Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 6: La junta de los buitres.
Llegaron en cuarenta minutos.
Lucía los fue metiendo uno por uno a la sala de juntas mientras Cassidy los observaba desde la silla, con los pies todavía sobre el escritorio, tomando un café que la secretaria le había traído.
Seis hombres y dos mujeres, entraron cargando carpetas gruesas, que ella no leería. Se sentaron alrededor de la mesa ovalada como gallinas en un corral nuevo, mirándose entre ellos, sin entender porque los llamaron de proto y que capricho se le había ocurrido Andre pues Sebastián había hecho muchos cambios para complacerla, pero cuando vieron entrar a la heredera Montero sus caras cambiaron.
Cassidy entró a la sala y caminó hasta la cabecera.
—Soy Emilia Montero —dijo—. La dueña de todo esto. Por si alguno lo olvidó.
Lucía estaba detrás de ella con un cuaderno. Le había dicho: «Anota todo, los nombres, lo que dicen, lo que no dicen, y sobre todo las caras que ponen cuando yo hable.»
El primero en hablar fue un viejo canoso con lentes gruesos que estaba sentado a su derecha. Ignacio Velarde, director de Operaciones.
—Señora Montero, es un placer tenerla de vuelta. Su padre y yo trabajamos juntos más de veinte años.
Tenía los ojos húmedos. No de actuación. Cassidy lo leyó en medio segundo: leal al nombre Montero.
—Gracias, Ignacio. —Dijo con calidez. Porque a los aliados se les cuida.
Patricia Herrera, directora de Recursos Humanos. Traje azul, cara seria, palabras medidas. Leal, pero cuidadosa. No se iba a mojar hasta ver para dónde soplaba el viento.
Ricardo Soto, director Comercial. Joven, moreno, corbata torcida. Nuevo. Sin historia con nadie. Podía ir para cualquier lado. Marcos Peña estaba sentado en el centro del lado izquierdo de la mesa. Cuarenta y tantos, mandíbula cuadrada, canas en las sienes, ojos chiquitos detrás de lentes de montura delgada. Sonreía con la tranquilidad de un hombre que lleva años mandando y no piensa dejar de hacerlo porque la gorda de la dueña se despertó del coma con ganas de jugar a la empresaria.
—Marcos Peña, director financiero. Llevo cuatro años en el Grupo Montero. Fui designado personalmente por su esposo.
«Por su esposo.» No «por la junta.» No «por la empresa.» Por su esposo. Lo dijo a propósito, como quien clava una bandera en territorio ajeno.
—Señora Montero, antes de continuar quiero ponerla al día sobre la situación financiera del grupo, que cayó un catorce por ciento respecto al período anterior, la ratio de endeudamiento sobre activos netos se ajustó al alza debido a fluctuaciones del mercado cambiario, nuestro spread crediticio se amplió doscientos puntos básicos tras la reestructuración del tramo B del sindicado, lo cual impacta directamente en el covenant de cobertura de deuda...
Siguió. Y siguió.
EBITDA. Ratio. Covenant. Spread. Cassidy no entendía un carajo. Pero entendía la cara. Marcos Peña no estaba informando, estaba humillando. Cada término era una bofetada con guante blanco, un recordatorio de que Emilia Montero no pintaba nada aquí. Y lo hacía frente a todos para que todos pensaran lo mismo.
Cassidy miró alrededor mientras él hablaba. El flaco de la nariz afilada asentía como perro faldero. Peón confirmado. Ignacio apretaba los labios, furioso. Aliado confirmado. Patricia tomaba notas sin levantar la vista. Ricardo la miraba a ella con curiosidad, esperando a ver qué hacía.
—...por lo que recomiendo que mantengamos la estructura de gestión actual —Marcos cerró la carpeta y la miró directo—. Cualquier cambio abrupto sería, con todo respeto, contraproducente.
«Con todo respeto.»
En el Viejo Oeste, cuando alguien decía eso antes de hablar, significaba que estaba a punto de insultarte o de dispararte. A veces las dos cosas.
Cassidy se tomó cinco segundos. Luego se inclinó hacia adelante con los codos en la mesa y las manos cruzadas.
—Marcos, voy a ser honesta contigo. No entendí la mitad de lo que dijiste.
Marcos amplió la sonrisa. Alguien soltó una respiración que sonó a risa contenida.
—Y no me molesta admitirlo —continuó Cassidy—. No estudié finanzas, no estudié administración, no estudié una mierda de lo que tú estudiaste. Pero hay algo que sí estudié, Marcos. Algo que no se aprende en ninguna universidad.
Todos los ojos en ella.
—Estudié caras. Y la tuya me dice tres cosas. —Levantó un dedo—. Una: acabas de intentar hacerme quedar como idiota para que esta mesa decida que soy prescindible. —Segundo dedo—. Dos: llevas cuatro años manejando mi dinero con la confianza ciega de un hombre que no es de mi familia y que no me rinde cuentas a mí. —Tercer dedo—. Y tres: tienes miedo. Porque hasta hace una semana, la dueña de todo esto era una mujer que no levantaba la voz, y ahora te está mirando a los ojos y no te gusta lo que ves.
Marcos abrió la boca.
—No he terminado.
La cerró.
Cassidy se puso de pie, las manos apoyadas en la mesa, ocupando espacio.
—A partir de hoy, cada centavo que se mueva en esta empresa pasa por mi primero. Cada contrato, cada transferencia, cada firma. Si es de un peso, lo quiero ver. Si es de un millón, lo quiero ver dos veces. El que no esté de acuerdo con eso, tiene la puerta abierta. Y no es una amenaza, es una invitación.
Giró hacia Marcos y se inclinó lo suficiente para que solo él escuchara:
—Tú y yo vamos a sentarnos aparte. Me vas a explicar con palabras de ser humano dónde está cada centavo de mi empresa. Y si algo no me cuadra, te saco de esa silla tan rápido que vas a dejar el culo pegado al cuero.
Marcos tragó saliva. La nuez de Adán subió y bajó. Fue un movimiento mínimo, pero Cassidy lo vio y los demás también.
Se enderezó, se alisó la blusa y sonrió.
—¿Alguien quiere café? Porque yo me muero por un café.
La junta se disolvió en quince minutos. Los peones de Sebastián salieron primero, sin despedirse, con el paso rápido de los que van corriendo a contarle al jefe. Que corran. Que le cuenten.
Ignacio Velarde se acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo en voz baja:
—Tu padre habría estado orgulloso, niña.
Ricardo Soto fue el último. Media sonrisa, manos en los bolsillos.
—Eso fue lo más brutal que he visto en una junta directiva, y llevo seis años en esto.
—¿Brutal bueno o brutal malo?
—Brutal necesario.
Marcos Peña no se acercó. Recogió su carpeta y salió sin mirar atrás, pero Cassidy le vio la vena del cuello hinchada, latiendo.
Estás nervioso, Marcos. Y los nerviosos cometen errores.
Cuando la sala se vació, Cassidy se dejó caer en la silla. Le temblaban las manos, no de miedo, de adrenalina. La misma que sentía después de un asalto en los caminos de Arizona.
Lucía se acercó con el cuaderno.
—Marcos Peña le mandó un mensaje a alguien debajo de la mesa cuando usted estaba hablando. No vi a quién, pero le temblaba el pulgar.
Cassidy la miró. Esta muchacha era oro puro.
—Lucía, a partir de hoy ganas el triple.
—Señora, yo no estaba negociando.
—Lo sé. Por eso te lo subo.
Lucía se mordió el labio y salió.
Cassidy se quedó sola en la sala de juntas. Sacó el teléfono, todavía no sabía usarlo bien pero había aprendido a hacer una cosa: buscar en esa caja mágica que Lucía llamaba Google. Escribió con un dedo, despacio, letra por letra:
«Qué es EBITDA.»
Leyó. Frunció el ceño. Leyó otra vez.
—Con razón los ricos roban tanto —murmuró—. Inventaron un idioma entero para que nadie les entienda.
Se levantó, se alisó la blusa.
Mañana voy a saber qué mierda es un EBITDA. Y pasado mañana voy a saber dónde escondiste mi dinero, Marcos Peña.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖