Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 20: El Primer Enjambre
Alex Chen sintió el cambio antes de que las alarmas sonaran.
Estaba sentado en su estación habitual, rodeado de pantallas holográficas que parpadeaban con datos en tiempo real. Eran las 11:43 p.m. Sofia dormía profundamente en el sofá después de un día agotador de grabaciones en los refugios. Él, como siempre, se había quedado vigilando. Sus ojos ardían por la falta de sueño, pero su mente estaba alerta. Llevaba tres tazas de café sintético en el sistema y una determinación silenciosa que lo mantenía despierto.
De pronto, los sensores que había calibrado con ayuda del equipo vaticano registraron un pico anormal. No era uno de los habituales. Era diferente. Más profundo. Como si el propio aire estuviera conteniendo la respiración.
—Vamos… —murmuró Alex, ajustando los filtros—. No ahora. No esta noche.
Las lecturas de energía abisal subieron un 470% en menos de treinta segundos. El mapa holográfico del Barrio Bajo 17 y parte del Distrito Medio se iluminó con puntos rojos intermitentes. Alex sintió un nudo en el estómago. Había visto estos patrones en simulaciones. Pero verlos en vivo era completamente distinto.
Activó el comunicador de emergencia que Mateo le había dado.
—Hermano Mateo, aquí Alex. Tengo un pico masivo en el Sector 7-B y 8-C. No es una fisura normal. Es… algo saliendo.
La voz de Mateo llegó cargada de tensión.
—Confirmado. Estamos en camino. Evacúen si pueden. Esto no se siente como los zánganos anteriores.
Alex despertó a Sofia con urgencia.
—¡Sofí! ¡Levántate! ¡Está pasando!
Sofia se incorporó de golpe, con los ojos aún llenos de sueño pero la mente despierta al instante.
—¿Qué pasa?
—Los enjambres. Están saliendo. Ahora.
En menos de dos minutos ya estaban preparados. Alex cargó el dron principal y la cámara portátil más ligera. Sofia revisó su chaleco táctico y el micrófono. No había tiempo para miedo. Solo acción.
Salieron del apartamento y corrieron hacia el vehículo eléctrico modificado que usaban para las coberturas. Mientras conducían hacia la zona afectada, Alex monitoreaba los datos en una tablet.
—Hay múltiples puntos de ruptura —explicó con voz tensa—. Al menos seis fisuras abriéndose simultáneamente. Las lecturas indican miles de entidades. No son los zánganos pequeños de antes. Estos son más grandes. Más organizados.
Sofia agarraba el volante con fuerza.
—Graba todo, Alex. Aunque sea lo último que hagamos.
Llegaron al límite del Barrio Bajo 17 justo cuando el cielo se rompió.
No fue un portal elegante. Fue como si la realidad misma se desgarrara con un sonido húmedo y desgarrador. Grietas negras verticales aparecieron en el aire, vomitando una marea viviente de criaturas. Los enjambres abismales habían llegado.
Eran miles. Cuerpos insectoides alargados, con alas membranosas que emitían un zumbido grave y ensordecedor. Sus caparazones brillaban con un negro aceitoso y venas rojas pulsantes. Algunos tenían aguijones largos como espadas, otras mandíbulas que chasqueaban con hambre. No atacaban al azar. Se movían en formaciones coordinadas, como si una inteligencia superior los dirigiera.
—¡Dios mío! —exclamó Sofia, activando la cámara mientras Alex pilotaba el dron desde el vehículo.
El dron captó todo: la marea oscura descendiendo sobre edificios abandonados, rompiendo ventanas, arrastrando a los pocos rezagados que aún quedaban en la zona. Los gritos comenzaron casi inmediatamente.
Alex sintió náuseas, pero no dejó de grabar.
—Esto es peor de lo que imaginábamos —dijo con voz ronca—. Están saliendo por oleadas. Mira los patrones… están cercando el Sector 7. Intentan cortar las rutas hacia el Distrito Medio.
Sofia transmitía en vivo a través de su plataforma encriptada.
—Atención a todos. Los enjambres abismales están emergiendo en el Barrio Bajo 17. No son simples demonios. Son un ejército. Repito: un ejército. Si pueden evacuar, háganlo ahora. Si pueden luchar, únanse a las patrullas mixtas.
Desde su posición, vieron cómo Mateo, Elena y un equipo mixto de la Orden y Vigilantes del Umbral llegaban a toda velocidad. Mateo disparaba ráfagas de plasma bendito mientras Elena coordinaba emboscadas con trampas explosivas. Los exorcistas vaticanos lanzaban rituales de contención que creaban barreras de luz dorada, pero los enjambres eran demasiados.
Alex dirigió el dron más cerca, capturando imágenes brutales pero necesarias: un zángano atravesando el pecho de un voluntario, otro arrastrando a una mujer hacia una fisura. Sofia grababa voz en off con la voz quebrada pero firme.
—Esto es lo que las corporaciones ayudaron a desatar. Esto es lo que la Iglesia y la gente común están intentando contener.
Un zángano elite, más grande y con caparazón reforzado, detectó el dron y lo atacó. Alex maniobró con habilidad, pero la criatura lo derribó. Perdieron la señal del dron principal.
—Maldición —gruñó Alex—. Tenemos que acercarnos más.
Salieron del vehículo y avanzaron a pie, manteniéndose cerca de la patrulla de Mateo. En medio del caos, Alex alcanzó a ver a Verónica. Estaba resguardada por un grupo de guardias de la Orden, sosteniendo un rosario con fuerza mientras ayudaba a algunos civiles heridos a ponerse a salvo tras una barricada improvisada. Se veía tensa, claramente afectada por el horror que presenciaba, pero no estaba peleando. Su rol, al parecer, era de apoyo y contención en la retaguardia, manteniéndose lejos del frente de batalla directo donde los exorcistas estaban siendo superados.
—Sofí, mira, ahí está Sor Verónica —susurró Alex, señalando hacia donde la joven monja ayudaba a un anciano a subir a una camilla—. Está evacuando a los heridos.
Sofia grabó brevemente la escena, enfocándose en la labor humanitaria de la monja antes de volver a girar la cámara hacia el combate.
—No parece que ellos puedan hacer mucho más —observó Sofia con preocupación—. La situación se les está escapando de las manos.
La batalla duró casi dos horas. Los enjambres fueron contenidos, pero a un costo alto. Veintisiete muertos confirmados, más de sesenta heridos. Cuando el último zángano fue destruido, el silencio que cayó sobre la zona fue casi peor que el ruido.
Alex y Sofia se reunieron con Mateo y Elena en un punto seguro. Ambos estaban cubiertos de icor negro y exhaustos.
—Esto fue solo el principio —dijo Mateo, respirando con dificultad—. Eran exploradores. El verdadero enjambre viene después.
Elena miró a Alex y Sofia.
—Ustedes dos… siguen vivos por poco. Deberían retirarse.
Alex negó con la cabeza.
—No podemos. La gente necesita ver esto. Necesita saber que no están solos.
Sofia añadió:
—Seguiremos documentando. Hasta el final.
Esa noche, de regreso en el apartamento, Alex se sentó frente a las pantallas mientras Sofia dormía nuevamente. Editó el material crudo con manos temblorosas. Las imágenes eran brutales, pero necesarias. Mientras trabajaba, pensó en su amistad con Sofia. En cómo habían empezado como dos estudiantes soñadores y ahora estaban en medio de una guerra dimensional.
«Si morimos aquí —pensó—, al menos moriremos diciendo la verdad.»
Pero en el fondo, Alex Chen tenía miedo. No solo por él. Por Sofia. Por todos.
Los enjambres abismales habían llegado.
Y él seguiría grabando hasta que ya no pudiera sostener la cámara.
**Escenas extendidas de la batalla**
Durante el combate, Alex salvó a Sofia de un zángano que casi la alcanza por detrás. Disparó su pistola con manos temblorosas y logró herirlo lo suficiente para que Mateo lo rematara. Ese momento reforzó su vínculo: eran más que compañeros de trabajo. Eran familia elegida.
Más tarde, mientras ayudaba a un exorcista herido, Alex vio de cerca uno de los zánganos muertos. La criatura tenía símbolos extraños en el caparazón, como runas que palpitaban débilmente. Tomó muestras digitales y las envió al equipo vaticano.
Su perspectiva técnica le permitió notar patrones que otros no veían: los enjambres no atacaban al azar. Buscaban debilitar puntos específicos de defensa, como generadores de energía y rutas de evacuación.
Al final de la noche, mientras editaba, Alex escribió una nota personal:
*“Hoy vi el infierno abrirse. Y vi a la gente resistir. Sofia sigue siendo mi faro. Mientras ella grabe, yo seguiré haciendo que funcione. Cueste lo que cueste.”*