Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 18
Alessandro ordenó que fueran por Alma y la llevaran adentro.
—Maldita sea —murmuró ella mientras dos guardias la escoltaban de vuelta a la mansión. Sus pies se arrastraban sobre el césped, cada paso era una protesta silenciosa, pero no había nada que pudiera hacer. No contra ellos. No contra él.
La llevaron al comedor. La sentaron en la silla que Alessandro había designado como suya, la que estaba a su derecha. Y allí tuvo que quedarse, como un adorno más en la mesa perfectamente dispuesta.
Gerónimo ya estaba sentado. La miró cuando entró, con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos, y Alma sintió cómo se le revolvía el estómago. Alessandro ocupaba su lugar en el extremo de la mesa, con la misma frialdad de siempre.
El desayuno transcurrió en un silencio tenso. Los cubiertos chocaban contra la porcelana. Las tazas de café humeaban. Y Alma mantenía la mirada fija en su plato, masticando cada bocado como si fuera un castigo.
Alessandro intentó hablarle en un par de ocasiones. Primero sobre el clima. Luego sobre algo que había visto en el jardín. Alma no respondió. Ni siquiera levantó la vista.
—Eres muy infantil, ¿sabías? —dijo él, con la voz cortante.
Alma siguió comiendo en silencio.
Alessandro apretó la mandíbula. Gerónimo observaba la escena con una copa de vino en la mano, entretenido, como si aquello fuera un espectáculo montado para su diversión.
—Puedes estar enojada todo lo que quieras —continuó Alessandro, apoyando los codos sobre la mesa—. Esta noche tenemos una fiesta importante. Y vas a venir.
Alma dejó el tenedor. Por fin levantó la vista.
—No voy a ir.
—No me importa —respondió él, y su voz no admitía discusión—. Vas a venir porque eres mi esposa. Y si no te gusta, te aguantas.
—Te odio —dijo ella, con la voz fría.
Alessandro sostuvo su mirada un instante. Luego, con una calma que helaba, respondió:
—No me importa. Hazlo en silencio.
Se levantó de la mesa, lanzó la servilleta sobre el plato y salió del comedor sin mirar atrás.
Gerónimo soltó una risa baja.
—Parece que las cosas no van bien en el matrimonio, prima política —dijo, con sorna.
Alma lo miró con el mismo desprecio con el que habría mirado a una alimaña.
—Cállate.
Se levantó y también se fue, dejando a Gerónimo solo en medio del comedor vacío.
La tarde pasó entre ajustes de vestido, pruebas de zapatos y la presencia incómoda de las asistentes que Alessandro había enviado para prepararla.
El vestido era elegante. Demasiado elegante. Un diseño de corte sencillo pero con un escote que dejaba ver los hombros, y entre ellos, la marca que Alessandro había dejado en su piel la noche anterior. Alma se aseguró de que el cabello cubriera esa zona. No quería que nadie viera lo que había pasado.
A las ocho en punto, un guardia llamó a su puerta.
—El señor Moretti la espera, señora.
Alma bajó las escaleras con la cabeza en alto. Alessandro estaba en el vestíbulo, vestido con un traje oscuro impecable, los zapatos relucientes, el cabello perfectamente peinado. La miró cuando ella apareció, y por un instante sus ojos recorrieron el vestido de pies a cabeza.
No dijo nada. Solo extendió el brazo.
Alma no lo tomó.
—No voy a fingir que somos una pareja feliz.
—No te pido que finjas —respondió él—. Te pido que camines a mi lado y sonrías cuando te diga. Nada más.
—Y si no sonrío, ¿qué vas a hacer? ¿Arrastrarme?
Alessandro la miró con una frialdad que le heló la sangre.
—Si es necesario.
Alma apretó los dientes, pero tomó su brazo. No le dio el gusto de hacer un escándalo. No allí.
El coche los llevó en silencio. Alma miró por la ventanilla durante todo el trayecto, sin dirigirle una sola palabra. Alessandro no intentó hablar. El silencio entre ellos era denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos quería decir.
Cuando llegaron, la fiesta ya estaba en marcha.
La mansión donde se celebraba era aún más grande que la de los Moretti. Luces, música, gente elegante que los miraba cuando cruzaban la puerta principal. Alma sintió cómo todos los ojos se posaban en ella, evaluándola, midiéndola.
Alessandro la guió por el salón con una mano en la espalda. El contacto era firme, posesivo. Alma quiso apartarse, pero él apretó los dedos contra su columna, un aviso silencioso de que no lo hiciera.
—Esta es mi esposa —decía a cada persona que se acercaba—. Ariana De Moretti.
El nombre falso le ardió en los oídos. Ariana. Siempre Ariana. Incluso en ese momento, incluso después de todo, seguía siendo ella. La sombra. El reemplazo.
Sonrió cuando debía sonreír. Asintió cuando debía asentir. Apretó la mano de Alessandro cuando él la apretaba a ella, un código silencioso que le indicaba que era momento de pasar al siguiente grupo.
Y entonces llegó ella.
—¡Alessandro! —una voz femenina, alegre, resonó por encima del murmullo de la fiesta—. Hacía tanto tiempo.

Alma sintió cómo Alessandro se tensaba a su lado. Fue sutil, casi imperceptible, pero ella lo notó porque su mano se había endurecido contra su espalda.
La mujer que se acercaba era hermosa. Cabello oscuro, ojos claros, un vestido rojo que dejaba ver cada curva. Sonreía con una confianza que solo tienen las personas que saben que todos las miran cuando entran en una habitación.
—Vanessa —dijo Alessandro, y en su voz había algo que Alma no había escuchado antes. No era frialdad. Era… otra cosa.
Vanessa.
El nombre resonó en la cabeza de Alma como un eco. Vanessa. La mujer de la que Gerónimo había hablado. La primera y única vez que Alessandro se había enamorado.
—Gerónimo me dijo que te habías casado —dijo Vanessa, acercándose con la confianza de quien conoce al hombre desde antes de que fuera quien era—. Tenía que venir a conocer a la afortunada.
Sus ojos se posaron en Alma, recorriéndola de pies a cabeza con una rapidez que no pasó desapercibida.
—Eres preciosa —dijo Vanessa, y su sonrisa no se movió—. Alessandro siempre tuvo buen gusto.
Alma sintió cómo la mano de Alessandro se relajaba contra su espalda. Él sonrió. Una sonrisa genuina, la primera que Alma le veía desde que lo conocía.
—Vanessa y yo crecimos juntos —explicó, y su tono era casi cálido—. Hace años que no la veía.
—Demasiados —añadió Vanessa, y su mirada se quedó fija en Alessandro un segundo más de lo necesario.
Gerónimo apareció a su lado, con una copa en la mano y esa sonrisa suya que nunca era lo que parecía.
—¿Ya le contaste a tu esposa la vez que te lanzaste a la piscina con traje porque Vanessa te retó? —dijo, y los tres rieron.
Alma observó la escena como si estuviera detrás de un vidrio. Alessandro, Gerónimo y Vanessa, los tres riendo, recordando historias que ella no compartía, nombres que no conocía, momentos que habían ocurrido mucho antes de que ella existiera en sus vidas.
Era la infancia de Alessandro. Su pasado. Un lugar donde ella no tenía cabida.
Y en medio de esa risa, de esa complicidad que ella no compartía, Alma sintió que algo se cerraba en su pecho. No era dolor. No era celos. Era… claridad.
Ella no pertenecía allí.
Era un reemplazo. Un medio para un fin. Algo temporal que estaría allí hasta que dejara de ser útil.
Nadie la miraba. Nadie la necesitaba. Así que, mientras los tres seguían hablando, Alma dio un paso atrás. Luego otro. Y cuando nadie reparó en su ausencia, se deslizó entre los invitados y desapareció.
El balcón estaba vacío.
Alma apoyó las manos en la barandilla de piedra y respiró hondo. El aire fresco de la noche le golpeó el rostro, llevándose consigo el calor asfixiante de la fiesta, las risas, las miradas.
Abajo, el jardín se extendía oscuro y silencioso. Mucho más atractivo que el salón lleno de gente que la miraba como si fuera una pieza de museo.
Cerró los ojos.
—¿Te aburriste?
La voz la sobresaltó. Alma abrió los ojos y se giró.
Un joven estaba apoyado en el marco de la puerta, con una copa en la mano y una sonrisa que no tenía la frialdad de las que había visto toda la noche. Era guapo, de rasgos suaves, cabello castaño despeinado y ojos que miraban con curiosidad, no con cálculo.
—Sí —respondió Alma, sin ganas de fingir cortesía—. Realmente odio las fiestas.
El joven soltó una risa baja.
—Yo también. Pero mi madre insiste en que debo "socializar" con gente importante.
Se acercó a la barandilla, dejando un espacio prudente entre ellos.
—Hola —dijo, extendiendo la mano—. Soy Aiden.
Alma lo miró un instante. Luego, casi sin pensarlo, tomó su mano.
—Alma.
—¿Alma? —repitió él, con una ceja levantada—. Pensé que te llamabas Ariana. Te presentaron como Ariana hace un rato.
Alma sintió cómo se tensaba.
—Es mi nombre legal —mintió, con la voz más firme de lo que se sentía—. Pero prefiero Alma.