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La Luna Rechazada: La Rosa Quebrada por el Alfa

La Luna Rechazada: La Rosa Quebrada por el Alfa

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

El origen de Edwards Black Dragma — la verdad completa

Edwards no nació vampiro por casualidad.

Es vampiro por herencia.

El padre de Edwards ya era algo que el mundo temía y casi nadie comprendía:

un supremo híbrido, fruto de la unión imposible entre hombre lobo y vampiro.

Esa sangre mixta no debilitaba. Al contrario. Volvía al portador más fuerte, más resistente, más raro. Un error de la naturaleza… o su obra más perfecta.

Cuando el padre de Edwards encontró a su compañera, Selena, creyó que finalmente tendría un heredero estable. Selena era una hombre lobo omega, débil en la fuerza, más fuerte en los sentimientos y decisiones y dulce, leal. Una luna de verdad.

Se casaron. Fueron felices.

Y cuando llegó el embarazo, nadie sospechó nada más allá de lo común.

En las primeras semanas de embarazo, la curandera anunció lo esperado:

— Es un hombre lobo.

Ellos sonrieron.

Creyeron que la sangre híbrida había sido “diluida”.

Pero, en el tercer mes, todo cambió.

La curandera volvió pálida, temblorosa.

Lo que crecía dentro del vientre de Selena no era solo un supremo.

Era un híbrido completo.

Vampiro.

Hombre lobo.

Supremo.

Un ser que nunca debería nacer.

El padre de Edwards entró en pánico. Él sabía lo que aquello significaba. Sabía lo que un bebé con aquella fuerza haría al cuerpo frágil de una loba, incluso siendo fuerte ya podría matar a una omega no aguantaría. Pero Selena aguantó hasta el último momento de que la bolsa se rompiera y traer a su hijo tan amado y esperado al mundo.

Intentó impedir.

Intentó convencer a Selena.

Pero ella decidió.

Selena eligió llevar el embarazo hasta el fin, incluso sabiendo que eso podría matarla. No por deber. No por profecía.

Por amor.

A partir de allí, la gestación se volvió un tormento silencioso. El bebé tenía demasiada fuerza. Huesos demasiado rígidos. Demasiada hambre. Él la laceraba por dentro lentamente.

Y ella soportó.

Cuando Edwards nació, Selena murió.

No hubo gritos.

No hubo acusaciones.

Solo el cuerpo de ella sin vida…

Y un recién nacido con ojos que jamás deberían existir.

Edwards creció rápido. Demasiado fuerte. Demasiado inestable.

Y a los siete años, su vida cambió nuevamente.

Su padre, devastado por la soledad, se involucró con una mujer que jamás debería haber tocado:

una bruja llamada Kathleen.

Lo que comenzó como consuelo se volvió trampa.

Kathleen no amaba.

Ella manipulaba.

Del envolvimiento nació Katrina.

Poco tiempo después, Kathleen traicionó al supremo.

Usó verbena.

Lo mató.

Cuando Edwards encontró el cuerpo del padre, algo dentro de él se rompió para siempre.

Katrina aún era solo un bebé.

Sin pensar.

Sin planear.

Edwards la tomó en brazos…

Y huyó.

Años después, ya adulto, él volvió.

No por añoranza.

Por venganza.

Encontró a Kathleen.

Y la mató.

Sin piedad.

Después de eso, Edwards fue acogido y entrenado por un antiguo alfa de la manada Clunar. Un líder antiguo, sabio, duro. Fue allí que Edwards aprendió todo:

Estrategia.

Control.

Disciplina.

Cuándo usar la fuerza.

Cuándo contenerse.

Cuándo destruir.

Todo lo que él es hoy nació allí.

Durante siglos, él creyó que encontraría a su compañera. Su luna suprema. La hembra capaz de soportar lo que él era.

Pero los años pasaron.

Las primaveras vinieron y se fueron.

Los siglos se acumularon.

Y ella nunca vino.

Cuando Edwards cumplió mil años, él desistió.

Aceptó que su linaje terminaría con él.

Aceptó la soledad.

Aceptó el vacío.

Y fue eso que lo volvió frío.

No la crueldad.

Pero la ausencia de esperanza.

MIL AÑOS

El mundo nunca fue gentil con monstruos que piensan demasiado.

Yo aprendí eso demasiado temprano… y demasiado tarde al mismo tiempo.

Mil años.

Ese es el peso que cargo en los huesos.

Mil inviernos asistiendo a imperios surgir y pudrirse, manadas erguirse y caer, alfas jurar lealtad y después implorar perdón. Mil años sintiendo el tiempo pasar como un río que no para, mientras yo permanezco parado en la margen, observando todo con la misma expresión cansada.

Supremo Alfa.

Un título que suena grandioso para quien nunca necesitó cargarlo.

La verdad es simple y cruel: poder no calienta noches vacías.

Nunca encontré a mi compañera.

Mi Luna Suprema.

El vínculo que debería haberme completado nunca vino. Ningún llamado. Ningún lazo. Ninguna sensación de pertenencia. Apenas silencio. Un silencio que se volvió rutina, después hábito, después carácter.

Tal vez sea por eso que me volví… así.

Frío. Calculista. Gruñón. Y permanentemente malhumorado.

No soy bonito. Nunca fui. Mi rostro carga marcas demasiado antiguas para ser llamadas cicatrices. Trazos duros, mirada pesada, expresión que intimida incluso cuando estoy en silencio. Los lobos más jóvenes acostumbran desviar los ojos cuando paso. Los más viejos me encaran con respeto y miedo en la misma medida.

Funciona.

Siempre funcionó.

Persuasión no viene de la sonrisa. Viene de la certeza de que, si yo hablo, el mundo se mueve.

O quiebra.

Yo estaba sentado en el salón de piedra negra de la fortaleza suprema cuando sentí la presencia de ella incluso antes de oír su voz.

— ¿Vas a seguir con esa cara de entierro o puedo entrar?

Suspiré.

— Katrina… — murmuré, sin girar el rostro. — Si viniste a irritarme, elegiste el día correcto.

Ella entró incluso así.

Mi hermana siempre entra.

Alta, elegante, cabellos rojos oscuros presos de forma displicente, ojos verdes vivos demasiado para alguien que creció cercada de sangre y política. Katrina es todo lo que yo no soy: espirituosa, burlona, peligrosa del jeito sonriente que distrae antes del golpe.

— Ótimo. — dijo ella, tirándose en la silla a mi frente. — Adoro cuando estás insoportable. Quedas más humano.

— No soy humano. — respondí seco.

— Gracias a la Luna. — ella sonrió. — Humanos envejecen rápido demás. Tú solo… te pudres despacio. Para una vampiro y supremo te saliste perfecto hermano.

Cerré los dientes.

— ¿Por qué estás aquí?

— Vine a avisarte que la Luna de Plata es peor de lo que los relatórios dicen.

Mi mirada finalmente encontró la de ella.

— Lo sé. — respondí. — Las denuncias se acumulan hace dos años.

— Dos años en que dejaste que Kael jugara de alfa. — ella provocó. — No combina contigo ser paciente.

— Combiné paciencia con observación. — retruqué. — Ahora tengo certeza.

Ella se inclinó para frente.

— Él está acabado.

— Aún no. — corregí. — Pero va a estar.

Katrina rió.

— Me gusta cuando hablas así. Me recuerda que por debajo de esa cara fea aún existe el lobo que hizo reyes arrodillarse.

— Cuidado. — avisé. — Puedo empezar a listar tus defectos también.

— Imposible. — ella abrió los brazos. — Soy perfecta.

— Arrogante. — murmuré.

— Heredado de ti.

Quedamos en silencio por algunos segundos. Ella me observaba como solo alguien que me conoce hace mil años consigue observar.

— Sabes… — dijo ella, de repente. — A veces me pregunto si no eres tan amargo porque nunca tuviste una Luna.

El aire quedó más pesado.

— No comiences. — avisé.

— No estoy provocando. — ella respondió, más suave. — Estoy constatando.

Me levanté.

Aquella conversación no era confortable. Nunca lo es.

— La ausencia de una compañera no me debilitó. — hablé. — Me volvió imparcial.

— Te volvió solitario. — corrigió.

— Soledad es una herramienta. — retruqué.

Ella suspiró.

— Tú dices eso hace siglos.

— Y continúo cierto.

Katrina se levantó también y caminó hasta mí.

— Incluso así… — dijo ella, con una sonrisa enviesada. — Te importas más de lo que admites.

— No confundas estrategia con sentimiento.

— No confundas frialdad con fuerza. — devolvió.

Nosotros dos sonreímos.

Era siempre así.

Discusión. Provocación. Lealtad silenciosa.

— Entonces… — dijo ella, mudando el tono. — ¿Vas personalmente a la Luna de Plata?

— Voy. — respondí sin hesitar.

— A Kael no le va a gustar.

— No estoy yendo para agradarlo.

— ¿Y la Luna de él?

— Él no tiene Luna. — corregí. — Tiene una farsa.

Katrina asintió.

— Bueno. — dijo ella. — Porque si depende de mí, aquella manada va a aprender el significado de la palabra consecuencia.

Miré para el salón vacío a nuestro alrededor.

Mil años.

Sin compañera. Sin descanso. Sin perdón.

Tal vez el mundo piense que soy cruel.

Tal vez yo lo sea.

Pero alguien necesita serlo.

Y cuando yo llegue a la Luna de Plata, no habrá fiesta, no habrá mentiras, no habrá protección.

Solo verdad.

Y verdad… siempre destruye quien construyó el poder encima de la vergüenza

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