Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 13
Era un día escolar común y corriente en el salón de la maestra Sepyi. Cuando el timbre anunció la hora del almuerzo, todos los niños corrieron entusiasmados a sacar sus loncheras llenas de comida. Sin embargo, en un rincón del salón, la pequeña Zerimar se quedó sentada en su pupitre en silencio. Al no tener nada que comer ese día, prefirió sacar su cuaderno de dibujos para distraer su estómago y su mente.
A su lado se encontraba su fiel amiguito Mercan, quien al notar que la niña no abría ninguna merienda, la miró con preocupación.
—Zerimar, ¿no trajiste nada de comer hoy? —le preguntó Mercan con timidez.
La pequeña no quiso quejarse, así que solo hizo un leve movimiento con los labios, dándole una sonrisa tierna, y continuó escribiendo en su cuaderno. Mercan, conmovido por la situación y queriendo ayudarla, revisó su propia lonchera de inmediato.
—Tengo dos sándwiches aquí —le dijo el niño con entusiasmo—. Puedes tomar uno, de verdad.
—No, gracias, Mercan. Estoy bien —respondió ella, intentando ser fuerte.
—¡Anda, tómalo! No me lo voy a comer todo —insistió su amiguito, extendiéndole la comida.
Zerimar lo miró y, sintiendo que el estómago le rugía un poco, aceptó.
—De acuerdo... muchas gracias.
—¡Disfrútalo! —le dijo Mercan con una gran sonrisa.
Al darle el primer mordisco, la pequeña se sorprendió por el delicioso sabor y sintió curiosidad.
—¿De qué es? —preguntó con los ojos bien abiertos.
—Es de salchichas con ajo —respondió Mercan, orgulloso de su almuerzo.
—¡Oh, me encantan las salchichas con ajo! ¿Tu madre las preparó?
Mercan asintió con la cabeza, sonriendo de oreja a oreja ante el cumplido.
—¡Oh, entonces seguro están deliciosas! Las mamás cocinan increíble —comentó Zerimar con un tono de admiración.
Mientras los dos amigos compartían ese lindo momento, la maldad se hacía presente en el salón. Una de sus compañeritas, una niña malvada y llena de envidia que no soportaba ver a Zerimar feliz, aprovechó un descuido. Al pasar junto a su pupitre, tiró la caja de creyones de Zerimar al suelo. Con total desprecio, la niña envidiosa recogió los colores y los vació directo en el bote de la basura, arruinando los materiales de la pequeña sin que ellos se dieran cuenta en ese instante.
Ajena a la maldad de su compañera, Zerimar miró el sándwich que tenía en las manos. Justo cuando se disponía a darle otro mordisco, se detuvo y miró a su alrededor.
—Mercan, ¿me podrías pasar esa bolsa de plástico que está allá? —le pidió con timidez.
—Sí, claro... pero, ¿para qué la quieres? —preguntó el niño confundido.
—Es para guardar este sándwich y llevárselo a mi papá —confesó la pequeña con una ternura infinita—. Él no ha comido nada en todo el día y sé que debe tener mucha hambre.
Mercan se quedó completamente conmovido por el enorme corazón de su amiga, quien prefería quedarse sin comer con tal de alimentar a su papá. Sin dudarlo, el niño volvió a revisar su lonchera, sacó un pequeño cartón de leche y se lo entregó junto con unas tostadas adicionales.
—Toma, también puedes acompañar las tostadas con esto. Yo puedo comprarme más cosas en la cafetería, mi mamá me dio dinero hoy —le dijo Mercan para que no se sintiera mal.
—Muchísimas gracias, eres el mejor —dijo Zerimar con los ojos brillantes de gratitud.
—No hay de qué —respondió él. Acto seguido, Mercan tomó el sándwich que le quedaba, lo partió exactamente por la mitad y le dio el pedazo más grande a Zerimar—. Así comemos los dos y tú le llevas el otro a tu papá.
—¡Gracias! —sonrió ella, aceptando el trozo.
—De nada, para eso somos amigos —contestó Mercan, mientras al fondo del salón la otra niña terminaba de esconder el daño que le había hecho a los creyones de Zerimar.
Por otro lado, lejos de la escuela, la realidad de los adultos era completamente distinta. Borans y Ogur se encontraban almorzando en un concurrido restaurante local. Mientras se servían la comida en la mesa, Ogur miró a su socio, aprovechando el momento de tranquilidad para tocar un tema que le preocupaba seriamente.
—Oye, Borans... deberías tratar de relajarte un poco cuando hables con esa niña —le aconsejó Ogur en voz baja—. ¿Acaso no te das cuenta de que es muchísimo más terca que tú?
Borans soltó un bufido de frustración y cortó un pedazo de carne con brusquedad.
—De ninguna manera se va a quedar. Se irá sola —sentenció Borans con frialdad—. Ahora está ilusionada, pero pronto se le pasará la novedad y se irá por voluntad propia, ya lo verás.
Ogur negó con la cabeza, perdiendo un poco la paciencia con la actitud de su amigo.
—Sí, claro, di lo que quieras... pero la niña quiere quedarse contigo. ¿Es que no lo entiendes? Ella te ve como su protector.
—Sí, lo entiendo, pero si se queda solo será un estorbo para mis planes —respondió Borans, tajante—. Además, yo no sé absolutamente nada sobre cuidar niños, ¡nada de nada! Esta mañana me despertó temprano para preguntarme qué iba a almorzar, justo cuando yo intentaba dormir. Había pasado una noche terrible, dormí muy mal y me dolía horrible el cuello como para aguantar caprichos.
Ogur detuvo los cubiertos a mitad del aire y lo miró con una mezcla de sorpresa y profunda preocupación.
—Espera... ¿me estás diciendo que dejaste que se fuera a la escuela sin comer absolutamente nada?
Borans, masticando con total indiferencia, se limitó a asentir.
—Mmmju. Así es.
—¡Oye! ¿Quieres que la niña se muera de hambre o qué te pasa? —le reclamó Ogur, indignado por su falta de tacto.
Borans lo miró de reojo, fastidiado por el regaño.
—Oye, ¿de qué lado estás tú? ¿Acaso quieres que me deshaga de ti también para que dejes de molestar?
—Tranquilo, no tienes que exagerar —dijo Ogur, bajando la voz—. Pero escúchame bien, el asunto es serio. El Máscara me ha estado llamando muchas veces al teléfono y no le contesté. ¿Cómo demonios conseguiremos los cuadros si seguimos perdiendo el tiempo? No me digas que piensas dejar el trabajo sin terminar por culpa de esto.
Borans terminó de comer, apartó el plato con molestia y refunfuñó.
—Yo jamás dejo un trabajo sin terminar, eso lo sabes bien. Pero primero hay que hacer que esa mocosa se vaya, o de lo contrario le vas a tener que decir toda la verdad a Seinec.
Ogur soltó un suspiro pesado, sabiendo perfectamente cómo pensaba la pequeña.
—Oye, entiende una cosa: esa niña nunca se va a ir de tu lado. Sé muy bien lo que te digo, tiene una determinación increíble.
—Se irá pronto, te lo aseguro —insistió Borans de manera obstinada—. Cuando llevemos un tiempo viviendo fuera, se dará cuenta de la realidad. Además, el peor orfanato del país es mucho mejor que vivir en la intemperie de la calle. En fin... quiero algo de beber, tengo mucha sed.
Ogur lo miró resignado, sabiendo que no ganaría esa discusión por el momento.
—¿Qué quieres que te pida?
—Lo que sea, me da igual —respondió Borans de mal humor.
—Un refresco entonces —concluyó Ogur, levantando la mano para llamar al mesero y ordenar la bebida, mientras la sombra de los problemas y el destino de la pequeña Zerimar seguía flotando en el aire.