Shelsy Ereu , una jóven de belleza natural y esto párese ser su castigo, el destino es un criminal en su vida ,nada aprese salir según sus deseos .
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capitulo 1: tres meses de esperanza
Una joven trataba de abrirse paso por la espesura del bosque. Era difícil, y más si era de noche.
La joven de 17 años no se detenía, tratando de recordar dónde se encontraba el sendero. Algunos metros atrás, un can tiraba con fuerza de la correa atada a la muñeca de un hombre que, con dificultad, se esforzaba por seguirle el paso. Dos chicos más iban tras él; ellos llevaban armas.
—¡Si la encuentro, la mato! ¡Maldita bruja! —dijo uno de los chicos.
La luz de una centella los sorprendió. El rugido de un trueno estremeció la espesura del bosque. El can daba chillidos de miedo y se sentó en el suelo con el rabo entre las piernas; parecía querer enterrarse vivo.
—¡Este tonto animal no dará un paso más! ¡Cobarde! —dijo el hombre que llevaba al animal.
—¿Qué haremos? Son casi las doce de la noche. Este bosque da miedo y, para colmo, creo que lloverá —dijo otro hombre, empuñando su arma con fuerza.
—¡Niña tonta! ¿Cómo se le ocurre escapar? No entiende que no importa dónde se meta, ¡el jefe la encontrará! No quiero ni imaginar cómo será su castigo.
Más adelante, la joven no se detenía. Ni el bosque, ni el peligro de encontrarse con una fiera, ni el cansancio, ni la lluvia la detendrían. En sus brazos llevaba, envuelta en una manta, a su pequeña hija de tan solo tres meses de nacida. El fuerte trueno la asustó un poco, pero ella, con rapidez, colocó el pezón en la pequeña boca de la bebé, que de inmediato empezó a succionar y se calmó.
¡Qué alivio fue esto para ella! De seguro su llanto alertaría a los hombres y la encontrarían con rapidez. Se sentían algunas gotas de lluvia; debía buscar refugio. Sus pies descalzos no se detenían. Las gotas de lluvia sobre el suelo hacían un lodazal que dificultaba avanzar con rapidez, pero ella se esforzaba, sosteniendo a su hija con un brazo y, con el otro, abriéndose paso entre los juncos y matorrales.
Una nueva centella iluminó el cielo. Esta luz le permitió ver frente a ella una pared de roca gigante y un arbusto lleno de enredaderas que colgaban. Sintió angustia; esa roca parecía ser el fin del camino. Si se regresaba, seguro se encontraría con los hombres. Además, la lluvia ya se hacía fuerte.
Abrazó con fuerza a su hija y se agachó para meterse bajo el arbusto. Tal vez podría refugiarse de la lluvia. Agachada de rodillas, se metió tratando de esconderse entre las enredaderas, suplicando en silencio al cielo:
—Oh Dios, si es que existes, ten un poco de clemencia. Juro no volver a las redes del engaño si me libras de esta.
Una nueva centella iluminó el bosque. Algo de luz se filtró por las enredaderas y le permitió ver una abertura bajo la gran roca: una cueva.
¡Qué alivio! Esto las va ha refugiar de la lluvia —pensó ella mientras avanzaba hacia la entrada de la cueva. Por suerte, no parecía ser la casa de ningún feroz animal.
Una vez allí, se acomodó un poco. Revisó a su hija en la oscuridad, pasando sus manos por su frágil cuerpo y asegurándose de que todo estuviera bien. Colocó la mano en su pequeño pecho para asegurarse de que estaba respirando. La bebé era muy pequeña y se sentía segura en los brazos de su madre. Ella la acostó boca abajo sobre su pecho; así sentiría su respiración.
La joven trató de acomodarse junto a la pared de la cueva y encontró algo de comodidad y alivio.
Entre tanto, en el bosque, los hombres decidieron dejar el perro amarrado a un arbusto y seguir sin él. Pero la lluvia era cada vez más fuerte. Se dieron cuenta de que no tenían rastro que seguir, así que decidieron regresar. Tomaron al can en el camino y retornaron, tratando de encontrar el sendero en medio del lodo y la lluvia, renegando entre dientes por su maldita suerte. Todas las dificultades que pasaban eran por culpa de esa chiquilla y del capricho de su jefe.
A unos cuantos minutos, en una casa en el claro del bosque, se divisaba la luz de lámparas de queroseno, más parecidas a antorchas. Varios hombres estaban allí, y un joven daba vueltas caminando de aquí para allá, como si su intención fuera abrir un hueco en el piso con sus botas. El desespero se le notaba en la frente fruncida y en sus puños cerrados, que en ocasiones dejaba caer con violencia sobre la mesa de madera que se encontraba en la sala.
Miraba de vez en cuando por la ventana. La lluvia se hacía más fuerte, así como la tormenta eléctrica que la acompañaba. Para colmo, una fuerte ventisca empezaba a soplar, haciendo que los árboles se movieran con violencia.
Por fin divisó a los hombres con el can. Lo traían cargado, animal miedoso asustado por los rayos.
El hombre abrió la puerta con rapidez.
—¿Dónde está ella? ¿Por qué no la traen con ustedes?
—¡No lo sabemos, jefe! La perdimos en el bosque. Corría con rapidez hacia el sur. La lluvia nos dejó sin rastro y no podíamos seguir.
—¿Hacia el sur? ¿Están seguros?
—Sí, señor. Muy seguros.
—¡Maldita sea! ¡Niña tonta! Si intenta cruzar el río con esta lluvia torrencial, morirá. ¡No puede ser! ¡No puede ser!
El hombre cayó de rodillas. Luego se levantó, tomó una linterna y quiso salir al camino, pero al abrir la puerta un rayo cayó sobre un árbol grande que estaba a unos seis metros de la casa, partiéndolo al instante.
—No es seguro, señor. Es una tontería buscarla. Nos ponemos en peligro.
El joven se resguardó y lloraba con desesperación. En su mente decía:
"Niña estúpida, has buscado tu propia muerte."
Los cinco hombres que lo acompañaban guardaban silencio. Sabían que, con la ira que tenía, cualquier palabra lo enojaría aún más. Si decidía salir solo, no tendrían más opción que seguirlo.
la historia con el tiempo se mejora, te deseo mucho éxito.🙏