"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 11
Hay lugares que tienen memoria, espacios que guardan el eco de quienes los habitan como si las paredes fueran esponjas sedientas de secretos. La habitación de Julián era uno de esos lugares. Durante años, ese cuarto al final del pasillo había sido para mí una zona prohibida, un territorio sagrado custodiado por un cartel de "No pasar" que mi mente adolescente nunca se atrevió a ignorar. Pero hoy, con la casa sumergida en el silencio de una tarde de martes —Ana en el supermercado, el señor Martínez en el club y Sofía en sus clases de refuerzo—, el pomo de esa puerta brillaba bajo la luz del pasillo como una fruta prohibida.
Mis pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra. El corazón me golpeaba las costillas con una cadencia errática, una mezcla de adrenalina y pánico que se había vuelto mi estado natural desde que Julián decidió reclamarme. Empujé la puerta. No estaba cerrada con llave; Julián no necesitaba llaves cuando su mera presencia solía ser suficiente para mantener a raya a los curiosos.
Al entrar, el aire cambió. No era el olor a flores frescas de mi cuarto ni el aroma a desinfectante del resto de la casa. Era una mezcla embriagadora de perfume y madera. Sándalo, cuero viejo, tabaco de liar y ese aroma metálico, casi eléctrico, que desprendían sus planos recién impresos. Era el olor de la madurez, de un hombre que sabía exactamente quién era y qué quería del mundo.
La habitación era minimalista, casi fría en su precisión arquitectónica, pero cargada de una sensualidad implícita. La cama, de un gris grafito, estaba perfectamente hecha, aunque mi mente traicionera no tardó en desordenar las sábanas imaginando su cuerpo desnudo sobre ellas. Me acerqué a su escritorio, una tabla de madera maciza llena de reglas de cálculo, estilográficas y maquetas a medio terminar.
Toqué la madera. Estaba suave, pulida por las horas que él pasaba allí, proyectando edificios que yo nunca vería. Me sentí como una intrusa en un santuario, pero la necesidad de entender al hombre que me hacía temblar cada noche era más fuerte que mi decencia.
Abrí el primer cajón. Esperaba encontrar planos o facturas, pero lo que vi me heló la sangre y me hizo arder la piel al mismo tiempo.
En un rincón del cajón, dentro de una pequeña caja de madera oscura, había una colección de objetos que no deberían estar allí. Eran fragmentos de mí. Una cinta de pelo que perdí en el jardín hace tres años. Una nota de agradecimiento que le escribí cuando me ayudó con un examen de álgebra. Y, en el fondo, una fotografía. Era una foto vieja, de un verano en el que yo tenía dieciséis años y él veintiuno. Yo salía riendo, con el pelo alborotado por el viento y el bañador mojado. No recordaba que nadie me hubiera hecho esa foto.
—¿Buscabas algo en particular, Elena?
La voz de Julián, profunda y cargada de una ironía letal, me hizo saltar. Cerré el cajón de un golpe, girándome con la cara encendida y la respiración entrecortada. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con la chaqueta de cuero colgada de un dedo y la camisa blanca ligeramente desabrochada. No parecía enfadado; parecía divertido, como un gato que observa a un ratón tratando de esconderse en un rincón sin salida.
—Yo... solo buscaba un libro. Sofía dijo que quizás tenías algo de arquitectura clásica para mi trabajo —mentí, aunque mis ojos me delataban.
Julián soltó una risa seca y entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo. Se acercó a mí con esa elegancia depredadora que me hacía querer correr y quedarme quieta al mismo tiempo. Se detuvo a escasos centímetros, atrapándome entre su escritorio y su cuerpo.
—Mientes muy mal, pequeña. Si quisieras un libro, habrías encendido la luz. Estabas husmeando en mi vida. Querías saber qué hay detrás de la máscara, ¿verdad?
Extendió la mano y me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. El olor a perfume y madera se intensificó, nublándome el juicio.
—¿Qué has encontrado en el cajón, Elena? ¿Te ha asustado ver que no eres la única que ha estado fantaseando durante años?
—¿Por qué tienes esas cosas, Julián? La cinta, la nota... la foto. Son de cuando era casi una niña. Es... es obsesivo.
Julián se inclinó, su rostro a milímetros del mío. Sus ojos eran oscuros, insondables, como el fondo de un océano en plena tormenta.
—Obsesivo es una palabra que usan los que no saben lo que es desear algo hasta que les quema la sangre. Te he observado crecer, Elena. He visto cómo pasabas de ser la niña que me pedía ayuda con los deberes a ser esta mujer que ahora me mira con miedo y ganas a partes iguales. Esas "cosas" eran mis recordatorios de que un día serías mía. Y ahora que lo eres, ya no las necesito.
Me soltó de la barbilla y pasó su mano por mi cuello, sus dedos largos y calientes trazando la línea de mi mandíbula antes de perderse bajo mi jersey. Su tacto era fuego líquido.
—Este cuarto huele a ti —susurré, perdiendo la batalla contra mi propio deseo.
—Este cuarto huele a lo que soy yo cuando nadie me ve —respondió él, su voz bajando un octavo hasta convertirse en un ronroneo—. Y ahora tú formas parte de esto. Ya no hay secretos entre nosotros, Elena. Sabes que te he deseado desde siempre, y yo sé que has entrado aquí buscando una excusa para que te toque.
Me levantó en vilo, sentándome sobre el escritorio, entre sus planos y sus reglas. Los objetos cayeron al suelo con estrépito, pero a ninguno nos importó. Julián se posicionó entre mis piernas, abriéndolas con una firmeza que no admitía réplicas. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda de mi vestido, hasta encontrar la piel desnuda.
—Julián, alguien puede llegar... —protesté débilmente, aunque mis manos ya estaban enredadas en su cabello, tirando de él hacia mi pecho.
—Nadie va a llegar. Y si llegan, que vean lo que es real —sentenció él, sellando mis labios con un beso que sabía a posesión y a victoria.
En ese momento, rodeada de su olor, de su perfume y su madera, comprendí que entrar en su habitación había sido el error más delicioso de mi vida. Ya no era solo una aventura de medianoche en mi cuarto; era una invasión de su mundo. Julián me estaba integrando en su estructura, convirtiéndome en una parte fundamental de su edificio personal.
Me hizo suya allí mismo, entre los borradores de sus proyectos y el aroma de su obsesión. Cada embestida era un recordatorio de que él me conocía mejor de lo que yo me conocía a mí misma. Había guardado mis fragmentos durante años, y ahora estaba recomponiendo mi ser a su imagen y semejanza.
Cuando terminó, me mantuvo abrazada contra su pecho, sentados ambos en el suelo frío, apoyados contra la madera de su cama. El silencio volvió a reinar, pero era un silencio compartido, cómplice.
—Vete antes de que vuelva mi madre —dijo él, dándome un beso en la sien—. Pero llévate esto.
Me entregó la fotografía vieja, la de mis dieciséis años.
—Ya no necesito el papel, Elena. Tengo la realidad.
Salí de su habitación temblando, con la foto apretada contra mi pecho y el olor de Julián impregnado en cada poro de mi piel. La fantasía real ya no era un sueño; era una marca indeleble. Había entrado en el santuario del arquitecto y había descubierto que el edificio que estaba construyendo no era de cemento ni de acero. Estaba construido de deseo, de paciencia y de una obsesión que ahora nos consumía a los dos.