Ella renace en otra época, decidida a priorizarse a si misma y a no enamorarse para no sufrir.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Almuerzo 2
El almuerzo continuó.
Y, en apariencia… todo volvió a la normalidad.
Los temas siguieron siendo los mismos.
Rutas.
Acuerdos.
Tiempos.
Regina hablaba con la misma claridad de siempre.
Respondía con precisión.
Preguntaba lo necesario.
Ordenaba ideas con esa facilidad que ya la caracterizaba.
Pero había una diferencia.
Sutil.
Interna.
Evidente solo para ella.
Porque, desde ese momento… evitaba mirarlo a los ojos.
No de forma brusca.
No de forma obvia.
Sino con cuidado.
Midiendo sus movimientos.
Fijando la vista en los documentos, en la mesa, en cualquier punto que no fuera directamente él.
Porque sabía.
Lo había comprobado hacía solo unos minutos.
Si lo hacía… si sostenía esa mirada…
Se distraía.
Y no quería eso.
No podía permitírselo.
No después de todo lo que había construido.
No después de todo lo que se había prometido a sí misma.
—Debemos revisar también los tiempos de entrega en invierno —dijo ella, concentrada en un documento.
Su voz era firme.
Controlada.
Perfecta.
Pero sus ojos no se alzaron.
No esta vez.
Nelson respondió con naturalidad.
—Sí, especialmente en las rutas del norte.
Pero mientras hablaba…
La observaba.
Con curiosidad.
Porque había notado el cambio.
Claramente.
Antes, Regina lo miraba sin problema.
Directa.
Segura.
Ahora… No.
Ahora había algo distinto.
No incomodidad.
No rechazo.
Sino… evasión.
Delicada.
Calculada.
Y eso…
Le resultó interesante.
Regina, por su parte, estaba completamente consciente de su propio comportamiento.
Y no le gustaba.
[Concéntrate, por favor, estas representando a la casa Declan]
Esto no era importante.
No tenía sentido.
No debía ocupar espacio en su mente.
Y, sin embargo…
Por un instante, inevitablemente, pensó..
[Si Celeste y Helena estuvieran aquí…]
Casi pudo escucharlas.
["¡Te lo dijimos!" "¡Es una cita!" "¡Mira cómo lo evitas!"]
Regina cerró ligeramente los labios.
[No.]
No iba a seguir ese pensamiento.
Lo descartó de inmediato.
Con firmeza.
Casi con disciplina.
No iba a dejar que ideas ajenas, emociones pasajeras o interpretaciones innecesarias interfirieran.
No era eso.
No lo sería.
Enderezó la espalda apenas.
Tomó un nuevo documento.
—En cuanto a los costos de transporte marítimo… —continuó, retomando el control total de la conversación.
Y esta vez, no hubo pausas.
No hubo distracciones.
No hubo silencios incómodos.
Solo trabajo.
Como debía ser.
Pero Nelson seguía observando.
No de forma invasiva.
Sino atenta.
Porque, aunque Regina no decía lo que pensaba…
Su rostro sí lo hacía.
Había pequeños gestos.
expresiones reales, rápidas..
Un leve cambio en la tensión de su mandíbula.
Un segundo de más antes de responder.
Un intento demasiado consciente de mantener la mirada baja.
Y todo eso…
Decía algo.
No con palabras.
Pero sí con claridad.
Nelson apoyó ligeramente el codo sobre la mesa, manteniendo una expresión tranquila.
Y, por un momento, no dijo nada.
Solo la observó.
Con esa misma curiosidad suave que había aparecido antes.
Como si intentara entender…
Qué era exactamente lo que había cambiado.
Y Regina, ajena a esa observación en profundidad, siguió hablando.
Sosteniéndose.
En su lógica.
En su disciplina.
En su decisión.
Porque, aunque algo en su interior se hubiera movido…
Ella no pensaba ceder.
No por una mirada.
No por una sensación.
No por nada que no tuviera control.
Porque ya había elegido quién quería ser.
Y no iba a desviarse.
Aunque, por primera vez…
Le estuviera costando un poco más de lo que esperaba.
Cuando el almuerzo llegó a su fin, Regina sintió algo que no le gustó reconocer..
Alivio.
No porque la reunión hubiera sido mala.
No porque el trabajo no hubiera sido productivo.
Sino porque… necesitaba distancia.
Se puso de pie con cuidado, alisando apenas su vestido, evitando cualquier movimiento innecesario que pudiera delatar lo que estaba pasando por dentro.
—Ha sido una reunión muy productiva, Lord Darcy —dijo con su tono habitual, firme, correcto.
Sin mirarlo directamente.
—Coincido, Lady Sallow —respondió él con la misma calma.
Todo… en orden.
Todo… como debía ser.
Pero entonces, llegó el momento de despedirse.
Nelson extendió la mano.
Un gesto simple.
Formal.
Esperado.
Regina no podía evitarlo.
Tomó su mano.
Y en ese instante…
Lo notó.
El calor.
Sus manos eran tibias.
A pesar de que, a través de las ventanas, podía verse cómo una ligera ventisca comenzaba a levantarse afuera, moviendo suavemente las ramas de los árboles.
El contraste la sorprendió.
Porque ella esperaba frío.
Distancia.
Pero no eso.
No esa sensación.
Se quedó un segundo más.
Y luego otro.
Sin darse cuenta.
Su atención… completamente puesta en ese detalle mínimo.
En esa calidez inesperada.
Hasta que..
Demasiado tiempo.
Lo notó.
Tarde.
Soltó la mano casi de inmediato, como si recién hubiera reaccionado.
—Lo siento —dijo rápidamente, con una leve inclinación de cabeza.
Esta vez, el sonrojo no pudo evitarlo.
Subió con claridad a sus mejillas.
Nelson no retiró la mano de golpe.
Ni mostró incomodidad.
Al contrario.
Sonrió.
Y esta vez… no fue solo cortesía.
Había algo más.
Una mezcla de sorpresa y… diversión.
Porque lo había visto todo.
Con claridad.
Y en su mente, la imagen era curiosa.
Casi contradictoria.
Como si frente a él hubieran dos personas distintas.
Una Regina Sallow.. Ordenada. Precisa. Impecablemente profesional.
Y otra… Que evitaba su mirada. Que se distraía sin querer. Que temblaba apenas… al sostener su mano.
Y esa diferencia…
Le resultaba interesante.
Mucho más de lo que habría esperado.
—No es necesario disculparse —dijo finalmente, con suavidad.
Pero Regina ya había retrocedido un paso.
Recuperando distancia.
Recuperando control.
—Que tenga un buen día, Lord Darcy.
—Igualmente, Lady Sallow.
Y esta vez, no hubo más.
No más roces.
No más distracciones.
Solo una despedida correcta.
El trayecto de regreso fue silencioso.
Pero no tranquilo.
Porque Regina pensaba.
Demasiado.
[Fue un desastre]
No en voz alta.
Pero con una claridad implacable.
Había perdido el enfoque.
Se había distraído.
Había cometido errores.
Pequeños… pero inaceptables para ella.
—La peor reunión de negocios que he tenido.
Exagerado.
Quizás.
Pero así lo sentía.
Y necesitaba explicarlo.
Ordenarlo.
Justificarlo.
Y encontró la razón más lógica que pudo.
—Es por ellas.
Celeste. Helena.
Demasiado tiempo con sus ideas.
Con su forma de ver las cosas.
Con sus emociones exageradas.
—Me han vuelto… sensible.
Casi frunció el ceño al pensarlo.
No era algo que le gustara.
No era algo que quisiera ser.
Pero entonces…
Respiró.
Más lento.
Más firme.
Y tomó una decisión.
—Cuando regrese a Mercia… todo volverá a la normalidad.
Su rutina.
Su enfoque.
Su control.
Todo en su lugar.
Como siempre debió estar.
Miró por la ventana del carruaje.
La ventisca se movía suavemente en el exterior.
El mundo seguía igual.
Ordenado.
Predecible.
Y ella… volvería a serlo también.
Porque eso era lo correcto.
Porque eso era lo seguro.
Porque eso…
Era lo que había elegido.
Aunque, muy en el fondo…
Una pequeña parte de ella no pudiera dejar de recordar…
El calor de esa mano.. el color de sus ojos.. y el sonido de su voz..