Hace siete años, una noche de tormenta cambió su destino.
Isabella Rossi es una mujer brillante con múltiples identidades ocultas. Genio en tecnología, medicina y negocios, vive en las sombras protegiendo a sus dos gemelos prodigio… y ocultando un secreto que podría destruir su mundo.
Nunca creyó en el amor.
Nunca necesitó a un hombre.
Y mucho menos a un CEO arrogante.
Pero cuando Alexander De Luca —el empresario más poderoso y temido de la ciudad— reaparece en su vida, su pasado vuelve para reclamarla.
Él no sabe que es padre.
Ella no sabe si puede confiar.
Y los gemelos… ya empiezan a sospechar la verdad.
Entre secretos, traiciones, enemigos ocultos y una pasión imposible de ignorar, dos genios deberán decidir:
¿Proteger su corazón…
o rendirse al amor?
NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4 — Cuando el peligro deja de ser invisible
El amanecer llegó cubierto de nubes grises.
La ciudad parecía tranquila, pero Isabella sabía que esa calma era engañosa.
La noche anterior no había sido un simple aviso.
Habían probado sus defensas.
Habían entrado en su perímetro.
Y habían logrado enviarle un mensaje imposible de rastrear.
Eso significaba una sola cosa:
Su oponente era de alto nivel.
Muy alto.
Isabella llevaba horas despierta.
Su laptop abierta mostraba decenas de ventanas con códigos y mapas de red.
Café intacto.
Mente activa.
Mirada fría.
Repasaba cada segundo del incidente.
El sensor del piso 37 no se equivocaba.
Alguien había estado allí.
Pero no forzaron entrada.
No dejaron rastro.
—Profesional… —murmuró.
Eso la irritaba.
Porque ella era la mejor en ese campo.
Y no le gustaba sentirse observada.
Unos pequeños pasos la sacaron de sus pensamientos.
Ethan apareció en la puerta del estudio.
—Entraste en modo vigilancia total —dijo con naturalidad.
Isabella levantó la mirada.
—Buenos días.
—Dormiste dos horas.
—Dormí suficiente.
Ethan negó levemente.
—Eso no es estadísticamente saludable.
Ella casi sonríe.
—¿Qué haces despierto tan temprano?
El niño se acercó y miró la pantalla.
Analizó datos en segundos.
—Tu sistema fue escaneado por una red empresarial.
Isabella entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—El patrón de encriptación es corporativo, no criminal.
Silencio.
Ese niño era brillante.
Peligrosamente brillante.
—No investigues esto —dijo ella con calma firme.
—Ya lo hice.
Isabella suspiró.
—Ethan…
—No diré nada a Elena.
Eso no era lo preocupante.
Lo preocupante era que tenía razón.
Antes de responder, Elena apareció medio dormida.
—¿Desayuno?
La tensión se rompió.
Isabella cerró la laptop.
—Sí, desayuno.
Por ahora, serían solo madre e hijos.
Nada de hackers.
Nada de enemigos.
Nada de CEOS sospechosos.
Pero el mundo no siempre respetaba sus planes.
Mientras tanto…
En la torre De Luca.
Alexander terminaba una videollamada con inversionistas internacionales.
Seguro.
Dominante.
Impecable.
Pero su mente no estaba en negocios.
Estaba en Isabella Rossi.
—Señor —dijo su jefe de seguridad—, detectamos un intento de observación en nuestra red anoche.
Alexander levantó la mirada.
—¿Intrusión?
—No.
Reconocimiento.
Él sonrió levemente.
—Entonces fue ella.
—¿Nyx?
—Sí.
No parecía molesto.
Parecía… interesado.
—¿Respondemos?
Alexander negó.
—No.
Déjenla jugar.
Se levantó.
—Quiero saber por qué alguien como ella vive en silencio.
—¿Cree que es peligrosa?
Alexander miró la ciudad.
—No.
Sus ojos azules se oscurecieron levemente.
—Creo que está protegiendo algo.
Y eso siempre significaba debilidad.
O amor.
Y el amor… era explotable.
Pero no sabía aún que ese pensamiento pronto cambiaría.
De regreso al apartamento Rossi…
El desayuno transcurría con normalidad.
Demasiada normalidad.
—Mamá —dijo Elena—, hoy tengo presentación de arte.
—Lo sé.
—¿Vendrás?
Isabella dudó un segundo.
Su agenda mental estaba llena de alertas.
Pero miró los ojos de su hija.
Esperanzados.
Ilusionados.
—Claro que sí.
Elena sonrió radiante.
Ethan intervino:
—También habrá padres de empresas importantes.
Isabella lo miró.
—¿Y eso?
—Solo información.
Ese niño notaba demasiado.
Pero tenía razón.
Los eventos escolares de esa institución reunían a la élite.
Empresarios.
Políticos.
Millonarios.
Un buen lugar para observar… o ser observado.
Y su intuición le decía que debía ir.
Horas después…
La escuela privada Saint Laurent parecía un club social de lujo.
Autos costosos.
Choferes.
Padres elegantes.
Isabella caminaba de la mano de sus hijos con total serenidad.
Vestido sencillo.
Maquillaje ligero.
Presencia imponente.
Varias miradas se giraron.
Algunas de admiración.
Otras de curiosidad.
Ella estaba acostumbrada.
Lo que no esperaba…
Era verlo allí.
Alexander De Luca bajaba de su auto en ese mismo instante.
Traje gris oscuro.
Reloj de lujo.
Postura dominante.
Las madres susurraban.
Los directivos sonreían demasiado.
—El señor De Luca honra nuestra institución —decía el director.
Isabella lo notó.
Y su mente se puso alerta.
Coincidencia.
Demasiadas coincidencias.
Alexander también la vio.
Y esta vez no fue sorpresa.
Fue certeza.
Se acercó.
—Señora Rossi.
Ella lo miró con calma.
—Señor De Luca.
—No sabía que sus hijos estudiaban aquí.
—Hay muchas cosas que no sabe de mí.
Respuesta directa.
Sin coqueteo.
Sin sumisión.
Alexander estaba poco acostumbrado a eso.
—Tiene razón.
Ethan observaba en silencio.
Comparaba rasgos.
Altura.
Ojos.
Postura.
Probabilidad aumentando.
Elena solo sonrió.
—Hola de nuevo.
Alexander le devolvió la sonrisa.
Y por primera vez en años… fue genuina.
—Hola.
Pero en ese momento…
El teléfono de Isabella vibró.
Un mensaje.
Número oculto.
“Bonita familia. Sería una pena que algo les pasara.”
Su sangre se heló.
No mostró emoción.
No debía.
Pero su mente ya estaba en modo combate.
Miró alrededor.
Padres.
Niños.
Seguridad escolar.
¿Quién?
¿Dónde?
Alexander notó el cambio en su expresión.
—¿Todo bien?
—Sí.
Mentira.
Pero antes de que pudiera actuar…
Ethan habló en voz baja:
—Mamá, el hombre del reloj negro nos observa.
Isabella giró apenas.
Un hombre en la distancia fingía hablar por teléfono.
Pero miraba demasiado.
Isabella tomó la mano de sus hijos.
—Nos vamos temprano hoy.
Alexander intervino:
—Mi equipo de seguridad puede ayudar.
Ella lo miró.
Evaluando.
¿Confiar?
¿No confiar?
Pero el mensaje era claro.
Alguien ya había cruzado la línea.
—Solo acompáñenos a la salida —dijo.
Alexander asintió.
Caminaron juntos.
Y el hombre del reloj negro desapareció entre la multitud.
Eso confirmaba algo.
Los estaban siguiendo.
Cuando llegaron al auto de Isabella, Alexander habló:
—No fue coincidencia, ¿verdad?
Ella lo miró directo a los ojos.
—Señor De Luca, usted vive en un mundo de negocios.
Yo vivo en uno de riesgos.
No son lo mismo.
Subió a los niños.
Antes de entrar, dijo:
—Gracias por la ayuda.
Y se fue.
Alexander la observó partir.
Su expresión cambió.
Fría.
Calculadora.
Protectora.
—Quiero seguridad discreta alrededor de esa familia —ordenó por teléfono.
—¿La señora Rossi?
—Sí.
—¿Razón?
Alexander miró la calle.
—Porque alguien más ya los marcó.
Y eso… no me gusta.
Esa noche…
Isabella reforzaba sus sistemas.
Su mirada era distinta.
Más dura.
Más peligrosa.
—Así que amenazan a mis hijos… —susurró.
Eso era un error fatal.
Porque podía tolerar riesgos contra ella.
Pero contra sus hijos…
No.
Nunca.
Activó protocolos que no usaba desde hace años.
Protocolos de guerra digital.
Y en algún lugar de la ciudad…
Alguien sonrió al ver su reacción.
El juego apenas comenzaba.
Pero ninguno sabía que el verdadero enemigo…
Aún no había mostrado su rostro.
y más