. Y cuando aparezca, estaremos listos.
Cerré los ojos y dejé que el calor de su cuerpo me envolviera. Afuera, los soldados comenzaban a desmontar el campamento. El sonido de los martillos golpeando las estacas, de los caballos relinchando, de las voces que se llamaban unas a otras, todo parecía lejano, irrelevante. Solo existía él, su respiración, sus dedos enredados en mi cabello.
—Viollet —dijo, después de un rato—. ¿Qué pasó en la cueva? Dijiste algo… sobre volver del otro lado. Sobre haber mirado a la muerte a los ojos.
Me tensé. Había dicho demasiado, lo sabía. En el calor de la batalla, frente a Grecia, las palabras habían salido solas, empujadas por años de silencio y una vida entera de mentiras.
—No es el momento —dije, apartándome con suavidad.
—¿Cuándo será el momento? —preguntó, y en sus ojos grises vi una determinación que no admitía evasivas—. Cada vez que te pregunto, me dices que no es el momento. Que algún día me lo contarás. ¿Qué día, Viollet? ¿Cuándo dejarás de esconderte de mí?
—No me escondo.
—Sí. Te escondes. Detrás de esa sonrisa dulce que usas con los enemigos, detrás de esa fuerza que finges tener siempre, detrás de las palabras que dices a medias. Te escondes de mí, y no sé por qué.
El silencio se alargó. Las palabras se agolpaban en mi garganta, pero no lograban salir. ¿Cómo decirle que había muerto? ¿Cómo explicar que había vuelto del pasado con la memoria de una vida entera en la que él había muerto, en la que yo había sido decapitada, en la que todo había salido mal?
—Tengo miedo —dije al fin, y mi voz era apenas un susurro.
—¿Miedo de qué?
—De que si te lo cuento, me mires diferente. De que pienses que estoy loca. De que todo esto que hemos construido se desmorone porque no puedo explicar lo que soy.
Rubén me tomó el rostro entre sus manos, con una delicadeza que contrastaba con la dureza de sus dedos callosos.
—Nada de lo que me digas va a hacer que te mire diferente —dijo, y su voz era una promesa—. He visto cómo enfrentas a tus enemigos. He visto cómo proteges a los que amas. He visto la verdad en tus ojos, Viollet. No hay mentira que pueda borrar eso.
Cerré los ojos y dejé que sus palabras me envolvieran. Cuando los abrí, estaba lista.
—Viví esta vida antes —dije—. Otra versión de ella. En esa vida, tú y yo nos casamos por las mismas razones: una deuda con Darell, un favor que pagar. Pero en esa vida, no pasó lo que ha pasado ahora. No nos conocimos. No nos amamos. Tú te fuiste a las islas del norte una semana después de la boda, y yo me quedé sola en el palacio, esperando a un esposo que nunca volvió.
Rubén enmudeció. Sus manos, que habían estado en mi rostro, cayeron a los costados.
—¿Nunca volví? —preguntó, y en su voz había algo que no supe identificar.
—Volviste. Pero no vivo. Emill te asesinó en tu propia cama, con un cuchillo que luego pusieron en mis manos. Me acusaron de tu muerte. Me juzgaron sin pruebas, me condenaron sin piedad. Y yo… —mi voz se quebró, pero forcé las palabras a salir—. Yo morí en la guillotina, Rubén. Sentí el frío del acero en mi cuello. Oí el silbido de la cuchilla al descender. Y luego, la nada.
El silencio que siguió fue tan absoluto que se oía el viento silbando entre las telas de la tienda.
—¿Y luego? —preguntó él, con la voz ronca.
—Luego desperté. En mi habitación, en la casa de mi padre, el día que él me anunció nuestro compromiso. Volví. No sé cómo, no sé por qué. Pero volví, con todos los recuerdos de lo que había sido, con la certeza de que tenía que salvar tu vida, de que tenía que limpiar mi nombre, de que tenía que hacer pagar a los que nos traicionaron.
Rubén me miró largo rato. En sus ojos grises vi pasar el asombro, la incredulidad, el miedo. Pero también vi algo más: comprensión.
—Por eso sabías lo del asesino —dijo lentamente—. Por eso estabas preparada. Por eso le preguntaste a Mira qué había visto en Emill, por eso llevabas un cuchillo en la biblioteca, por eso…
—Por eso todo —lo interrumpí, con lágrimas corriendo por mis mejillas—. Por eso sé que el rey no es de fiar, por eso sé que Emill conspiraba contigo, por eso sé que Grecia es una serpiente que no dudará en morder cuando menos lo esperes. Porque ya lo viví, Rubén. Y perdí.
Se quedó en silencio. Un silencio tan largo que empecé a temer lo peor. Pero entonces, con una lentitud que me pareció eterna, alzó la mano y secó mis lágrimas con el dorso de los dedos.
—En esa vida —dijo, y su voz era apenas un susurro—. ¿Yo te amé?
—No —respondí, y la verdad me arrancó el corazón—. No tuviste tiempo. No te lo permití. Estaba tan asustada, tan perdida, que no supe llegar a ti. Y tú estabas tan encerrado en tu mundo, tan ocupado siendo el duque de hielo, que no me viste hasta que fue demasiado tarde.
—Pero en esta —dijo, y sus dedos se enredaron en mi cabello—. En esta sí.
—En esta sí —repetí, con la voz quebrada.
Me besó. No fue un beso de deseo, ni de consuelo. Fue un beso de reconocimiento, de aceptación, de un amor que había trascendido la muerte misma. Cuando nos separamos, sus ojos brillaban con una intensidad que me robó el aliento.
—No sé si lo que dices es verdad —dijo—. No sé si es posible volver del pasado, cambiar lo que ya fue. Pero sé una cosa.
—¿Qué?
—Que esta vida es la única que importa. Y en esta vida, te amo. Y en esta vida, voy a protegerte. Y en esta vida, nada de lo que pasó antes tiene poder sobre nosotros.
Me abrazó con la fuerza de quien se aferra a lo único que vale la pena, y yo me dejé envolver, dejando que sus brazos fueran mi refugio, mi hogar, mi razón para seguir.
—Gracias —susurré contra su pecho—. Por creerme.
—Gracias a ti —respondió—. Por volver.
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Rubén
No sabía si creía en la reencarnación. No sabía si era posible que una persona muriera y volviera para cambiar el curso de la historia. Pero sabía una cosa: Viollet no mentía. En sus ojos, cuando me contó lo de la guillotina, vi una verdad tan cruda que no podía ser inventada.
Y eso cambiaba todo.
No cambiaba lo que sentía por ella —eso solo se había hecho más fuerte— pero cambiaba la forma en que entendía su fuerza. No era una mujer valiente que había aprendido a defenderse. Era una mujer que había muerto, que había vuelto, y que estaba luchando no solo por su vida, sino por la mía.
Esa noche, mientras el campamento descansaba y las estrellas brillaban sobre nuestras cabezas, la tuve entre mis brazos y le hice el amor con una ternura que nunca había mostrado a nadie. Fue lento, casi reverente, como si cada caricia fuera una oración, cada beso un juramento.
—¿Duele? —preguntó en un momento, con los dedos rozando el vendaje de mi costado.
—No —respondí, y era verdad—. Contigo, nada duele.
Después, cuando suspiro se volvió un gemido y el gemido un grito ahogado, la sostuve contra mí y supe que no había vuelta atrás. Ella había vuelto del pasado para salvarme, y yo daría mi vida por ella una y otra vez, en esta vida y en todas las que vinieran.
—Rubén —susurró, con los labios contra mi cuello—. ¿Crees que algún día todo esto termine? ¿Que podamos vivir en paz, sin conspiraciones, sin traiciones, sin miedo?
—Lo creo —dije, aunque no estaba seguro—. Porque si alguien merece la paz, eres tú.
—Y tú —respondió, alzando la cabeza para mirarme—. Tú también la mereces.
La besé, y el beso fue una promesa. Cuando nos quedamos dormidos, con nuestros cuerpos entrelazados y la respiración acompasada, supe que pase lo que pase, pase quien pase, íbamos a estar juntos hasta el final.
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Viollet
Llegamos a la capital tres días después, con el sol hundiéndose en el horizonte y las campanas de la catedral repicando nuestro regreso.
El rey nos recibió en la gran escalinata, con el rostro grave y los ojos enrojecidos. A su espalda, los consejeros que aún le quedaban se alineaban como piezas de ajedrez esperando el próximo movimiento.
—Duque Dubrey —dijo, descendiendo los escalones para ayudar a Rubén a descender del caballo—. Me han dicho que estuvo cerca de la muerte.
—Cerca —respondió Rubén, con voz firme a pesar de la palidez de su rostro—. Pero no lo bastante.
El rey sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Me alegra. Y usted, duquesa —se volvió hacia mí, y en sus ojos verdes vi algo que no esperaba: respeto—. Me han contado lo que hizo. Enfrentarse a su padre, recuperar los documentos, liderar a los hombres en la batalla. No todas las mujeres tendrían el valor.
—No todas las mujeres han muerto antes —respondí, y vi cómo sus pupilas se contraían.
—No —dijo, y su voz era apenas un susurro—. No todas.
Me tendió la mano para ayudarme a descender, y la tomé. Su palma estaba fría, pero su agarre era firme.
—Entremos —dijo, volviéndose hacia el palacio—. Hay mucho que discutir.
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El consejo se reunió al día siguiente, en el mismo Salón donde Emill había sido arrestado. Esta vez, los asientos estaban llenos de nobles que nos miraban con una mezcla de admiración y miedo. Sabían lo que habíamos hecho. Sabían lo que teníamos en nuestro poder.
Rubén estaba sentado a mi lado, con el costado vendado bajo la chaqueta y la espada apoyada en la silla. Su presencia era un recordatorio silencioso de que los Dubrey no se doblegaban.
—Duquesa Dubrey —dijo el rey, desde su trono—. Ha pedido hacer una declaración. La palabra es suya.
Me puse de pie, con el cofre de mi madre en las manos. El peso de los documentos era mínimo, pero el peso de la verdad que contenían era casi insoportable.
—Señores —comencé, recorriendo con la mirada los rostros que me observaban—. Hace veinte años, mi madre fue asesinada por orden de mi padre, el conde Sergio Ritman. Su crimen fue negarse a entregarle un tesoro que no le pertenecía. Ese tesoro no era oro ni joyas. Era la verdad. La verdad sobre las conspiraciones que mi padre había tejido contra la corona. La verdad sobre los nobles que lo apoyaban. La verdad sobre los asesinatos que ordenó para silenciar a quienes se interponían en su camino.
Un murmullo recorrió la sala. Saqué los documentos del cofre y los sostuve en alto.
—Aquí están los nombres. Las fechas. Las pruebas. Cada uno de los que conspiraron con mi padre, cada uno de los que recibieron su dinero, cada uno de los que callaron cuando él asesinaba, están escritos en estos papeles. Y hoy, ante ustedes, ante el rey, ante los dioses, hago públicas estas pruebas para que la justicia se cumpla.
El silencio que siguió fue absoluto. Los nobles se miraban unos a otros, algunos pálidos, otros sudorosos, unos pocos con las manos crispadas sobre los brazos de sus sillas.
El rey tomó los documentos con manos temblorosas. Los leyó en silencio, y mientras lo hacía, su rostro se fue descomponiendo. Cuando alzó la vista, sus ojos estaban llenos de una furia que hacía años no veía.
—Conde Orth —dijo, y su voz era un látigo—. ¿Tiene algo que decir antes de que mande arrestarlo?
El conde Orth, un hombre viejo y encorvado que había sido consejero del rey durante décadas, se puso de pie con lentitud. Su rostro era una máscara de calma, pero en sus ojos vi el terror que intentaba ocultar.
—Majestad —dijo, con voz temblorosa—. Todo esto es una mentira. Esa mujer está loca. Ha inventado estos documentos para vengarse de su padre, para…
—¿Para vengarse de su padre? —el rey se puso de pie de un salto—. ¡Su padre está muerto, Orth! ¡Muerto por su propia mano, tratando de matar a su hija! ¿De qué va a vengarse?
Orth enmudeció. Sus ojos se desviaron hacia la puerta, como si buscara una salida.
—No hay salida —dijo el rey, con voz fría—. Guardias. Arresten al conde Orth y a todos los nobles cuyos nombres aparecen en estos documentos. Serán juzgados por traición. Y esta vez, no habrá clemencia.
Los guardias avanzaron. Hubo gritos, forcejeos, súplicas. Pero yo ya no miraba. Me había sentado junto a Rubén, y su mano había encontrado la mía bajo la mesa.
—Se acabó —susurré.
—Casi —respondió él—. Falta Grecia.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro. Grecia. Mi hermana. La última pieza del rompecabezas.
Pero eso sería otro día.
Hoy, por fin, la verdad había salido a la luz.
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Esa noche, en los aposentos que el rey nos había asignado, Rubén y yo nos abrazamos frente a la chimenea y vimos cómo las llamas devoraban la copia de los documentos que habíamos guardado para nosotros.
—¿Por qué los quemas? —preguntó él, con el mentón apoyado en mi cabeza.
—Porque no los necesito —respondí—. La verdad ya está en manos del rey. Y yo ya no quiero vivir con el peso de estas mentiras.
—¿Y Grecia?
—Grecia es otra historia. Pero cuando llegue el momento, la enfrentaré. Como enfrenté a mi padre.
Rubén me besó la coronilla.
—Y yo estaré a tu lado.
—Lo sé —dije, y sonreí—. Siempre lo sé.
Afuera, las campanas de la catedral repicaban la hora, y en las calles de Giosem, los nobles que habían conspirado con mi padre eran arrastrados a las mazmorras.
Pero nosotros, Viollet y Rubén, estábamos en paz.
Por ahora.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰