TEMPORADA 3 Y FINAL DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 6
A la mañana siguiente…
con cuidado, guardé a los niños en el anillo.
No quería exponerlos innecesariamente.
Poco después, dos doncellas entraron en la habitación.
Sin decir mucho, comenzaron a prepararme.
Sus manos eran rápidas.
Expertas.
Me bañaron, perfumaron y vistieron con una precisión casi ceremonial.
Cuando terminaron…
me miré en el espejo.
Llevaba un vestido elegante de estilo aristocrático.
La parte superior era de encaje blanco, ajustada al cuerpo, con mangas largas y delicadas que dejaban entrever sutilmente la piel. El cuello alto adornado con detalles finos le daba un aire refinado y dominante.
El corsé azul oscuro ceñía mi cintura, realzando mi figura con firmeza, mientras que la falda caía en capas voluminosas del mismo tono, decoradas con bordados dorados y detalles ornamentales que brillaban suavemente con la luz.
Las telas se movían con elegancia al caminar.
Pesadas.
Lujosas.
Propias de alguien de alto rango.
Mi cabello…
estaba recogido en un peinado elaborado.
Trenzas entrelazadas que formaban un moño elegante, dejando caer algunos mechones largos que enmarcaban mi rostro con suavidad. El tono claro de mi cabello contrastaba con el vestido, dándome un aire casi etéreo.
Un collar delicado adornaba mi cuello.
Pequeños accesorios dorados decoraban mi cintura y caderas.
Y en mis pies…
zapatillas finas a juego con el conjunto.
Me observé unos segundos más.
Era extraño.
No era una reina vampira…
pero tampoco una simple humana.
Sonreí levemente.
—Vaya…
Murmuré.
—Parece que sigo sabiendo cómo vestir como una reina.
Las doncellas inclinaron la cabeza.
—El duque dio instrucciones precisas.
Eso explicaba todo.
Sin decir más, me dirigí hacia el comedor.
Los pasillos estaban tranquilos.
Iluminados por la tenue luz de la mañana filtrándose por las ventanas.
Al llegar…
las puertas se abrieron.
Cassian ya estaba ahí.
Sentado en la mesa.
Elegante como siempre.
Impecable.
Levantó la mirada en cuanto entré.
Sus ojos recorrieron mi figura por un breve instante.
Analizando.
Evaluando.
Pero también…
reconociendo.
Caminé con calma hasta la mesa.
Y sin dudar…
me senté a su lado.
Cassian no habló.
El silencio entre nosotros no era incómodo…
pero sí pesado.
Lento.
Como si cada segundo tuviera más peso del que debería.
Me incliné ligeramente hacia él.
Con cuidado…
alcé mis manos.
Y tomé su mano derecha, cubriéndola con las mías.
Su piel estaba fría.
Firme.
Inmóvil al principio.
Cassian alzó la mirada.
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
Profundos.
Intensos.
Esperando.
Sin apartar la mirada…
hablé.
—Acepto.
El mundo pareció detenerse en ese instante.
No aparté mis manos.
No retrocedí.
Sostuve su mirada.
Firme.
Decidida.
Algo en los ojos de Cassian cambió.
Fue sutil.
Pero innegable.
La frialdad calculadora…
se resquebrajó.
Como si esa respuesta…
hubiera atravesado todas sus defensas.
Sus dedos se tensaron levemente bajo los míos.
Su mirada descendió apenas hacia nuestras manos.
Luego volvió a mis ojos.
Más oscura.
Más profunda.
Más peligrosa.
—Aelina…
Su voz fue baja.
Grave.
Cargada de algo que no había estado ahí antes.
—No hay marcha atrás.
No era una advertencia.
Era un trato.
Uno que ya habíamos aceptado.
Apreté suavemente su mano.
—Lo sé.
Cassian guardó silencio unos segundos más.
Como si organizara sus pensamientos.
Entonces habló de nuevo.
—La ceremonia se llevará a cabo en un mes.
Sus palabras fueron firmes.
Decididas.
—Serás reconocida oficialmente como mi esposa ante todo el imperio.
Su mirada no se apartó de la mía.
—Y el vínculo lo completaremos esta noche.
Al escucharlo…
un leve calor subió por mis mejillas.
Inesperado.
Difícil de explicar.
Apenas me dio tiempo de procesarlo cuando apartó su mano con suavidad, como si ya hubiera tomado una decisión irreversible.
Tomó los cubiertos.
Y comenzó a comer con calma.
—Te teñiré el cabello.
Parpadeé.
—¿Teñirlo?
—Aunque hayan pasado siglos… el emperador te reconocería.
Su tono fue práctico.
Frío.
—El color puedes elegirlo tú.
Lo pensé apenas un segundo.
—Rosa.
Un instante después…
Cassian levantó la mano.
Un círculo mágico apareció frente a mi rostro.
Oscuro.
Elegante.
Antiguo.
Sentí una ligera corriente recorrerme…
y mi cabello cambió.
De azul celeste…
a un suave rosa pastel.
Mis dedos subieron de inmediato, tocándolo.
Sedoso.
Real.
Pero no fue eso lo que me sorprendió.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Magia demoníaca…?
Lo miré.
—¿Cómo es posible?
Mi voz bajó apenas.
—Los vampiros no tienen magia.
Cassian retiró la mano con calma.
Y entonces…
sonrió.
Una sonrisa leve.
Condescendiente.
—Aelina…
Sus ojos brillaron con un matiz distinto.
—Los vampiros que conoces…
Hizo una breve pausa.
—ya no existen.
El aire pareció cambiar con esas palabras.
—Ahora somos… más poderosos.
Guardé silencio.
Procesando.
Sorprendida.
Pero no asustada.
Porque si algo había aprendido…
era que este mundo no seguía ninguna de las reglas que yo conocía.
Mis pensamientos cambiaron de rumbo.
Rápidamente.
Más importante que eso…
era decirle la verdad.
Toda la verdad.
Sobre mí.
Sobre mis hijos.
Abrí la boca.
—Cassian, yo—
Pero no pude continuar.
Él ya se había levantado.
Su expresión cambió en un instante.
Fría.
Atenta.
Como si hubiera percibido algo.
O alguien.
Sus ojos se dirigieron hacia la puerta.
—Lo que tengas que decirme…
Su voz volvió a ser distante.
Controlada.
—lo hablaremos esta noche.
No esperó respuesta.
Simplemente se marchó.
Las puertas se cerraron tras él.
Y el eco…
quedó suspendido en el aire.
Me quedé en silencio unos segundos.
Luego…
exhalé lentamente.
—Esta noche…
Murmuré.
Miré la mesa frente a mí.
El desayuno seguía intacto.
Como si nada hubiera pasado.
Como si mi vida…
no acabara de cambiar por completo.
Tomé los cubiertos.
Pero antes de empezar a comer…
miré discretamente a mi alrededor.
Los sirvientes mantenían la distancia con la cabeza hacia el suelo.
Como siempre.
En silencio.
Aproveché ese instante.
Con un movimiento sutil de la mano…
abrí mi anillo de almacenamiento.
Y guardé algunos de los platillos.
Carne suave.
Pan dulce.
Frutas.
Suficiente para dos pequeños estómagos exigentes.
Una leve sonrisa cruzó mis labios.
—Para ustedes…
murmuré apenas, casi inaudible.
Ahora a…
comencé a comer.
Con calma.
Como si nada hubiera pasado.
Porque, al final…
no importaba cuán grande fuera la decisión.
El tiempo seguía avanzando.
Y la noche…
llegaría.