Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 9
La bengala térmica de emergencia empezó a parpadear, proyectando estertores de una luz ámbar moribunda antes de extinguirse por completo. El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el silbido del viento filtrándose por las rendijas del metal. Con la luz se fue la última ilusión de calor. La temperatura en la cueva cayó en picado, transformando el aliento de ambos en densas nubes de vapor que chocaban en el aire.
—Mikhail… —la voz de Susana vibró, esta vez no por una broma, sino por el castañeo incontrolable de sus dientes—. El frío… se está metiendo en los huesos.
Mikhail, que permanecía apoyado contra la roca con los ojos cerrados, sintió el temblor violento de la mujer a su lado. Sabía que la hipotermia no era una amenaza lejana; era un verdugo que ya estaba golpeando la puerta.
—Venga aquí, Reyes —ordenó él. Su voz era un susurro ronco, despojado de toda jerarquía militar.
—¿Perdón? —Susana intentó bromear, pero el frío le robaba la agilidad mental—. ¿Es una orden directa, Capitán?
—No sea testaruda. Es física básica —respondió Mikhail, abriendo su chaqueta de vuelo pesada con manos entumecidas—. La transferencia de calor por conducción es nuestra única oportunidad. Si no compartimos la temperatura corporal, uno de los dos no verá el amanecer. Probablemente usted primero, dada su… falta de aislamiento térmico.
Susana soltó una risita seca, aunque se sentía desfallecer. Se arrastró por el suelo de piedra hasta quedar frente a él. Mikhail no esperó. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia el hueco de su pecho, envolviéndola con su chaqueta y su propio cuerpo.
El Incendio en la Oscuridad
El contacto fue sísmico. Susana pegó su espalda al pecho de Mikhail, sintiendo la inmensidad de su estructura ósea y el latido rítmico, aunque lento, de su corazón. Él era como un radiador de granito; a pesar de la palidez de su rostro, su núcleo seguía ardiendo con la tenacidad de un hombre que se negaba a morir.
—Tus manos están como el hielo —murmuró Mikhail. Tomó las manos de Susana entre las suyas, entrelazando sus dedos y llevándoselas a la boca para exhalar aire caliente sobre ellas.
El gesto, tan íntimo y cargado de una ternura que Mikhail jamás habría mostrado en la base, hizo que el corazón de Susana diera un vuelco. Se giró entre sus brazos para quedar frente a él, atrapada entre sus piernas y el refugio de su abrigo. En la penumbra, los ojos azules de Mikhail brillaban con una intensidad eléctrica, ya no gélida, sino cargada de una necesidad cruda.
—Dijiste que yo era una niña jugando con cerillas, Mikhail —susurró ella, su rostro a milímetros del suyo—. Pero ahora mismo, somos lo único que impide que este lugar se convierta en una tumba de hielo.
Mikhail bajó la mirada hacia los labios de Susana. La tensión que se había acumulado en la centrífuga, en el gimnasio y en aquel pasillo oscuro de la base finalmente alcanzó su punto crítico. El aire entre ellos ya no estaba frío; quemaba.
—Usted es un peligro para mi cordura, Susana —respondió él, su voz vibrando en la garganta de la chica—. He pasado años construyendo este muro para que nadie viera lo que hay detrás. Y llegas tú, con tu cabello de fuego y tu lengua afilada, y haces que todo se desmorone en una semana.
—Entonces deja que se caiga —dijo ella, acortando la distancia—. No quiero al Capitán Volkov ahora mismo. Quiero al hombre que me sujetó para que no cayera. Quiero al hombre que vuela conmigo.
Mikhail no pudo resistir más. Rompió la última barrera y la besó.
No fue un beso delicado. Fue una colisión de urgencia y hambre contenida. Los labios de Mikhail, inicialmente fríos por el clima, se encendieron al contacto con los de Susana. Ella respondió con una pasión desesperada, enredando sus dedos en el cabello castaño de él, atrayéndolo más hacia ella como si intentara absorber cada gramo de su existencia.
Mikhail soltó un gruñido bajo, una mezcla de dolor físico y placer, mientras sus manos bajaban por la espalda de Susana, presionándola contra él con una fuerza posesiva. En ese rincón olvidado de la frontera rusa, el protocolo, el ejército y las naciones dejaron de existir. Solo quedaban el calor de la piel contra la piel y el rugido de la sangre en sus oídos, superando al aullido de la tormenta exterior.
El Refugio del Alma
Después de un tiempo que pareció eterno, Mikhail se separó lo justo para apoyar su frente contra la de ella. Sus respiraciones se mezclaban en una sola nube de vapor.
—Si salimos de esta —dijo él, su voz cargada de una seriedad casi dolorosa—, no habrá vuelta atrás. No podré volver a ser el hombre que era antes de conocerla.
Susana sonrió, una sonrisa suave, real, despojada de su habitual máscara de sarcasmo. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano, notando cómo la piel de Mikhail se estremecía ante su toque.
—¿Y quién quiere volver atrás? —preguntó ella—. Prefiero un mañana contigo, aunque sea en medio de un consejo de guerra, que mil años de perfección en tu montaña de hielo. Además… —añadió con una chispa juguetona— todavía tengo que enseñarte a bailar un vals de verdad cuando no estemos a 9G de presión.
Mikhail soltó una risa auténtica, corta y profunda, que iluminó su rostro de una manera que Susana nunca había visto. La abrazó con más fuerza, ocultando su rostro en el cabello borgoña de ella, que olía a ozono y a la libertad del vuelo.
—Usted siempre tiene la última palabra, Teniente —murmuró él, cerrando los ojos.
Se quedaron así, entrelazados en la oscuridad, compartiendo el calor de sus cuerpos y la promesa silenciosa de un futuro que, hasta hace unas horas, parecía imposible. El frío seguía allí, acechando fuera de las planchas de metal, pero dentro del refugio, el fuego había ganado la batalla.
Horas más tarde, cuando el primer destello grisáceo del alba empezó a filtrarse por las grietas, un sonido lejano rompió el silencio del amanecer: el batir rítmico de las palas de un helicóptero de rescate.
Mikhail se tensó, recuperando instantáneamente su instinto de alerta, pero no soltó a Susana. Ella levantó la vista, sus ojos brillantes de esperanza.
—Parece que nuestra cita ha terminado, Capitán —dijo ella con una sonrisa traviesa.
Mikhail la miró, y por primera vez, hubo una ternura infinita en su expresión azul.
—No, Susana. Nuestra cita acaba de empezar.