Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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10. Desnúdate (+21)
...⚠️Advertencia: El capítulo tiene contenido exclusivo para público adulto.🔞🔞🔞...
El beso no terminó. No podía terminar. No cuando los dedos de Estrella se clavaban en los botones de la camisa de Lucio, arrancándolos con una urgencia que no admitía demoras. El sonido seco del algodón rasgándose se mezcló con el jadeo de ella cuando sus labios se separaron solo lo suficiente para que él gruñera contra su boca: "Aquí no". No era una negación, sino una promesa. Una advertencia de que si seguían así, en medio del salón, con las cámaras de seguridad, alguien más vería lo que solo ellos debían presenciar.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, sus manos bajaron con determinación, trazando el contorno de su erección a través del pantalón del traje, los nudillos rozando la tela estirada sobre su longitud. Lucio contuvo el aire, los músculos de su abdomen tensándose bajo su toque.
- "El estudio", murmuró él, con la voz áspera, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de Estrella, tirando justo lo suficiente para que ella levantara la cabeza.
Ella lo mirara con profundidad, el labio inferior hinchado por la presión de sus dientes. No esperaba permiso. No lo necesitaba. Pero él se lo dio de todos modos, empujándola hacia atrás con un movimiento brusco, sus pasos resonando contra el mármol mientras la guiaba, casi arrastrándola, hacia el pasillo que llevaba a la habitación más aislada de la residencia.
El estudio olía a cuero y a papel envejecido, el aroma de los libros antiguos mezclándose con el sudor que ya perlaba la frente de Lucio. La puerta se cerró de un portazo, el sonido amortiguado por las paredes acolchadas, diseñadas para contener secretos más peligrosos que este. Pero en ese momento, nada parecía más letal que la forma en que Estrella lo empujó contra la madera tallada, su cuerpo presionándose contra el de él con una ferocidad que lo dejó sin aliento. "No quiero que sea lástima", había dicho antes. Ahora, sus acciones gritaban algo más crudo, no le importan las consecuencias.
Las manos de Lucio encontraron el cierre de su vestido, los dedos temblando no por nerviosismo, sino por la necesidad de acelerar, de sentir su piel sin barreras. El vestido cedió deslizándose por sus hombros hasta quedar atrapado en la curva de sus caderas. Ella no se detuvo a quitárselo del todo. En lugar de eso, sus uñas rasgaron la corbata de seda de él, tirando hasta que el nudo se deshizo, la tela arrugada cayendo al suelo como una serpiente muerta.
- "Desnúdate", ordenó Estrella, la voz sonó como un latigazo.
La camisa se abrió en el resto del camino, los botones saltando como balas perdidas. Su torso quedó expuesto, la cicatriz plateada sobre su costilla izquierda, un recuerdo de un trabajo pasado, brillando bajo la luz tenue.
Estrella no la tocó. No aún. En lugar de eso, sus labios encontraron el hueco de su garganta, la lengua trazando un camino húmedo hacia abajo, deteniéndose solo para mordisquear un xxxxx antes de continuar su descenso.
Lucio maldijo entre dientes cuando ella se arrodilló frente a él, las manos yendo directamente a su cinturón, desabrochándolo con una eficiencia que la hizo preguntarse cuántas veces había hecho esto antes. Cuántas veces lo había hecho con él.
El pantalón y los boxers cayeron al mismo tiempo, liberando su masculinidad. Estrella no perdió tiempo en admirarla. Sus dedos se cerraron alrededor, y Lucio sintió cómo sus rodillas amenazaban con ceder.
- "Joder, Estrella", pero las palabras se ahogaron en su garganta cuando ella inclinó la cabeza y pasó la lengua lenta y deliberada, como si estuviera memorizando todo.
Cuando finalmente lo tomó en su boca, no fue con la dulzura de alguien que explora, sino con la confianza de quien reclama. Sus labios se sellaron alrededor de él, la presión perfecta, la humedad abrasadora, y cuando huecó las mejillas, Lucio tuvo que agarrarese a los estantes de libros para no caer.
- "Así", gruñó él, "justo así, maldita sea".
Sus caderas se movieron sin permiso, empujando más profundo, y ella lo aceptó, relajando la garganta para tomarlo hasta el fondo, las lágrimas picándole los ojos pero sin retroceder. Sus manos subieron a sus muslos, las uñas clavándose en la carne, marcándola, y él supo que al día siguiente habría moretones. Que quería que los hubiera.
Pero no iba a terminar así. No cuando el vestido de ella aún colgaba de sus caderas como una provocación, no cuando podía oler el calor de su excitación desde donde estaba. Con un gruñido, Lucio la tomó de los brazos y la levantó, girándola con fuerza hasta que su pecho quedó aplastado contra la fría superficie de la mesa de caoba.
- "Quítatelo", ordenó, la voz tan áspera que apenas sonó humana.
Ella obedeció, levantando las caderas lo suficiente para que el vestido se deslizara el resto del camino, dejando al descubierto el encaje negro de su tanga, ya empapado.
No hubo preliminares. No los necesitaban. Lucio arrancó la tela con un tirón, el sonido del encaje rompiéndose perdiéndose en el gemido de Estrella cuando dos de sus dedos se hundieron en ella sin aviso.
- "Estás chorreando", murmuró contra su oreja, el aliento caliente haciendo que se estremeciera. "Todo por mí", añadió.
Ella intentó responder, pero las palabras se convirtieron en un quejido ahogado cuando él añadió un tercer dedo, preparándola, mientras su otra mano se enredaba en su pelo y tiraba, forzándola a arquear la espalda.
- "Dime que me quieres así", exigió, los dedos moviéndose más rápido, el sonido obsceno de su humedad llenando la habitación. "Dime que no te importa si es un error".
- "No me importa", jadeó ella, las uñas arañando la madera. "Solo hazlo, Lucio. Por Dios, hazlo".
Y él lo hizo. Con un empujón brutal, su masculinidad la llenó de un solo movimiento, el calor de ella envolviéndolo como un puño apretado. Estrella gritó, el sonido ahogado contra el cuero cuando Lucio la dobló sobre él, sus embestidas tan profundas que cada una parecía tocar algo más allá del placer, algo primal y peligroso.
- "Eres mía", gruñó, los dientes hundiéndose en su hombro mientras sus caderas golpeaban contra su trasero, el sonido de la carne chocando en la habitación. "Siempre lo has sido, joder".
Ella no discutió. No podía porque cada empuje la llevaba más cerca del borde, su cuerpo tensándose como un arco, los músculos internos apretándose alrededor de él en espasmos desesperados.
- "Más, dame más", suplicó Estrella.
Y Lucio se lo dio. Con una mano en su garganta, empujándola contra la mesa, y la otra en su cadera, levantándola para cambiar el ángulo, cada embestida ahora rozando ese punto interno que la hacía temblar.
- "Vente, ahora, Estrella. Ahora...", ordenó él.
Y ella explotó. Un orgasmo tan violento que por un momento el mundo se detuvo, sus paredes se contrajeron alrededor de él en oleadas interminables, su respiración se cortó, y un sonido gutural, casi animal, escapó de su garganta. Lucio no aguardó. Con dos embestidas más, profundas y descontroladas, se enterró en ella y la expresión máxima de placer llegó, el cuerpo temblando con la intensidad del clímax.
Por un largo momento, solo hubo silencio. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el sudor resbalando entre sus cuerpos aún unidos.
Luego, Estrella rió. Una risa baja, ronca, sin alegría.
- "Dios", murmuró Estrella, "esto no puede ser un error".
Pero cuando Lucio se retiró lentamente, girándola para enfrentarla, sus labios ya buscaban los de ella de nuevo, y ella no se resistió. Porque ambos sabían la verdad, no importaba si era un error, lo volverían a cometer una y otra vez, hasta que no quedara nada de ellos que no estuviera marcado por el otro.